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MENUDO CUENTO

VESTIDA DE FIESTA. CONTINUACION

A las diez y media, como todas las noches, mi padre llegó a casa y colgó el abrigo azul en la percha. Alegre y  tarareando una canción poco reconocible, quiero decir, destrozándola sin importarle lo más mínimo. “Si me ganase la vida como cantante ahora mismo estaríamos todos pidiendo por la calle”, ironizaba. Corpulento y de piernas lagas, en pocas zancadas atravesó el pasillo y llegó a la cocina.
-Hola Soco, ¿qué hay para cenar?- probó a contemporizar.
-¡Has bebido más de la cuenta!- respondió mi madre.
-Lucas y yo hemos ganado por fin al almendruco de Mariano- nueva finta para escapar de la bronca.
Salí de la habitación donde me refugiaba cuando discutían. A estas alturas de la convivencia había conseguido un equilibrio en el reparto de culpas y prefería no intervenir. Ese día, después de la actitud de mi madre en casa de su hermana, tenía otros motivos para observarlos. No como progenitores, sino como pareja, a una distancia  que me permitiese deducir y analizar sin los estorbos de la gratitud o el afecto. Apenas recordaba gestos de ternura entre los dos, ¿qué ocurrió para que llegasen a una pacífica indiferencia? ¿Quién era MH y qué tenía de diferente que logró desatar la pasión en mi madre y perpetuarla en esa fotografía?
Llegué al mismo tiempo en que ella, friendo los bocartes de espaldas, se ruborizaba.
-Hombre, ¡mi hijo Julián está en casa!- bromeó papá.
-Hola papá- sonreí.
-¿De qué Mariano me hablas?- se interesó menos azorada mi madre. Su mirada perdida contradecía la supuesta ignorancia de la pregunta.
-¡Soco! ¿Cómo no te vas a acordar? El de la tienda de fotografía –Nos miró alternativamente a mi madre y a mí, como si se le estuviese escapando algo inconveniente,  y continuó- Se enteró de la muerte de tu hermana y vino al funeral.
¡Mariano! ¡Claro! Un antiguo amigo de mi padre. Compró la televisión antes que nosotros y las noches de los sábados nos juntábamos en su casa a ver un programa musical, o de variedades, no recuerdo bien. Las mujeres bailando enseñaban más carne que las del barrio y su ropa interior impoluta  nos acercaba al secreto femenino, a diferencia de las bragas sucias de Conchi que nos alejaban arrugando la nariz. Por desgracia las canciones del galán de traje y corbata me despertaban ritmos de nana y a los dos minutos estaba dormido en el suelo. Amalia y Gilberto nos acompañaban, a veces algún amigo más y todavía no entiendo como cogíamos todos, apretujados en la pequeña sala donde se apagaba la bombilla con la pretensión, supongo, de que a los pequeños se nos cerrasen los ojos. Mariano era soltero y guasón, piropeaba a todas las chicas incluidas las esposas de sus amigos, con o sin su presencia. Creo que a mi madre más y fui testigo de alguna palmadita cariñosa en su trasero en aquellas sesiones. A voces le decía que abandonase al mostrenco de Julián, padre se entiende.
Ambos jugaban al dominó en el bar, a veces emparejados, a veces enfrentados, hasta que marchó a Oviedo. Dejó el negocio y abrió otro en la capital. Pero ¿por qué se ruborizó mi madre? De su cara me acordaba bien y no se parecía en nada al de la foto que guardó en su chaqueta.
-¿Vendía productos para revelado?- inquirí en mi papel detectivesco.
El suave bamboleo de la cabeza producido por varias pintas abandonó a mi padre y sus párpados se abrieron, alertados, esperando la reacción de su cónyuge.
-Juli encontró la carta del forense y le conté el accidente de Gilberto- intervino mi madre, ya dueña de sí.
Un aliento de vino peleón acompañó al suspiro de relajación de mi padre. Sonrió de nuevo. El trabajo sucio de las explicaciones corría a cargo de Soco. Satisfecho con el breve resumen se explayó en ese trocito de su biografía.
-Pues claro que vendía los productos y además enseñaba a los curiosos. Amalia y tu madre le acompañaron unas cuantas veces por las romerías. Le encantaba fotografiar las fruslerías de los puestos de tiro al blanco y las muñecas de las tómbolas. Gilberto, Marcos y yo recogíamos a las chicas después del partido.
-¿Marcos?, no recuerdo quién era, papá.
-Si hombre, sí. Marcos Huscía, el socio de Mariano.
-No se acordará de él, puede que ni siquiera lo haya visto- intervino mamá-, se dedicaba al revelado y pocas veces atendía en el mostrador. Cuando cerraron la tienda se marchó a Francia, todos creían que en el extranjero se ataba a los perros con longaniza.
