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ALMA DE POETA
LA EROTICA DEL TELECENTRO 1
Para un hijo, no es fácil ver un semblante triste en sus padres. Y yo como hija, no me resultaba agradable ver a mi madre ojerosa y sensiblemente más delgada.
Con solo 12 años no entendía muy bien que pasaba, pero me afanaba en hacerle la vida feliz. Y así decidí que si algo era bueno para mí, también lo sería para ella.
Habían abierto el Telecentro en mi pueblo, 10 ordenadores, todo un lujo. Y encima nos enseñaban gratis. Los niños no tenemos mucho miedo a los avances de la técnica, así que íbamos alegremente sin preocupaciones; nos apuntábamos a todos los cursillos, como si nos dieran uno de bombardeo. Estábamos dispuestos a aprender de todo.
Pero los mayores iban poco a poco entregándose a la tarea.
Mi madre, que hasta ahora nos había acompañado a todos sitios, no parecía muy dispuesta a entrar a pelearse con los ordenadores.
A fuerza de insistir, conseguí que un día se apuntara. Aún hoy cuando le veo la foto en el carnet de socia, veo su cara delgada y su pelo un poco despeinado. Puede que hubiera viento…o simplemente que en su tristeza se olvidó de arreglarse coquetamente para la foto.
Dada mi edad, había otro problema que salvar. Me preocupaba que mi madre tuviera que decir la edad, como si no cumpliera todo el mundo; pero claro, sólo tenía 12 años.
El caso es que mi madre empezó a frecuentar el Telecentro con nosotros. Me pareció verla un poco más feliz, por lo menos en los momentos que pasaba allí. Tenía amigos de distintas edades: hombres o mujeres, niños, quinceañeras. Era un sitio donde la edad no importaba.
Al principio se perdía un poco. Todo lo apuntaba. Todo lo preguntaba. Y a nosotros, sus hijos, nos pedía aclaraciones como si fuéramos ya licenciados.
Pero iba ganando en felicidad.
En los cursillos se hizo famosa, no por lo mucho que sabía, sino por su número, al que ella se refería siempre como “la erótica”.
En cada taller, siempre había alguien nuevo que la miraba con cara de susto y a la vez de morbo, cuando el monitor empezaba a preguntar los números de los que ocupaban cada ordenador:
- ¿Qué número tienes Juan?
- Yo, el 29
- ¿Y tu, Elena?
- Yo el 75
- ¿Y tu…?Y sin darle tiempo a decir su nombre, ella decía:
- Yo, la erótic
Y todos reían; y algunos novatos la miraban con cara rara, entre susto y morbo.
Aprendió a defenderse en el ordenador a base de mucha paciencia. Y sobre todo, fue bonito ver como superaba aquella tristeza. No se si fue por arte de la informática, del Telecentro, de los amigos que allí hizo o más bien de todo junto. Me alegro de que haya sido elegido mi pueblo para instalarlo. El caso de mi madre lo conozco de primera mano…pero seguro que hubo alguno más, porque allí va gente de todas las edades y se les ve felices compartiendo dudas, correos, cursillos y retazos de sus vidas.
A ella le tocó, quizás para sacarle una sonrisa, ser el socio número 69.
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Matilde Suárez © 2007
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