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LA PREGUNTA

Hace un par de semanas escribía un cuento. Lo hacía como siempre, en mi ordenador. Sin ninguna prisa. Casi sin saber de antemano lo que voy a poner en la hoja y utilizando muchos menos dedos de los que tengo en las manos.
El caso es que de pronto, en la esquina superior derecha de la pantalla, tres palabras llamaron mi atención. No parpadeaban. Sus letras no eran mayúsculas. Ni si quiera eran de un color vistoso. Era como si siempre hubieran estado ahí. Esperando. Como un dinosaurio que lleva enterrado millones de años. Relajadas.
La frase decía, “Escriba una pregunta”. Tras quedarme embobado unos instantes con la invitación, continué escribiendo. Recuerdo que incluso terminé un capítulo esa misma noche.
Olvidé por completo la visión de aquella frase y realicé mis rutinarias acciones previas a irme a dormir. Me lavé los dientes, eché la llave a la puerta principal y comprobé el gas. Una vez en la cama, leí media hora. Como de costumbre.
Tras apagar la luz, el silencio se apoderó de la habitación. En esos instantes previos a dormirme, suelo pensar que el resto del mundo también permanece callado y a oscuras. Qué tontería.
Recuerdo que eran las doce y veinte de la noche la última vez que miré el reloj. La siguiente, las tres menos diez. No tenía sueño. Era como si hubiera dormido ocho horas. Lo que sí tenía era la maldita frase en la cabeza.
Me levanté y encendí el ordenador. Tras la espera de siempre, entré en el procesador de textos. Y allí estaba. Como si el destino me diera otra oportunidad.
¿Cómo pude haber estado tan ciego la primera vez?
Según el texto sólo tendría un intento. Una única pregunta que escribir. Las manos me sudaban y no podía centrarme. ¿Qué pregunta haría? ¿De verdad me contestaría? Y, ¿quién lo haría?
Decidí poner fin a la tortuosa espera. Hice clic con el botón de la izquierda del ratón sobre la invitación. La frase desapareció y el cursor comenzó a parpadear.
“¿De dónde venimos?”, escribí sin levantar la vista del teclado y pulsé enter.
A la derecha de la pantalla se abrió un rectángulo. En su interior una barra se iluminaba de izquierda a derecha y viceversa. Segundos interminables. El pulso acelerado.

El recuadro se llenó de sugerencias y ayudas al texto: “Siete sugerencias para agregar caracteres y símbolos internacionales a un documento”, “Solucionar problemas de vistas y presentaciones en pantalla”, “Insertar un salto de línea manual”, etc…  Al final, treinta respuestas que se resumían en una. Soy un idiota.

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David Fernández © 2006