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RAREZAS
EL GIRO
El hombre que la había enamorado era la imagen de la mentira. Tenía su foto ampliada enfrente de la cabecera de la cama. Su primer y último pensamiento del día le pertenecían. Ahora que había descubierto su infidelidad se giraría para darle la espalda cuando le viese, sin reproches. No merecía ni eso. A la foto le aplicaría otro tratamiento.
Quitó las chinchetas que la sostenían y, sin prisa, la cortó en trozos de diferentes tamaños según la parte del cuerpo que dividiese la tijera. La colocó sobre una mesa a manera de puzzle completado y comenzó a jugar al revés. Apartó la parte del cerebro y lo rompió en trozos más pequeños con las manos. Por haber pensado en otras, murmuró. Separó de la cara los ojos, nariz, boca y orejas. Los grapó. Por mirar, oler, besar y escuchar a quien no debíais. Desintegró brazos, manos, piernas y pies y los tiró al water. La cadena los barrió con un potente chorro de agua. Por tocar y abrazar a otras mujeres. El tronco lo rasgó de abajo a arriba y le pegó fuego con un mechero. Iros al infierno por disfrutar con quien no debíais. Los trozos que no habían desaparecido los aspiró dejando que se mezclasen con el resto de la basura contenida en la bolsa. Ese es vuestro sitio. En la pared quedó la marca de la foto. Pondré otra mayor para que no se note. Él será más fiel. Fue hacia la mesita de noche. Giró 180 grados la figura de San Antonio que estaba sobre ella. Ya sé que no me escuchaste porque no me convenía pero estoy herida. Cuando encuentre, con tu ayuda, un nuevo amor te volveré a poner como antes. Que sea pronto porque no me gusta tenerte de espalda.
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María Antonia Goás © 2006
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