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CALLE DE AZÚCAR

Hoy mientras caminaba por una calle cualquiera asocié eso con la vida. La calle con la vida. Para circular por ella debes seguir unas normas. Por las dos. Todo está regido por normas claras. No te salgas de la acera. No camines por el asfalto. En la vida todo son reglas a veces sin sentido pero que todos cumplimos. Relaciones, trabajo, familia... mi vida –mi calle- es dulce como el azúcar, lo contrario sería mentir. Vida dulce. Calle de azúcar. No conozco, no quiero ver el terror, el pánico de una calle oscura, sin salida, con un muro al fondo. Esa calle por la que tanta gente deambula porque los han puesto ahí. Ellos también cumplen su misión. También tienen sus reglas. Otra vez las normas.

No puedo quejarme de mi calle pero no debo callar. Nunca podré dejar de decir lo que pienso aunque eso haga mi calle más embarrada, con menos farolas y más estrecha. Aún así nunca será como la de ellos. A la deriva y muertos. ¿Adónde van? ¿De dónde vienen? Ya estaban muertos hacía tanto tiempo que se habían acostumbrado a no respirar. Aquí todavía respiramos, pero aire podre. Ese es nuestro precio. Todo tiene un precio.
Mi calle tiene tiendas a los lados. Tiendas de todo. Todas inútiles y feas. Luces que las anuncian me hacen poner gafas oscuras para no deslumbrar mis ojos, cansados de ver siempre lo mismo. Las mismas fachadas, las mismas caras, los mismos gestos. ¿Será siempre así? ¿Podré cambiarlo? Tengo en mi mano la oportunidad y no me atrevo. Puedo cambiar mi calle de azúcar por otra pero no quiero. No hay excusa. No quiero.

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David Fernández © 2006