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DE PATA NEGRA
MUJERES
Cuando Elena le explicó a su primer novio dónde trabajaba, él balbuceó:
-En las Clases...¿qué?
-Nada, déjalo, es igual, no importa... le contestó, y añadió:
-Vaya, no tienes ni zorra idea de lo que es... ¿verdad?
Con las mismas Elena se vistió, recogió sus pertenencias y se fue. Según mi amiga, el interfecto duró menos que un expediente de haberes devengados y no percibidos en la mesa de su jefe; eso dice ella. No le volvió a llamar, ni le echó de menos. Asegura que desde aquel momento no hubo sexo en su vida. Es extraño, Elena es una mujer ardiente y extrovertida. Pero no soporta la estupidez. Esto último mucho. No me extrañaría nada que Elena hubiera tenido algún ligue en el trabajo. Sin embargo se muestra hermética a la más mínima insinuación por mi parte.
-Absolutamente sin importancia -cloquea furiosa.
Calculo que no gozaba de categoría suficiente en el departamento. Pero se conoce que trabajar en ese Ministerio impide la llegada a buen puerto de cualquier relación fuera de su propio ámbito profesional. Elena explica con profusión que ella ama el trabajo y que su curro es su razón de existir.
-Hija mía de mi corazón, dice, intimidándome, entre dar altas y bajas, pergeñar acuerdos, subir y bajar al despacho de mi jefe o atender a los Habilitados, se me pasa el día.
-¿A quién dices que atiendes? inquirí.
-Pero...¿tú también? ¿Cómo es que nadie me entiende? Los Habilitados son...lo que son, gente habilitada para un fin... ¿o es que hablo en chino? ¡Tampoco es tan difícil entenderlo!
Por otro lado, es el teléfono lo que da sentido a la vida de Elena. No sabría vivir sin el aparato. Ha pedido, por escrito, un inalámbrico al Ministro.
-Por pura necesidad, amiga, de esos de auricular tipo diadema-me contó-es que me encanta, me chifla ¿sabes?, me paso horas escuchando y escuchando todo lo que me quieran contar, es que la gente está muy sola, reina. Sin ir más lejos, ayer estuve dos horas y media seguidas, informando a los viejecitos, no te vayas a creer otra cosa, reina. (A todo esto, “reina” soy yo).
A veces Elena, me habla de su otro jefe. El que es más jefe que nadie. Intenta convencerme de que trabajar a las ordenes de un oriundo de Sada imprime carácter.
-De Sada, provincia de A Coruña, monina- me explica entre sonrisas. (Por cierto, “monina”, también soy yo).
Elena, mi amiga funcionaria, vive sola, come sola y sola duerme. Si exceptuamos a su perro, claro está. Duermen juntos, como se lo cuento, desde que el bicho era un cachorro. Fui testigo involuntario la semana que dormí en su casa. Elena se había ido fuera de la ciudad, a casa de sus padres. Yo cuidaba de Antonio Pérez, así se llama el chucho. Cuando quise acostarme, el maldito can se había metido en mi cama. Tapado con sábana y manta, comenzó a enseñarme los dientes al primer intento de echarme a dormir. En casa de Elena solo hay una cama. Fueron cinco noches en el sofá. Deseo aclararles que Antonio Pérez es un pastor alemán de cincuenta y dos kilos despiezado en canal.
-Pero, vida... ¿qué estás escribiendo? ¿Qué son esas notas que tomas? ¿Para que talante me dices que son, eh?- me preguntó sumamente intrigada el lunes por la tarde.
-Que no, Elena, que no es talante... talento, es para demostrar mi talento y el tuyo.
-Pues añade, añade esto a los del talante, que es absolutamente falso que se maltrate al contribuyente, reina, que no todos nos dedicamos a fastidiar al prójimo con la declaración de la renta y/o del patrimonio. Y lo explica así como se lo cuento, con barra incluida.
¡Ésta Elena!
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Marta Lobo © 2006
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