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PARKING

Desde que abrieron el centro comercial frente a su oficina, Marta no se molesta en buscar sitio para aparcar. Lo hace en un parking subterráneo próximo al trabajo. Casi siempre baja tres plantas para encontrar hueco. Una vez en él, para el motor y desconecta la radio. Todos los días dedica unos minutos a observar a los otros usuarios del aparcamiento.

Juan es su preferido. Estaciona su coche al fondo de la planta menos tres. Busca para su automóvil lo que necesita su vida: tranquilidad. Marta escruta sus movimientos y sus dos o tres miradas atrás mientras camina hacia el ascensor. Le gusta esa actitud melancólica. Necesita una persona así a su lado. Quiere mirar atrás cada tres pasos y que él siga allí diciéndole adiós. Que no desaparezca como los demás.

Concluido el día, Marta regresó al parking y vio el coche de Juan al fondo. Solo. Sin pensarlo puso el motor en marcha y engranó la primera velocidad. Tras comprobar que nadie la veía guió su mini descapotable hasta una cuarta de distancia del ibiza gris de Juan. Paró el motor y encendió la radio. Bajó el parasol y sus ojos la miraron a través del espejo de cortesía. Presionó el botón que recogía el techo de lona a la vez que los diez altavoces dejaban escapar la previsión meteorológica. Lluvias moderadas el resto de la tarde.

Siguiendo su plan bajó del mini y colocó una tarjeta en la luna del ibiza.

Lo siento. Llámame y arreglaremos los papeles.

Antes de irse, Marta golpeó un intermitente del coche de Juan y sus botas de piel de pitón se cubrieron de trocitos de plástico naranja.

Desconocido. Eso se podía leer en la pantalla de litio de su teléfono móvil. ¿Y a quién conozco?, repasó de manera mental Marta al tiempo que pulsaba la tecla verde.

-¿Sí? -preguntó indiferente

-¿Cómo has hecho para cargarte mi intermitente? -La voz de Juan la sorprendió al otro lado.

¡Juan! -pensó. -Lo siento -dijo lo más sincero que pudo.

-Ya. Espero que tengas seguro en tu coche.

-Te invito a cenar y lo compruebas.

Juan no supo que decir además de aceptar la oferta. Treinta minutos después Marta lo recogió bajo su casa. Esta vez el techo estaba sobre sus cabezas y el intenso perfume de ella ocupaba todo el aire disponible. Juan consiguió no ahogarse en el corto viaje hasta el restaurante.

-Siento lo ocurrido, de veras -mintió Marta. -Como notarás el coche aún huele a nuevo y todavía no me he familiarizado con sus medidas.

-¿Ahora los perfuman con Chanel? -ironizó Juan.

En el restaurante tailandés donde Marta llevó a Juan todo era nuevo para él. Éste pidió lo más parecido a un entrecot que pudo encontrar.

-Poco hecho -apostilló cuando el camarero ya le daba la espalda. No le hizo caso.

A Marta le trajeron algo parecido a un pescado. Al menos tenía espinas.

Terminada la cena ella le propuso tomar el café en su casa.

-Allí estaremos más cómodos para rellenar todos los papeles que quieras -dijo mientras devolvía una tarjeta dorada a su bolso.

-Me parece bien -contestó Juan a la vez que sobre el mantel dejaba con suavidad una cinta de video. -Así podremos ver esto -continuó señalando la cinta con los ojos.

-Hmm. ¿Te gusta el cine? -preguntó inocente Marta.

-Sí. Y por lo que veo a ti también. En esta grabación hay una interpretación tuya excelente en el papel de chica mala que por casualidad captaron las cámaras del parking. Ahora vas de ingenua. Veo que no te encasillas, nena.

Ni el recuerdo del acto vandálico, ni la presencia de pedacitos naranjas incrustados en una de sus botas, evitaron que Marta se levantara y besara en los labios a Juan. De regreso a su silla, sentenció:

-Pues prepárate porque esta noche tu serás el actor que me dé la réplica en mi papel preferido. ¿Te gustan las sábanas de seda negra, nene?

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David Fernández © 2005