Podría dirigir esta carta a quien corresponda, pero no, he decidido mejor enviárosla a vosotras hermanas y hermanos desconocidos de este pueblo. Quizás esta carta nunca la lleguéis a leer por las dificultades que encierran las comunicaciones entre nosotros, pero hoy necesito deciros, antes de contaros la desgraciada situación en la que me encuentro, cuan agradecida estoy por haberle conocido. Durante este tiempo de convivencia que tuve con él puedo deciros que nunca me ha fallado, siempre me tuvo en especial afecto y me ha tratado por un igual, una deferencia inusual, considerando la diferente naturaleza de nuestra raza; todo lo que os digo es la verdad, os lo prometo. Ha sido mi mejor amigo, ha respetado las leyes de la convivencia y ha jugado de acuerdo a las reglas que la amistad impone. Estoy segura que me ha ofrecido lo mejor de si mismo y yo también me he entregado a él con el mismo cariño y respeto. Pero, ¿sabéis?, hoy me ha confundido, parece que ya no es el mismo, no es aquella persona que conocí hace ahora cinco años, aquél que me abrió las puertas de su casa y que con
total deferencia me presentó a su familia para que así todos me abrieran las puertas de su corazón. Veo con gran tristeza cómo ha cambiado su manera de pensar, ha reformado sus leyes de supervivencia, haciéndolas cada día más difíciles.
Hoy le oí decirle al panadero que mi presencia en su casa es amenazante y no sabéis como me ha dolido. Me ha llamado ilegal, indocumentada. ¿Cuántas veces me habrá acusado a mi espalda que soy la causa principal de todos sus males? ¿Cuantas veces me habrá acusado de privarle de la autonomía de poder tomar café cuando quiera sin el impedimento que conlleva sacarme a pasear? ¿Cuantas veces habrá dicho de mí que soy un mal ejemplo para su familia por estar tirada todo el día en el sofá? Pero no es así, no es cierto, él más que nadie sabe que he entrado en su vida para mitigar un poco las necesidades primordiales de las que todo ser humano tiene derecho en esta vida. Dice que no le respeto, que le obligo a levantarse cuando tengo ganas de hacer mis necesidades sin importarme si está durmiendo o no. Hasta se atreve a decir que si viviera en la ciudad en lugar de en este pueblo ya me hubiera
dado el pasaporte. Cuanta injusticia. Le dije, en mi defensa, que yo hacía mucho por su familia, que necesitaba de mis servicios como guarda que vigila su casa cuando no está nadie en casa, como jardinera para que abone el césped de su jardín, como enfermera cuando algún miembro de su familia está enfermo. Y muchas cosas más. Es un egoísta. Pero su egoísmo y orgullo que ha inflado, no le permite ver más allá. Por favor, decirle que no me acuse con mentiras, ni me condene sin antes reflexionar, sin antes reconocer que le quiero, le quiero y mucho, y también a su familia, y que siempre le querré. Por favor, decidle que me necesita y que no me abandone.
Dona. (Cocker Inglés).
-Buenos días, doctor. Hola Eugenio, ¿cómo te encuentras hoy? Dígamelo usted, doctor, cuando termine la visita. Bien, vamos allá… Le tiembla la mano doctor. El frío, hoy estoy destemplado, es mi primera visita y aún estoy colindando con la calle. No baje la vista y dígame la verdad doctor. Sí, Eugenio, te lo diré: está confirmado, tienes cáncer, y creo que no te queda más allá de seis meses.
Eugenio es atlético, fresco, con un apretón de manos enérgico y una sonrisa franca. Habla con coherencia estremecedora. Sin embargo, ahora tiene la confirmación y sabe que se está muriendo. Ahora procurará que la muerte no lo encuentre dependiente y miserable. Ya sufrió el horror de acompañar a su esposa hasta la muerte. Ella murió también de cáncer y llegó a suministrarse morfina para combatir el dolor apretando un botón, y lo apretaba incesantemente. En julio pasado, dejó de tomar la morfina y demás medicamentos. A la semana falleció. Recuerda que su esposa llegó a tomar treinta pastillas por día, con horario obligado, dosis específica. Cada una que tomaba le recordaba que estaba enferma. Cuando le recetaron nuevas medicinas para inyectarse dos veces al día, dijo basta.
