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EL MIRADOR

UNA ATMÓSFERA DE PALABRAS

El decorado, la puesta en escena, los movimientos de cámara, la música, los sonidos ambientales…, son muchas las herramientas con las que cuenta el cine para crear una atmósfera que cautive al espectador. La literatura, en cambio, sólo cuenta con una: las palabras. Sin embargo, esta herramienta única ha conseguido atrapar a millones de lectores de todas las épocas y, en manos de un buen escritor, se sigue mostrando tan sorprendente y eficaz como el mejor efecto cinematográfico. ¿Dónde está el secreto?
Según Cortázar, la atmósfera es “un aura que pervive en el relato y poseerá al lector como antes había poseído, en el otro extremo del puente, al autor”. El espacio físico sería una mera descripción de objetos si no se filtrase en él esa masa de aire que envuelve a los personajes, y que convertirá ese espacio en un lugar asfixiante, acogedor, lúgubre…, dependiendo de la actitud emocional de quien lo cuenta. La atmósfera emana, por tanto, de un estado de ánimo, de una manera subjetiva de mirar el espacio y describirlo a través de las sensaciones que provoca.
Si observamos algunas atmósferas creadas por grandes escritores, veremos el importante papel que juegan los sentidos, y cómo las palabras que describen esas sensaciones forman un campo semántico, se unen tejiendo una atmósfera a su alrededor, o como decía Cortázar: un aura que pervive en el relato.

“Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que ella había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de Miss Emily, con un deslucido marco dorado”.
Una rosa para Emily, William Faulkner.

“Little Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sentía superior a la gente con la que se cruzaba. Por primera vez su alma se sublevaba contra la insulsa inelegancia de Capel Street. No había la menor duda: si quieres triunfar has de irte. En Dublín no hay nada que hacer. Al cruzar Grattan Bridge, bajó la mirada hacia el río y vio los muelles inferiores, compadeciéndose de las pobres casas enclenques. Le parecieron una banda de vagabundos amontonados a la orilla del río, con los viejos capotes manchados de polvo y hollín, estupefactos ante el panorama del crepúsculo y esperando el primer escalofrío de la noche para elevarse por los aires, estremecerse y desaparecer”.
Una pequeña nube, James Joyce.

“Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher (…). Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime”.
La caída de la Casa Usher, Edgar Allan Poe.

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José Feito © 2006