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SIGNOS DEL ALMA

LA DESESPERANZA

Entre dos mundos

He perdido el rumbo
He querido demasiado
He pretendido lo insólito
He pecado con violencia
He perdonado sin deseo
He sido un dios,
Caminando por el infierno.

He tenido fortuna
He matado un mosquito
He gritado a mi madre
He trabajado duro
He conocido la lujuria
He golpeado a mi perro
Y todavía me acompaña.

Estoy ahora tan solo. Me siento tan acabado. Derrotado. Hace un tiempo creí que era feliz. Tenía poder, dinero, secretaria. Un mal negocio y aquello fue a parar por la borda. Nadie depende de mí ya, el teléfono no suena, mi celular no tiene crédito, en mi heladera hay un bote de queso “Mendicrin” vencido, una lata de cerveza, una leche seguramente cortada, una rodaja de jamón ahumado, un paquete de salchichas ya “babosas”, un buen vino que  tomo de a sorbos porque es una cosecha excelente y cuando acabe, tomaré agua. En la lacena quedan sólo dos latas de sardinas y un paté de picadillo de carne y por debajo de la puerta hay sobres acreedores.
Perdí el respeto junto con la riqueza. No sé qué hacer. No sirvo para ser un hombre pobre, pobre y feliz. Siempre asocié la felicidad con un billete grande, una lotería. Araño la miseria y no soy capaz, tan capaz de sobrevivir. ¿Por qué no fui pobre antes? Antes de ser rico. Si lo hubiese sido sabría de qué se trata la necesidad. Uno no espera descender cuando llegó a la cima, sino que inventa la manera imperiosa de alcanzar el cielo. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo es ser pobre? Tendré que  aprender. Salir a la calle y preguntar por ahí, a la gente pobre; a los que duermen bajo el puente de la autopista, a los que comen de las bolsas de basura, a los que mendigan, a los que viajan en tren y no saben en donde descienden, a los que limpian los parabrisas de los coches, a los niños que golpean la ventanilla de mi auto ofreciéndome la esperanza en una estampita de un Santo Milagroso al que jamás pedí ni oré. Tendré que hacer amigos pobres. Me merecerá la enfermedad un día y ¿Cómo haré sin la “prepaga”? Padeceré en un hospital público mal administrado. Y moriré.

He sido un hombre ingenuo
He sido un hombre incauto
He sido un hombre soberbio

Reconozco en mí una debilidad, la peor tal vez:
LA DESESPERANZA.

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Roxana Herrero © 2007