-No combatiré el cáncer, doctor. Sólo quiero que me dejen morir con dignidad, no volveré a pasar por ello otra vez. Si alguien me consiguiera morfina suficiente…
-Eugenio: ¿Y tu madre? ¿Y tu padre? ¿Qué dicen ellos? ¿Saben que quieres morir?
-Mi madre no está feliz con mi decisión. Pero me entiende. Me acompañará, me dijo. Mis hermanas están conmigo, no lo entienden pero respetan mi decisión.
Hoy los enfermos terminales que deciden terminar con sus vidas lo hacen a veces en la penumbra de la ley y en espantosa soledad.
¿Tienen los enfermos terminales derecho a terminar con sus vidas aunque el gobierno no quiera? ¿O la vida es más sagrada que su dueño?
-¿Quieres morir, Eugenio?
-Sí, ya que me estoy muriendo, quiero decidir cómo. Ya que yo no tomé la decisión de vivir la quiero tomar para morir, alguien me lo debe. No quiero una muerte catatónica.
UNA BROMA
Ayer por la tarde iba hacia mi trabajo y mi esposa me llamó al móvil. Me pidió que me sentara pues quería darme una buena noticia y exclamó: ¡Nos acaba de tocar la lotería! En ese momento no me importó el mundo y me puse a reír y a gritar de felicidad.
Mi esposa, al oír mis alaridos y percatarse de mi emoción, riéndose me dijo: Estoy bromeando, bartolo, sólo quería hacerte sentir mejor, aunque fuera por un momento. Quedé mudo al oírlo, no podía creer que me hubiera jugado una broma como esta.
En pocos segundos yo había hecho cuentas de cómo iba a repartir el dinero con mi familia y cuántas habitaciones tendría mi nueva casa. Puedo asegurar que por unos momentos sentí el mismo éxtasis que experimenta quien ha ganado millones de euros y lo logré sin caerme una lágrima. Entonces reflexioné y me pregunté de dónde venía mi regocijo si la fortuna nunca estuvo de mi lado. Mi sensación de felicidad en ese instante la creé yo y no el dinero.
Sencillamente, en tan sólo un segundo decidí cambiar mi actitud de frustración a un estado de euforia. Me di cuenta que el estado de ánimo es algo que escogemos y no tiene nada que ver con lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Tú puedes crear
regocijo o tristeza en cualquier momento, sólo tienes que darte el permiso de sentirlo.
Cuando llegué a casa y vi a mi esposa le dije que, aunque me hiciste sentir como un idiota, tengo que darte las gracias porque a través de tu broma aprendí una lección que vale mucho más que la suerte que te toque la lotería. Este incidente me hizo comprender esas palabras que dicen: “La felicidad viene de adentro”.
Entonces, si eres de los que compra un billete de la lotería creyendo que cuando tengas más dinero serás feliz, te recuerdo que no tienes que esperar a que te toque el gordo de la lotería para que la alegría llegue a tu vida, porque la felicidad está dentro de ti.
SOLEDAD
Soledad es una muchacha de veinte años nacida para sufrir la explotación sexual desde los trece. El padre de Soledad, un alcohólico, acostumbraba a golpearla a ella, a su
madre y a su hermano. Un día, cuando Soledad tenía cuatro años, su madre dejó la casa y se llevó a los niños a vivir con un hombre que había conocido. Era un buen hombre - comenta Soledad - nos llevaba a la iglesia y al colegio, comenzábamos a vivir en una situación sana. Pero cuatro años después mi madre lo dejó y nos fuimos a vivir con otro hombre y a otra ciudad.
