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COSAS DE PULPOS
UN COMIENZO...CUALQUIERA
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con una tarde de primavera, con el perfume de la resplandeciente hierba verde impregnando la cálida brisa, con una alfombra de margaritas blancas bajo los pies, con la música de fondo de un zumbador coro de insectos en inarmónica armonía, con un sol radiante anticipo de ardores estivales, o con un uniforme colegial a punto de ser abandonado para siempre.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con la inconsciencia de quien no tiene preocupaciones, con la inocencia de quien desconoce la definición de precipicio, con la inexperiencia de quien siempre ha vivido entre algodones, o con la ignorancia de quien no sabe que a caperucita no la devora el lobo, sino el cazador.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con risas que dibujan un futuro color de rosa, con dulces juegos de una adolescencia ya finalizada, con el placentero despertar a la almibarada sensación de algo tan desconocido como palpitante, con la entrega desinteresada de la presa, o con el interesado acecho del ojeador.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con el son de un día que llega a su fin, con el compás de una noche que despliega su atrayente manto incandescente, con el ritmo de la percusión aguda de los grillos, o con el dodecafónico sonido del silencio suspendido en el aire.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, como comienza siempre la paz, como comienza siempre la guerra, como comienza siempre, la melodía fúnebre de la alimaña y la princesa, como comienza siempre, el eterno juego de la vida y la muerte, como comienza siempre, la hipnótica danza del león y la cebra, como comienza siempre, el perenne monólogo de la conspicua soledad, como comienza siempre, el sortilegio de la cita con el infinito, como comienza siempre, lo que nace condenado a morir, o como comienza siempre, lo que necesita un fin, para tener un principio.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con el final de una templada primavera. Con el inicio de un tórrido verano. Con el final de unas tímidas sonrisas, Con el inicio de reverberadas risas. Con el final del canto de los grillos. Con el inicio del susurrar de las cigarras. Con el final del perfume verde de la hierba. Con el inicio de la fragancia dorada del pan. Con el final de un aprendizaje monótono. O con el inicio de un liceo sin uniforme.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, como comienza el otoño después de la primavera. Como comienza el verano después del invierno. Como comienza la esencia después del fuego. Como comienza el hielo después del miedo. O como comienza el silencio después de un sepelio.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, con un fin, donde había un principio, con un principio, donde había un fin. Con una empalagosa ingesta de almíbar. Con un vertiginoso paseo al borde del precipicio. Con el anticipo ventoso de una manzana en sazón. Con el helado crepitar de un rutinario incendio. Con el escozor de los rasguños de un amistoso escarceo. O con la inquietante oscuridad de la luna nueva.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas..., con una lejana tarde de primavera, o con un uniforme colegial a punto de ser abandonado para siempre. Con un sol abrasador aperitivo de fuegos fatuos estivales, o con una alfombra de margaritas blancas bajo los pies. Con un idílico arco iris de aleteadas mariposas, o con un coro de insectos incesantes pregonando su canto frugal, pregonando su síntesis del secreto mejor guardado, pregonando su compendio de una efímera existencia, mera antesala de la perpetua eternidad.
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas...., con la implacable dictadura de un juguetón hado, o con el azaroso mandato de un dado, que acaso, pudiera estar trucado.
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Ana Pérez © 2006
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