-¿Se quedó allí?- pregunté después de unas décimas que sirvieron para detener la interrogación impulsiva y aparentemente lógica sobre su aspecto físico.
-Sí,  hace años que no sabemos de él. Al principio recibimos alguna felicitación por las navidades. Tu madre era la encargada de contestarlas, ya sabes que escribo de pena, hasta que se hartó de los parientes y amigos  dejó de hacerlo. Aquel año inventó un reuma en la mano y no mandó las postales navideñas.
Consentido al fin, el enrojecimiento facial se aprovechó de una buena excusa y usurpó con ganas la tez traslúcida materna los escasos segundos que tardó la mala leche en devolverla a su color original.
-¡Soco,  no te avergüences! ¡Menuda tontería! – Y dirigiéndose a mí nuevamente- ¡Con lo cumplidora que es tu madre!
-¡Anda, come, a ver si se te pasa la mona, y deja de hablar!- Le dejó el plato en la mesa y salió de la cocina. Dos docenas de bocartes fritos, humeantes. Me levanté, manché mi dedo de  harina con la que habían sido rebozados y lo llevé a la nariz.
-Harina de trigo ¿cómo es posible que se pueda confundir con nitrato?
-¿Te dijo tu madre que se había confundido? La verdad es que nunca le pregunté los detalles. ¡Menuda es de reservada!- Y comenzó a coger los pescados fritos con las manos por sus extremos, más templados, rozarlos con los labios para comprobar la temperatura y  a morderlos con satisfacción. Con los carrillos llenos, siguió hablando mientras masticaba.
-No sé de qué me quejo. Siempre fue así. Soco salía con una pandilla que a mí no me gustaba demasiado, pero les acompañaba sólo por estar con ella. Y tu madre muchas veces ni aparecía ni daba explicaciones, por lo menos a los chicos. Entre ellas había más confianza, se contaban sus secretos. A mí me querían emparejar con una amiga suya y me negué con la disculpa de que estaba gorda. No llegué a enterarme quién la gustaba a tu madre, sólo sé que un día se cogió de mi brazo, sin hablar,  y a partir de ahí nos hicimos novios.
-¿Conozco a alguien de esa pandilla?
-Claro, estaban tu tía Amalia y Gilberto, Mariano y Marcos, Gela la de la peluquería, María la que se casó con Toño…había mas, pero ahora no me doy cuenta.
-¿Tienes fotos de ellos?
-Creo que sí, pero pídeselas a tu madre que las tiene guardadas.
-Voy a pedírselas- y me levanté dirigiéndome a la sala. -¡Oye, mamá! ¿Puedo ver tus fotos de joven?
La pillé sentada enfrente del televisor. Robert Redford y Maryl Streep en África. Desde luego, la mente del programador eligió el momento oportuno. Ni rayos de Júpiter ni tentaciones urentes del demonio. Conspiraciones del ente televisivo para avivar fuegos. Como el de su mirada.
-¿Me oíste?
-Sí, pesado, ¡vaya día que tienes hoy! Anda, vamos al dormitorio.
La seguí por el pasillo. De espaldas me fijé en su cuerpo apenas cambiado por el único embarazo, quizás la cadera algo ensanchada. Seguro que todavía atractiva para los adultos. ¿Para qué seguir hurgando? No sentía rabia hacia ella, ni compasión, tampoco indiferencia. Me detuve en el umbral de la puerta, una tontería más, a veces en los límites te topas con reservados íntimos disimulados tras cortinas de menosprecio. Si las corres…
-¿Dejas de hacer el tonto y pasas?
Vaya, ahora que estaba cerca, pensé.
-Cierra la puerta.
Obedecí. Me senté en el suelo mientras mi madre abría uno de los cajones de la cómoda y sacaba una caja de cartón morada. Ágil, sus movimientos eran vivaces y me enviaban señales tan útiles como las impresiones supersticiosas que emergieron bajo los dinteles.
-¿Me das la que te llevaste antes?
-La tengo en mi cuarto.
-Bueno, ya la traerás. Es de la época de éstas y quiero tenerlas juntas.
-¿Con la de Marcos que te guardaste en el bolso?
Mamá sonrió, condescendiente.
-Pareces tonto, te dije que aquello pasó. Es verdad, estuve enamorada de Marcos antes que de tu padre, en la pandilla. A ver si te enteras de una vez, sino me vas a dar la lata unos cuantos días. Sí, me hizo perder la virginidad, pero no pienses que te voy a contar los detalles, era lo que faltaba…
No era preciso, bastaba con observar su postura. Se había reclinado en la cama apoyándose sobre el antebrazo, casi maja vestida, con la respiración acelerada y las pupilas dilatadas. Se sorprendió a sí misma y bruscamente se sentó.