Soledad comenzó a fumar marihuana a los ocho años, en la casa donde vivía con otras personas familiares del compañero de su madre. Todos eran drogadictos y las hermanas ejercían la prostitución. El hermano de Soledad fue recluido en prisión por robar coches, por lo que ella pasó a ser la mayor de los niños en la casa. Cuando los adultos salían, Soledad se quedaba al cuidado de los niños. Al regresar, los adultos le daban cocaína y cerveza como recompensa.
Cuando Soledad tenía doce años acudió a una fiesta en donde le pusieron una sustancia en la bebida que la durmió. Al despertar estaba desnuda y se dio cuenta de que la habían violado. Después del incidente en la fiesta me sumí en una profunda depresión: cuando fui a la escuela muchos muchachos comenzaron a decir que ya me habían tirado, y creo que esto provocó que no me importara y comenzara a tener relaciones con diferentes personas. Me sentía muy sola, sólo quería encontrar amor.
Soledad dejó de estudiar y tenía una adicción muy fuerte a las drogas: "tomaba heroína, cocaína, marihuana, de todo", comenta.
A los trece años, conocí a un hombre diez años mayor que yo. Era un drogadicto que acababa de salir de prisión. Primero me dijo que me iba a proteger y eso me hizo sentir bien, pero después comenzó a golpearme. Este hombre me obligó primero a vender droga en las calles, luego a prostituirme. Todo el dinero era para él. Un día guardé algo de dinero en mi bolsa, quería juntarlo para poder huir, pero él me descubrió, me lo quitó, me golpeó y me echó de su casa.
Sin dinero y sin hogar, con apenas catorce años, Soledad recorre las calles de una ciudad cualquiera buscando una oportunidad para encauzar su vida.
UN LAMENTO
Una semana para traer a nuestra hija de casa de su padre hasta mi casa, para darle de comer, bañarla, vestirla, jugar con ella, dejarla que juegue sola, educarla, enseñarle palabras nuevas, canciones, juegos nuevos.
Una semana para dejar que sus abuelos compartan con ella, visitar amistades para que conozcan a mi hija, lucirla con orgullo, llevarla de compras, al cine, al parque, comer un helado con ella en la plaza o ir a un día de playa y tomarla fotos para los recuerdos de su crecimiento.
Los padres separados sufrimos cuando vemos que un juez llega y te dice que el único tiempo que puedes reclamar es una semana en un término de un fin de semana si y uno no. Yo recojo a mi hija a las nueve de la mañana el sábado y sólo la puedo tener conmigo hasta las seis de la tarde del sábado siguiente.
Y no te la dan todos los fines de semana porque su padre tiene derecho a otros dos fines de semana.
Para yo pasar más tiempo del que la ley indica con nuestra hija, dependo de su padre, del mismo que cuando enfermó a mitad de semana nuestra hija no me avisó. Pero eso es otro tema; el del padre y su amiga, la que me critica y pone en duda mi figura como madre.
Ahora el juez me acusa de que yo no estoy abierta a la comunicación y que tengo que perdonar "errores" que el padre de nuestro hija hizo en el pasado.
¿Es posible establecer confianza y comunicación con alguien que no admite la verdad, no se disculpe, sigue viviendo su propia mentira y haciendo otros errores?
A veces creo que si nos dejara en paz, (a mi hija y a mi) le perdonaría hasta el incumplimiento de sus obligaciones dinerarias.
DE COMPRAS
Buenos días, señorita. Hola, buenos días, ¿qué desea? Verá, busco unos libros que me vengan bien para la librería de mi salón. Muy bien, ¿de cuantos libros estamos hablando? Yo tenía pensado comprarme cinco. ¿De algún autor en particular? ¿Autor? Le digo que los quiero para el salón y tienen que ser de color verde oscuro. Ah, muy bien, pero no sé en verde... ese color quizá lo tenga pero sería un verde muy claro y la literatura sería infantil, y digo yo que para un salón serio, -supongo- mejor le quedaría un color marrón.
