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DE PATA NEGRA

OLAS EN LA SARTÉN

La sartén desvió su mirada hacia el cazo. Le envidiaba por ser el preferido del cocinero jefe. El cazo más viejo de la cocina, meditó la sartén, a la vez que vigilaba la tortilla francesa que le habían depositado encima para que no se quemara. Será presumido, fue su siguiente reflexión. Y mira que está renegrido. Cualquier día lo tiran por la borda, sentenció para su interior. Desvió su mirada hacia el reloj colgado en la pared de azulejos.
Se acerca la hora de la cena, intuyó la sartén, el segundo chef del barco está acelerado. Ahora me clavará la espumadera sin contemplaciones. Ya tengo dos hendiduras en mi interior. Unas cuantas más y me desechan.
La sartén deseaba salir de aquella cocina, porque se mareaba con el gas de los quemadores. Se sentía, además ultrajada. En cierta ocasión la habían utilizado de arma arrojadiza. Eso no le había gustado. Lo que la pobre sartén deseaba era conocer el mar. Había llegado a la cocina auxiliar del barco, donde solo se realizaban pequeños tentempiés, metida en una caja de cartón y protegida por plástico de bultitos. No había visto nunca la luz ni había podido respirar el aire exterior. De todas formas, la sartén sabía, que, tras las puertas giratorias y atravesando el comedor de la tripulación estaba el mundo. El mismo mundo de donde ella procedía. Un día, entre un revuelto de ajetes tiernos, había resistido viva, durante un par de minutos, una gamba que procedía de aquello desconocido que llamaban el mar. Al mantener el fuego muy, muy lento, pudieron -sartén y gamba- intercambiar unas palabras. Aquel animal de color rosáceo le habló del mundo y lo más importante del mar y de las olas. No fue una larga conversación, la propia esencia de la situación decidió la agonía de la gamba. Las olas, meditó la sartén, ¿Qué aspecto tendrán? Dicen que son altas, más altas que cualquier vianda que aquí se guise, coronadas por espuma blanca como el merengue que elevan los pinches. Deseó montarse en una ola y escapar lejos. No quiero quemarme más. Odio esta vida de fuego. Si logro achicharrarme lo suficiente y conseguir que se malogren las tortillas me retirarán de la circulación.
Con un poco de suerte me tirarán al mar. Estos humanos son muy sucios.

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Marta Lobo © 2006