-Lo curioso es que al mismo tiempo me di cuenta de los celos de tu padre. No lo esperaba. Y no sé por qué, pero en ese momento comenzó a gustarme. Marcos era como Mariano, un mujeriego, así que después de engañarme varias veces decidí asaltar a Julián, el gran callado.
-Suerte para mí... ¿Marcos y tú seguisteis como amigos?
-Claro, pero sin apenas contactos. Los reanudamos debido a la afición de tu tía Amalia por la fotografía. Parece que le gustan las Vázquez y repitió, esta vez con la mayor. No pienses mal, yo también me fijé en la instantánea que me sacó. No refleja más que centésimas de un recuerdo. Casualidad. Segundos más tarde tendría otra expresión.
-¿Por qué cerraron la tienda y se marcharon?
-Llevas demasiadas horas mirándome. Ya te lo conté tolo. Hala, déjame en paz y llévate las fotos.
-Vale, vale…ya marcho.
Hasta ahora no me había fijado demasiado en mi madre. De cerca destacaban estrechos triangulitos verdes en el canela de sus pupilas. Escasas arrugas se le notaban al reírse, alrededor de los ojos. El color del pelo, cambiante, según la moda, dentro de los tonos oscuros. Siempre evitó el rubio. Esta temporada podía encontrarse una discreta veta caoba en el fondo negro. La nariz recta y fina, pequeña. Los pómulos sobresalían lo justo para no parecer una muñeca de porcelana. Los labios, apretados más veces de lo necesario…
-¿Por qué tardas tanto?
-¡Qué prisas hay siempre en esta casa!
Recogí las fotos. En el pasillo hurgué en su chaqueta y saqué la lupa, la foto de Marcos y los restos de las cartas rotas. Me encerré en mi cuarto pensando que mi progenitora seguía ocultándome hechos.
Así que me tumbé en la cama y pegué con celo los trozos de la última carta de Marcos a mi tía y la examiné con la lupa, más que nada por encontrar inspiración. Cuando me cansé de hacer el tonto, revolví la caja de las fotos. Algunas estaban metidas en sobres, sin orden. De uno saqué el recorte de un diario antiguo, “El Caso”, yo creo que cerrado por la competencia de la televisión.
Mira tu por dónde mi madre me dio la respuesta. En esta casa siempre estamos así, contando las cosas a medias y en diferido. La noticia informaba de la muerte de Gilberto, cocinero de casa Peláez, intoxicado por una sustancia utilizada en el revelado de fotos. La reportera refería la detención y posterior liberación, libre de cargos, de un amigo suyo, propietario de la tienda de fotografías. Una carta, junto a unas instantáneas realizadas por su cuñada resultaron claves para exculparlo, y se dedujo que la intoxicación fue accidental. A pesar de ello su amigo sufrió una crisis nerviosa y acabó cerrando el negocio.
Este es el resumen, más o menos, que explica la huida de Marcos. Pero también donde se aprecia una sutil diferencia: mi madre evitó decirme que estuvo presente en la elaboración de la tarta y no Amalia. Ya que la carta no me iluminaba el entendimiento, abrí el álbum dedicado a la creación de los platos de Gilberto y saqué los clichés.
Ahí estaban los pasos del bien hacer culinario en negativos que no conocía. La tarta asesina ya terminada con una dedicatoria escrita. Cogí la lupa. “Feliz cumpleaños, Marcos”.
Bueno, bueno…Ahora vienen las suposiciones…Gilberto no era tan tonto como para confundir la harina con el nitrato. Y si no se quería suicidar, estaba claro que deseaba quitarse la cornamenta a lo bestia. El pastel no llegó a su destinatario y no creo que Gilberto lo haya probado. La única presente era mi madre, que imagino intentaría evitar la muerte de Marcos, todavía se le nota el enamoramiento…y se cargó a mi tío.

- Juli, perdona que te interrumpa, pero soy tu abogado. Estás acusado de matar a tu madre después de que los vecinos te han visto salir corriendo de su casa con un cuchillo y que otros días escucharan discusiones pidiéndole dinero para “caballo”. Cortabas la heroína en casa con harina encima de las fotos de tus antepasados, con el mismo cuchillo y encima la mezclabas con el nitrato que usaba tu madre para revelar. Ya palmaron algunos colegas tuyos. ¿Crees que el juez se va a tragar este melodrama? Los edipos sin resolver ya no cuelan ¿No será mejor dejarlo en una enajenación transitoria por el mono?

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César Fernández © 2007