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MIEDOS

            Comer la sopa con la mano izquierda resultó una tarea sencilla, más difícil supuso mantener quieta la mano derecha, que por costumbre tendía a ayudar a la poco avezada siniestra en tareas de las que nunca se había responsabilizado. Cortar la carne presentó mayor dificultad; los mancos al menos podían utilizar el muñón como soporte, o esas piezas ortopédicas cada vez más sofisticadas y cercanas en su función y anatomía a los miembros verdaderos, pero sin el encanto del aura. Sergio, amargado, prefería imaginarse la falta absoluta de toda la extremidad superior, sin artificios, y arreglárselas como sea.
            -¿Y si un día tengo un accidente? He de estar entrenado.
            La picadora eléctrica solucionó el problema, redujo los trozos de carne al tamaño deseado. En dos semanas abrir la puerta, asearse o vestirse fueron pan comido, hasta con los ojos cerrados sería capaz.
            -¿Con los ojos cerrados?- La pregunta surgió instantánea en su mente. Y al segundo apretó los párpados y se dirigió al botiquín con pasos cortos y el brazo izquierdo hacia delante moviéndolo de arriba abajo cual bastón de ciego, cogió gasas y esparadrapo y rellenó las cuencas por completo. Las dos, no quería semejanza alguna con los piratas tuertos de las novelas de aventuras, felices en sus borracheras de ron.
            -Es lo que tiene ser tullido, cualquier día salta el aceite hirviendo y te quedas sin vista, vale más prevenir- razonó sombrío.
            Le llevó tiempo acostumbrarse a esta ceguera voluntaria añadida a la pseudo parálisis. De todas formas, el año sabático facilitaba un cómodo margen de aprendizaje.
Sin prisa pero sin pausa, era su lema preferido. ¿No decían que era como una hormiguita trabajando? Pues ahora circulaba por su casa como ellas, a oscuras, guiándose más por los aromas, el tacto y su antena-bastón. En realidad envidiaba a la cigarra, cantando a todas horas y despreocupada del futuro.
            ¿Y por qué no? Sin pensarlo dos veces metió en la maleta el karaoke, una pequeña batería eléctrica y el tazón de los cereales para recoger limosnas. Subió al autobús y se acomodó en una calle transitada del barrio más alejado para evitar la competencia con los pedigüeños habituales.
            -Es fácil quedarse en la ruina siendo invidente y medio paralítico. Así que mejor me habitúo a la indigencia.
            A punto de terminar la primera canción la garganta claudicó. No lo tenía previsto. Para esta situación no se había ejercitado. Ahora sí que sabía lo que es tener miedo real, al presente. Y un rastro de placer. Por primera vez su cuerpo tomó las riendas, más bien las cortó pues no había forma de gobernarlo. El terror se mezclaba con la exaltación. La desolación sucedía al regocijo. La desorientación parecía divertida. La angustia movilizó huesos y músculos, bailaba y huía. Indisciplinado, se levantó corriendo y cruzó la calle sin advertir el autobús.

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César Fernández © 2006