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SIGNOS DEL ALMA

LA PLAYA DE DE LOS FANTASMAS

El sol pronto se ocultaba, en el interior del avión se bajaron las luces y al costado de mi asiento, dormía un señor. Su olor era tan desagradable que me sentía incómoda a su lado. Me venció el cansancio y también me dormí, con la nariz embriagada por ese aroma a escasez de higiene. Cuando desperté me cegó la brillantez del sol que estaba de vuelta  de su ronda. Vi al hombre y recordé que soñé con él. En el sueño yo era su hija y olía mal igualmente. Todos los pasajeros del avión olíamos mal; el capitán, las azafatas, la tripulación entera. Intentaba colocarme un perfume pero era imposible competir con el hedor acusante que expedía mi cuerpo. Comencé a desesperarme. Le decía al hombre, mi padre en esas horas muertas de tiempo, que no podía respirar bien, me ahogaba y él me mandaba a callar. Qué horror, ahora que estoy despierta y que lo miro todavía dormido con su boca abierta y la baba en la entrada de su cuello. Logro pasar por encima de sus piernas hasta el pasillo. De pronto algo extraño sucede, a cada paso mío, las personas se cubren sus narices y hacen gestos con sus manos, repeliéndome. Yo no  podía sentirme, había perdido el olfato. Me condujeron a uno de los asientos traseros, casi a la cola del avión. Me senté y mientras observaba cómo el sol y las nubes se apoderaban de mis retinas, noté un vapor desprenderse de mis manos, luego de mis pies, luego de todo mi cuerpo. Mi piel comenzó a abrirse, veía mi carne, sentía tirantez, al segundo vi mis huesos, me levanté y empecé a caminar, los primeros que me vieron se reían de mí con carcajadas que silbaban en las cavidades que exponía, caminaba lento. De inmediato observé que un pasajero le sucedía lo mismo, y a otro y a la azafata y comprobé que el infierno estaba demasiado cerca y por eso confundí al sol con el fuego endemoniado. El avión me dirigía a las sombras de las calamidades, estaba muerta.

 

Final del recorrido, la playa de los fantasmas. ¿Por qué se llamaría así? El tren tenía una suerte de misterio y de olvido y de leyenda. Eso es lo que la gente del pueblo decía. Algunos exageraban o perturbaban escenas del pasado para obtener la atención  de los visitantes que llegaban de otros poblados y cruzaban las puertas de la cantina. Pero muy pocos finalmente, se animaban a comprar un boleto hasta la última estación, el último andén de descenso.
Pero aquí estoy yo, en un camarote con olor a pino viejo, sentada sobre un asiento de madera acostumbrada al reposo del hombre.
-Señorita, la próxima estación es La Playa de los Fantasmas. Si permanece en el tren, le comunico que viajará sola, el maquinista la verá bajar y emprenderá su marcha de regreso. Sepa que vuelve a la última hora de la tarde y que usted deberá de apresurarse a subir.
-No se preocupe, bajaré rápido y subiré de igual modo cuando vuelva.
-Pero...
-Estaré bien.
Eso es el comienzo de lo que recuerdo sobre ese billete de tren que tienes en tus manos, Camila, es mágico te lo aseguro. Allí conocí a tu abuelo, no había fantasmas, detrás de los inmensos médanos se escondía una civilización nueva. Y ahora a dormir pequeña, mañana te cuento un poquito más.

 

Cuando llegué a la casa y abrí el baúl del coche, entre todas las cosas que significaban la mudanza, encontré una botella con la arena de aquel mar que salpicó nuestro amor. Al destaparla, olía a vos.
Batí el frasco y dispersé los granitos al aire, como cenizas de recuerdos que atrapó el viento a su paso y dejé caer al vacío el cristal. Cerré el baúl, miré a mi alrededor, tomé las cajas y olvidé después con el vaivén de una hamaca en el pórtico.

 

El piano seguía sollozando la música que convertía tus manos en las palabras que grababa yo sobre un papel para ti.
Pero el banco del anfitrión de aquel instrumento imponente en la sala, te esperaba en silencio.
Las cartas hoy se apilan a un costado. Ninguna leída, todas con una dirección inventada, todas con un remitente parecido, ninguna estampillada.

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Roxana Herrero © 2006