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RAREZAS

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Te resulta fácil no ser tú. Sólo con ascender las escalerillas del avión y sentarte ante el cuadro de mandos del Boeing que pilotas, y que consideras tuyo, el hombre limitado que eres en tierra se convierte en Superman. Claro que vuelas con medios prestados, hay poca  magia  en lo que haces. La técnica es la verdadera campeona de la proeza. También el instinto, voy a concederte esto. Tu cerebro está preparado para enfrentarte a problemas e imprevistos. Sólo tienes que visualizar tu mapa personal, que fabricas sobre la marcha, para verlo todo claro y aplicar la solución correcta en cada caso. Conoces el motor del avión, el aire que atraviesas y tienes instinto. Perfecto. Así consigues resolver cualquier fallo técnico, atravesar turbulencias sin que se noten y tomar tierra suavemente. Al final recibes el aplauso de los pasajeros y el agradecimiento de tus compañeros. Incluso hay viajeros que procuran hacer coincidir sus desplazamientos con tu horario de trabajo. Por eso me gustaría volar siempre contigo.

Aquí abajo eres diferente. Lo desconoces todo. No resuelves, o lo haces sin acierto, y me culpas de tus errores. Creo que no te gusta la capa de quita y pon. Desearías estar siempre sobrevolando la tierra, ajeno a sus problemas, a nuestros problemas, a nuestra vida.

Hace dos meses que volviste a marcharte. En realidad es como si no hubieras estado aquí. Nuestros hijos apenas te vieron. Te lo digo con rencor, no fue por falta de tiempo. Te encerraste en tu despacho a solas con el ordenador porque, según tú, tenías problemas  técnicos que resolver y necesitabas estar conectado con tus compañeros. Y desconectado con tu familia, añado yo. Jaime se queja de que no puede hablar contigo porque  siempre delegas en mí para que le oriente. Después, si hace algo que no te gusta, me culpas, dudas de que sirva para educarlo y te encierras en un mutismo que enrarece el ambiente. Un niño de doce años necesita a su padre pero tú pareces no enterarte. Con nuestra hija haces lo mismo. A ella, igual que a todas las adolescentes de catorce años, le gustaría compartir contigo ilusiones y problemas. Para ti sus preocupaciones son niñerías que puede resolver cualquiera, incluso yo.

Nuestra vida sin ti es difícil, sobre todo cuando estás con nosotros. No vas a cambiar porque crees que siempre tienes razón, incluso cuando dices que no te comprendo. Es verdad, no comprendo que no razones y que nos impongas tu indiferencia amparándote en que tu trabajo te cansa. También yo estoy cansada de enfrentarme sola a la educación de Marta y Jaime. Harta de quererte y no ser correspondida. Exhausta de pensar qué puedo hacer para atraerte. Agotada de envidiar  a otras mujeres que tienen amor. También a esa que no conozco y que pilota tu vida.

Hace tiempo que tu padrastro nos visita a diario cuando no estás. Es un hombre maravilloso y todavía joven, sólo tiene 50 años,  para ser viudo. Dice que sin nosotros no podría vivir. Está enseñándome a manejar el ordenador y a vivir sin ti. Con su ayuda te escribo este e-mail interminable. Si te lo dijera de palabra no me escucharías. Elegiste bien la dirección de tu correo porque siempre estás en las nubes, las mismas que desaparecerán de mi vida si, como espero, vuelvo a enamorarme.                      

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María Antonia Goás © 2006