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Escaparate por David Fernández Entrevista a Valerio Massimo Manfredi Leo luego existo por Cesár Fernández Carta de amor por Emilio Fernández Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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LA PLAYA DE DE LOS FANTASMAS El sol pronto se ocultaba, en el interior del avión se bajaron las luces y al costado de mi asiento, dormía un señor. Su olor era tan desagradable que me sentía incómoda a su lado. Me venció el cansancio y también me dormí, con la nariz embriagada por ese aroma a escasez de higiene. Cuando desperté me cegó la brillantez del sol que estaba de vuelta de su ronda. Vi al hombre y recordé que soñé con él. En el sueño yo era su hija y olía mal igualmente. Todos los pasajeros del avión olíamos mal; el capitán, las azafatas, la tripulación entera. Intentaba colocarme un perfume pero era imposible competir con el hedor acusante que expedía mi cuerpo. Comencé a desesperarme. Le decía al hombre, mi padre en esas horas muertas de tiempo, que no podía respirar bien, me ahogaba y él me mandaba a callar. Qué horror, ahora que estoy despierta y que lo miro todavía dormido con su boca abierta y la baba en la entrada de su cuello. Logro pasar por encima de sus piernas hasta el pasillo. De pronto algo extraño sucede, a cada paso mío, las personas se cubren sus narices y hacen gestos con sus manos, repeliéndome. Yo no podía sentirme, había perdido el olfato. Me condujeron a uno de los asientos traseros, casi a la cola del avión. Me senté y mientras observaba cómo el sol y las nubes se apoderaban de mis retinas, noté un vapor desprenderse de mis manos, luego de mis pies, luego de todo mi cuerpo. Mi piel comenzó a abrirse, veía mi carne, sentía tirantez, al segundo vi mis huesos, me levanté y empecé a caminar, los primeros que me vieron se reían de mí con carcajadas que silbaban en las cavidades que exponía, caminaba lento. De inmediato observé que un pasajero le sucedía lo mismo, y a otro y a la azafata y comprobé que el infierno estaba demasiado cerca y por eso confundí al sol con el fuego endemoniado. El avión me dirigía a las sombras de las calamidades, estaba muerta.
Final del recorrido, la playa de los fantasmas. ¿Por qué se llamaría así? El tren tenía una suerte de misterio y de olvido y de leyenda. Eso es lo que la gente del pueblo decía. Algunos exageraban o perturbaban escenas del pasado para obtener la atención de los visitantes que llegaban de otros poblados y cruzaban las puertas de la cantina. Pero muy pocos finalmente, se animaban a comprar un boleto hasta la última estación, el último andén de descenso.
Cuando llegué a la casa y abrí el baúl del coche, entre todas las cosas que significaban la mudanza, encontré una botella con la arena de aquel mar que salpicó nuestro amor. Al destaparla, olía a vos.
El piano seguía sollozando la música que convertía tus manos en las palabras que grababa yo sobre un papel para ti. --------------------------------------------------- Roxana Herrero © 2006
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