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SIGNOS DEL ALMA

EL MIRADOR

No sé que tiene “El Mirador”. No sé si es la altura, la lejanía, la calma, el aroma que suspira su cafetería. Sé que enamora. Allí me pasó, subí las escaleras y me acerqué al corredor. Él estaba apoyado sobre la baranda, el viento hondeó su cabello, giró encontrándose conmigo. Tras un cortado, supimos lo que debíamos saber uno del otro e hicimos lo que habíamos pensado al vernos, el amor. Por la mañana, en los vanos todavía agitando pasiones, la ausencia del turista. Fui hasta “El Mirador”. Otro pasajero observaba el paisaje. Me acerqué al corredor… por un cortado.
Pensé en las horas lujuriosas que seguirían tendidas sobre las sábanas de mi cama expirando suspiros reprimidos o soñados, frases inconfesables y no hice sino prolongar la charla. Porque mientras él contaba sabrá Dios qué historias, sabe Dios que intenté extinguir una conducta sempiterna. Mentía. Repetí. Repetí en un idioma extranjero: jadeos, suspiros y voces indecorosas. A través de las persianas semialzadas del ventanal, el sol disparaba su luz en forma de rayos láser, acertando a mis párpados impulsó mi despertar. Al incorporarme vi una nuca, una espalda salpicada de lunares, él que dormía.
Por vez primera no estaba sola. El cuarto que reconocía geografías diversas, trazaba una frontera a un lado de la cama. Estiré la mano y tomé una prenda de vestir, su camisa, como en las películas.
En realidad me sentía incómoda y sentía algo inenarrable, después supe descifrarlo, era esperanza.
En la escena póstuma del amor, él duerme, tú te levantas, lo ves usurpando tu intimidad, te ves desorientada. No creías que la pasión quisiera quedarse un rato más, reposando en las horas tempranas. Te da vértigo y tu alma siente que le dedicas minutos de gloria. Das un par de vueltas y sales del cuarto de baño medio mojada, vuelves a verlo, sigue durmiendo, tú sigues pensando. Está actuando la esperanza en los rincones vacíos de ti. Intenta confundirte. ¿Ahora qué? Vendrá otro día y se quedará otra noche a dormir contigo, tendrás sexo después de un bistec y un vino tinto del cual presumirá diciéndote ¡Muy buena elección! Es tu héroe. Pero ¿qué me preocupa tanto?
Que esté allí tumbado ocupando parte de mi cama, me preocupa. Que esté hundiendo un lado de mi colchón nuevo de látex y que el colchón en su ausencia forme presencias ficticias. Pues sí. La verdad estaba nerviosa.
Mientras tomábamos el café en El Mirador él me contó parte de su vida pero mi mente y mi cuerpo estaban retozando en fantasías de alcoba y no le presté la menor atención. En esa charla pudo decirme a qué se dedicaba, qué lo traía hasta esta parte del continente. Pudo hablarme de su pasado, decirme quienes eran sus padres, si tenía hermanos y cuántos, su estado civil. Bueno ahora ya no importa su estado civil. De ser casado es un tramposo, de ser soltero un aventurero, de estar comprometido un hombre tan sólo que se ha tomado unos días y se ha cruzado conmigo. Si tuviera culpa o remordimiento alguno se habría levantado. Y estoy acá, en la puerta de la pieza, viéndolo dormir como un guepardo después de haber cazado a su presa y devorarla hasta saciarse. Como un animal salvaje. Me tiemblan las piernas y no por deseos de sexo ahora sino porque no sé qué cuernos hacer. ¿Despertarlo? ¿Caminar en puntita de pie y acariciarle la cabeza murmurando “¡Qué noche cariño!”? ¿Dejarle una nota novelesca de despedida que acabara diciendo “Por favor cierra bien la puerta” cuando hayas decidido marcharte? Esto último sí que me da miedo. ¿Cuándo decidirá marcharse? Y si no tiene adónde ir y fui su mejor excusa. Y si es un psicópata o un homosexual reprimido. Creo que estoy mirando muchas americanadas. Desde luego espero no sea uno de esos tipos que no tienen cara y piensan que habiéndose acostado contigo tienen permiso de alojamiento y pensión completa. Esto se ha puesto de moda. Te abren la heladera cuando se levantan… Ni que me escuchara. Míralo. Míralo en pelotas y abriéndome la heladera. Ahí va, un yogurt (qué fino), la mantequilla, la mermelada, me abre la lacena. Hasta acá llegó mi amor –pensé ¿Pero qué se ha creído?