Puede que tenga usted razón. Sí, creo que sí. Verá, tengo unos que me llegaron ayer mismo en un tono marrón, divinos. Bien, puede que me sirvan, ¿me los puede enseñar para ver el tamaño? Como no, espere un momento, ahora voy a por ellos. Aquí los tiene. Ummm, parece que están muy bien. Claro señora, son de piel auténtica. Déjeme tocarlos. Sí, son muy bonitos. Y mejor le quedarán en su salón. Pero… están escritos por dentro. Claro señora, son libros. No, no puede ser. Tengo niños pequeños, cómo quiere usted que les lleve libros escritos. Verá, señora, todas las librerías vendemos libros escritos por dentro. No puede ser, cuando compré la librería me vendieron una colección completa de una escritora muy famosa y venía en blanco. Claro, señora, hay obras que están prohibidas y sólo aprovecharon la portada.
Prohibida, ¿me dice que me vendieron unos libros prohibidos por la ley? Como se lo digo, son obras que plagian de otros escritores y sólo aprovechan las pastas. ¿Cómo es eso? Así es, son escritores que contratan a negros (pasantes contratados para escribir) para que les escriban los libros y éste le resultó más fácil plagiar a otro autor que transcribir lo que ella le dictó o inventar su contenido. ¡Me deja atónita!. Bien, pero eso es otro tema. Dígame: ¿Le parece bien la obra editada en piel que le recomiendo? Ah, se me olvidaba decirle que su autor es… No, ya le dije que no, que yo a mis hijos no les llevo unos libros escritos por dentro, ¡estaría bonito que influyera en ellos la literatura siendo tan jóvenes!.
QUIEN LO DIRIA
Buenos días. Hola, buenos días, dígame usted. Verá: la semana pasada he comprado este libro y tiene un fallo importante. Dígame. El caso es que los cinco primeros capítulos son muy interesantes pero los dos últimos son aburridísimos. Se nota que a el autor se le hizo largo el libro y se aburrió, digo yo. El caso es que el final es un despropósito. Pero señor esto es una
librería, nosotros comercializamos los libros simplemente, nada tenemos que ver con el autor y su libro. Ya pero el libro me lo vendieron ustedes y al no ajustarse al interés que me ofrecieron se lo vengo a devolver. Ustedes tienen que tener garantía de sus libros. No señor, lo siento pero no se lo puedo cambiar después de haberlo leído. ¿Cómo que no? Ustedes deben garantizar los libros que comercializan, si no gusta porque el autor se aburrió a última hora yo no tengo porqué pagarlo y quedarme con él. No señor el libro está en perfecto estado físico. Otra vez, le digo que no me gusta los dos últimos capítulos y no lo quiero, al menos esos dos. Ustedes dicen que es un ejemplar interesante, y no lo es. O lo es sólo en parte. ¿Me lo descambian o qué? No podemos, señor, en estas circunstancias, o sea porque no le guste el libro no se lo podemos descambiar. Pues denme el final de otro que sea más interesante. ¿El final de otro? Pues claro, yo estoy de acuerdo con todo el libro menos con los dos últimos capítulos, así que si usted fuera tan amable me cambia solamente los dos últimos capítulos y santas pascuas. No sé, déjeme consultar con el jefe. Mire, es asombroso, pero me dice mi jefe que de acuerdo, que le cambia los dos últimos capítulos de su libro por el de este que él a acabado de leer esta misma noche y tiene un final inesperado, buenísimo considerando el tostón de libro que es desde el principio. Pues de acuerdo, con los dos hacemos un libro decente. El otro tírenlo a la basura. Bueno pues ahora mismo le arranco los dos últimos capítulos de ambos libros y los cambio.
Nunca pensé que se podía llegar a hacer este cambio con los libros. Estas pequeñas librerías acabarán cerrando todas. Señor, señor, quién lo diría.