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RAREZAS

MICHEL QUIERE VIAJAR

          Estoy decidido, quiero viajar. Todavía no sé cómo pero iré a Inglaterra y Grecia para empezar; después me ofreceré como turista espacial. No puedo perder el tiempo. Los científicos auguran que correremos la misma suerte que los dinosaurios si no colonizamos otros planetas. Lo creo, porque el ser humano no deja de contribuir a que la Tierra se degrade cada vez más. Se deteriora la capa de ozono, suben las temperaturas, se derriten los polos, muchas especies desaparecen y la basura espacial vaga sin control. Sin embargo, siguen investigando. Salvan vidas con los avances médicos pero no permiten que estos descubrimientos lleguen a todo el mundo. Esto carece de lógica por lo que concluyo que son inferiores al resto de los animales. Ninguna especie destruye como ellos. Ya sé que algunos son mejores pero se les escucha poco. Voy a cambiar de tema porque este me lleva a los antidepresivos. Por cierto, acabo de enterarme de que los gatos también podemos padecer Alzheimer así que ya tengo otro motivo para vivir a tope.   
Vivir para ver y oir. Sara, la nieta de mis amos, tiene otra abuela que estuvo en Londres este verano. Se nota que viaja poco porque está atontolinada con lo que observó allí. Le parece raro que los ingleses conduzcan por la izquierda, que no adopten el euro y que, en general, no hablen español aunque dice que se esfuerzan en que tú hables inglés. Ella ni palabra, para eso fue con una amiga que se entiende con ellos. También asegura que no se oye un claxon en la calle y que  hasta los rickshaw, bicicleta de tres ruedas con asiento doble detrás, circulan sorteando los coches sin problemas. La diversidad de razas que observó, los parques, edificios, tranvías, teatros y ausencia de excrementos perrunos en la calle la dejaron asombrada. Debía de ignorar que allí nos prefieren a nosotros.   Dice que sólo lamentó no saber inglés el día que fue a ver Marco Antonio y Cleopatra en el Shakespeare in Globe. Pues qué esperaba, que aprenda para la próxima vez. Me mira cuando dice que quiere volver. No sabe que con ella no quiero saber nada, de momento, más adelante ya veremos porque entre las fotos que hizo allí trae la de una gata.  Cuenta que  la tomó en la misma calle donde está situada la casa en la que vivió Lawrence de Arabia. Al parecer la gata estaba paseando por delante de una vivienda vecina. Para mi gusto está un poco gruesa, debe tener una vida demasiado cómoda, pero sus ojos invitan al amor que no distingue de razas ni colores. Tiene el pelo negro, brillante y sus orejas son diminutas. No sé por qué pero ese detalle me incita al delirio amoroso. Deseo disfrutar con ella de una orgía de sexo que la haga adelgazar y luego engordar con la preñez para que Londres se llene de gatos medio españoles que mejoren la raza de allí. En un barrio cercano vive una prima de la abuela de Sara y le gustan los animales. Quizás me convenga conocerla. 
Los griegos fueron los primeros europeos que tuvieron gatos. Con esto ya dan idea de su inteligencia pero, además, el astrónomo griego Xenofondas Musas afirma que, después de descifrar el enigma de la llamada Máquina de Antikitira, si Grecia no hubiera sucumbido a manos de Roma, podría haber enviado el hombre a la luna en unos pocos siglos. Al parecer el instrumento  ya podía hacer cálculos de astronomía y determinar la posición de los planetas desde el siglo I a. de C. Es lógico que quiera viajar allí para aprender de ellos y de las gatas que se pongan a mi alcance. Tienen que ser maestras en el sexo, que considero un arte, porque viven en un país abierto a la sabiduría y a las Artes. Si puedo iré con una a Marte en una nave espacial para procrear allí. Ahora que lo pienso ¿Llevarán una pareja de cada especie de animales como Noé? Stephen Hawking, el científico británico, también quiere viajar al espacio, me gustaría que nos acompañase. 
Antes de emprender estos viajes tengo que resolver un pequeño problema. Estoy engordando y eso me incomoda porque pierdo parte de mi agilidad. La mujer de mi amo dice que si continúo así me va a poner a régimen. El hijo, ése que me baña y perfuma cuando llego zarrapastroso, acaba de descubrir lo que me pasa. Creo que lo sospechó porque, en parte, he recuperado mi olor corporal y he perdido el pestume que despedía después de los zafarranchos en los que me enfrentaba con mi peor enemigo. Desde hace dos meses el gato con calvas, ojos extraviados, rabicorto, marrullero y desafiante ha debido regresar al lumpen gatuno, en el que seguramente nació, al darse cuenta de que aquí no tenía futuro porque yo lo mantenía a raya, aunque fuese a costa de dejar el pellejo en las peleas. Sin sus provocaciones vivo mejor pero gano peso. Me desplazaré a otros suburbios para provocar nuevos retos debido a la envidia que despierta mi elegancia natural, mi color blanco, el frenesí que despierto en las gatas y mi cultura que, en parte, adquiero oyendo y observando a los humanos. Necesito pelearme a muerte para conservarme flexible y musculoso. Todo antes que renunciar a comer las exquisiteces que me sirve mi ama. A cambio le regalo algunos ronroneos y me exhibo llevándole en la boca los parvulillos ratones de campo que se ponen a mi alcance. Así son ellas, las mujeres, cazas un ratón y te consideran un héroe.

Están cercanas las fiestas de Navidad, seguro que me regalarán algo mis amos. Se limitarán a un hueso de goma, un muñeco o alguna tontería por el estilo. Por favor, que hagan una copia de la foto de la gata inglesa y que me la pongan dentro de la cesta en la que duermo. Yo, como soy más inteligente que ellos, robaré en una librería próxima un cuento para Sara. Desde que la toqué con una zarpa no quiere que salga en las aventuras de animales valientes que le cuentan. Michel no, dice con toda la energía de sus 3 años recién cumplidos. Quiero que me admire sin hacerme la competencia. El cuento lo escribió Charles Perrault y se titula “El gato con Botas” Ella entenderá que, a pesar del desfase en el tiempo, el autor pensaba que su héroe tenía que ser un supergato como  yo.

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Mª Antonia Goás Sánchez © 2007