-Mmmm Hola cariño ¿Te ayudo? –dije olvidándome el rol de mujer racional, dura y dueña.
Acabé haciéndole las tostadas, dándole una toalla para bañarse y el control de la tele para ver a su equipo de fútbol. Una estúpida. Sin duda perdí los papeles.
Se fue entrada la noche. No sé cuál sería su plan. Si su adiós fue un “hasta luego” o si fue un falso “no me olvidaré de ti en mi vida”.
De nuevo la luz despedida del sol sobornó la persiana y se abrió paso entre las hendijas expandiéndose en mis párpados. No tuve más remedio que abrir los ojos por fin. Mi brazo abrazó la nada… Me levanté y busqué en Internet una solución para impedir que mañana el sol se filtrase por la celosía…
Me llegué hasta el ordenador y tecleé en el buscador la palabra “Persianas”. Éste desplegó de inmediato una lista de sitios Web. ¡Qué invento! La vista se detiene justo en la palabra buscada, señalada con negrilla.
Mercado Libre, Persianas Americanas, Venecianas, Compra y Venta de Persianas, Persianas Verticales de PVC, Persianas de hierro. Qué de sitios, 13 páginas. Pulsé en B.T. SL Empresa dedicada a ensamblar, colocar… Persianas…bla bla… decoramos… reparamos. Qué difícil se me puso esto. Páginas Amarillas, sí me llevo mejor con el papel y está actualizado hasta el 2006. Acá está B.T. SL, 9845…23.
Gracias por comunicarse con B.T. SL, Si desea un presupuesto marque uno, si quiere asesoramiento integral, marque dos, si necesita comunicarse con el departamento técnico, marque tres, si quiere ser atendido por un representante de nuestra empresa, marque cuatro, si no aguarde y será atendido.
Pasó un minuto y debí oír nuevamente la grabación hasta que escuché:
-B.T. Buenos días, le atiende Marga.
-Buenos días, Marga, llamaba porque tengo un problemita con una persiana y quiero que pasaran a revisar.
-Ya. Y ¿qué problema tiene?
-Que no cierra bien.
-Y se comunicó usted con el departamento técnico.
-No.
-Es que debió de comunicarse con ellos. Un segundo que le paso.
Antes de que reaccionara me quedé con el tubo del teléfono en la mano escuchando una canción de “Amaral”. Enseguida… “disculpe en estos momentos nuestros operadores están todos ocupados, por favor aguarde un instante” Y seguía “Amaral”
Pensé que me sorprendería la mañana en el salón con la comunicación en “espera”.
-Buenos días, le atiende Juan Luis en qué puedo ayudarlo?
-Buenos días Juan Luis, llamaba porque tengo un problemita con una persiana (frase que me aprendí de memoria) y quisiera que me enviaran un técnico antes de que acabe el día.
-Veamos, ¿Su nombre es?
-Hebe Del Valle Fernández
-¿Dirección?
-Barrio La lila, calle Lalín número 13.
-Mmm, esto es cerca del “Mirador”
-Sí, por la hora, me temo que la visitaremos mañana.
-¿Mañana?
-Sí mañana alrededor del mediodía.
-Justamente esperaba que me solucionaran el tema hoy.
-Imposible, los técnicos ya cerraron la hoja de ruta, unos minutos antes y seguro entraba su llamada.
