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ELMIRADOR

IMPACTOS

El tipo cayó fulminado en una esquina de la calle. Y la aparente tranquilidad se transformó en una algarabía de voces, carreras y disparos al azar.
            —¿Qué ocurre, Pierre?
            —Nada, Anne, lo de todos los días. Se está produciendo un tiroteo en la calle. Y un hombre está tendido en el suelo.
            —Ten cuidado, cariño, temo que te ocurra algo.
            —No te preocupes, cielo. Desde la ventana del hotel lo presencio todo sin correr ningún riesgo.
            —¿Por qué no regresas a París, Pierre? Ibas a Irak para un par de meses y ya llevas un año. Eso no terminará nunca.
            —Verás cómo termina pronto. Y cuando regrese, seré un reconocido fotógrafo de prensa al que no le faltará trabajo.
            —A cambio de pagar un precio muy alto. Por un lado te juegas tu integridad física y por otro tu integridad moral.
            —Vamos, Anne, ¿pero qué estás diciendo? Yo sigo siendo el mismo.
            —Quizá tú no lo notes, pero te estás embruteciendo, deshumanizando.
            —Otra vez la misma cantinela. Éste es mi trabajo, me pagan por hacerlo, y además me exigen. No estoy aquí para fotografiar paisajes. Tengo que informar de lo que veo, y lo que veo son muertes y violencia. Y ni siquiera eso es suficiente. El director del periódico me pide fotos impactantes, que acaparen la atención del lector… y los cadáveres han dejado de ser una novedad. Nadie repara ya en ellos. Pero eso no significa que yo me haya deshumanizado. Y en todo caso, nos hemos deshumanizado todos. Los que seguís el conflicto por la prensa también.
            —Cuando regreses, me gustaría encontrar al hombre tierno y sensible que se fue. El mismo del que me había enamorado.
            —Claro, Anne… Oye, tengo que dejarte. Parece que ha vuelto la calma. Bajaré abajo a sacar unas fotos y luego te llamo otra vez.
            Pierre recorre la calle con cautela. Sabe que instantes después de que cesan los disparos el riesgo es alto, pero se obtienen las imágenes más jugosas. Nadie ha recogido aún el cuerpo y Pierre fotografía por inercia el bulto inmóvil del asfalto. Más de lo mismo.
            Pero de pronto alza la vista y ve a una niña que avanza hacia su posición. Lleva una muñeca de trapo abrazada al pecho y camina despreocupada, ajena a lo ocurrido minutos antes. Cuando la niña repara en el cadáver, se detiene e intenta cambiar de acera. Pero el fotógrafo se acerca a ella, le da unas monedas y le pide que siga caminando por el mismo sitio.
            Ya está. La foto que buscaba. Una situación normal en un contexto anormal. La niña camina por la calle con su muñeca… pero en vez de sortear excrementos de perro, sortea cadáveres. Esto sí acaparará la atención del lector, murmulla Pierre mientras comprueba en el visor que la foto ha quedado perfecta.
            Sube corriendo a la habitación y llama entusiasmado a Anne. Le cuenta cómo es la foto que acaba de realizar, la perspectiva que le ha dado, lo que representa. Aquella foto será su mejor carta de presentación cuando regrese a París.
—¿Y la niña Pierre? ¿Le has preguntado si necesitaba ayuda? ¿Te has interesado por ella?

           
            —¿La niña? Bueno… iba hacia su casa. Ya están acostumbrados a ver estas cosas.                        
           

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José Feito © 2007