-Ya, gracias.
Unos minutos antes, minutos que me tuvieron en el teléfono, enredada con el cable, oyendo música, una grabación marketinera, informal y fría. Qué remedio. Desear que llueva para que el sol reprima su aparición tras los nubarrones tormentosos y se turbe y pierda su osadía madrugada. No. Aunque lo deseara no lloverá ya escuché el pronóstico para mañana y no falla.
Decidí arreglarme un poco para tomar aire. Subí al coche y fui hasta El Mirador. Lo echaba en falta. Mi lado poético no tardó en aparecer y tomé unos apuntes. Me sentía estupenda. Inspirada. Éstos son síntomas propicios para la poesía aunque mueran los versos vanguardistas conmigo, aunque la genialidad de la rima sea impresentable, aunque no sea poesía.
Otro día, despeino el campo haciendo rayas, no tengo espejo que me guíe. Bajo la hiedra fresca, se va hilvanando el porvenir. Las raíces se extienden, se tocan, se confunden, se entrelazan las razas y los machos con las hembras. Y los caminos surgen en diagonales y rectas cuando el verde palidece. Luego una curvatura se vuelve intrigante a mis ojos pero la ladera de la montaña parece tragársela de pronto. Y paso el peine con desesperación, tal vez me muestre más acerca de esa ronda y nada. Unas luces zigzaguean un trazado, no son luciérnagas, no son peregrinos con velas, no es un grupo de exploradores con linternas, son las farolas de una avenida que acaban por encenderse al unísono. El sol ha bajado en picada y se ha escondido quién sabe adónde. Ahora todo se ha vuelto campo, campo y noche…
Dejo la escritura. La oscuridad se ha pronunciado. El café está frío. El Mirador se transforma para los enamorados, las parejas que se estrenan, las compañías de aventura, los bohemios de siempre. La poesía que guarda silencio. Mi apunte en blanco.
El mozo se aproxima hasta mi mesa.
-Este café es invitación del señor apostado en la barra.
Levanto la vista. Era… no sé su nombre. Corrí la silla en señal de que compartiera conmigo su invitación. Bebió el último sorbo de algo que se había pedido con anterioridad, lento, sin apartar su mirada de mí. Me ruboricé. Mi cuerpo se ruborizó. Adrenalina, sangre caliente, aire helado, la evocación de la piel de caricias llenas, de su mano en mi vientre y mi vientre besado. Cada movimiento suyo en su andar hacia dónde estaba yo parecían lanzados por el deseo de sentirnos. Al estar a menos de un metro uno del otro se inclinó susurrándome al oído:
-¿Por qué no te reparo la persiana ahora mismo? Y colocó sobre la mesa el pedido de reparación.
Sonreí. Pese al gusto del café amargo, lo endulcé mientras escuchaba su historia. Procurando aprenderla, con los puntos y las comas. Su nombre es Osmar. También le conté parte de mi pasado, algunos matices de mi presente y un par de sueños que todavía defiendo. Me tomó las manos y subrayó en una de ellas el punto en el cual estaba él. El punto de pronto se multiplicaba formando una línea que acababa unida a otra de su mano.
No sé cuántos minutos pasamos contándonos cosas sin cubrir las voces con sábanas de alcoba, sin revolcar las palabras en la pasión y hablando, sin embargo, apasionados, embebidos por el jugo de escenas de sexo precedentes pero actuando como si fuéramos dos extraños comenzando a conocerse sin prisa. ¿Para qué la prisa? Ya nos hemos mostrados desnudos, nos hemos quitado las prendas sin ponernos nombres ni apellidos, sin temor a tener pasaportes tan distintos. ¿Para qué la prisa? Si “El Mirador” no cierra aún, la noche continúa y el sol no tendrá cabida en la habitación, sólo el amor infatigable despedirá destellos de dos cuerpos en fricción.

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Roxana Herrero © 2006