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SIGNOS DEL ALMA

ENTRE DOS MUNDOS

Entre dos mundos

De inmediato le cedieron el asiento. Tenía a su hijo, presumo, en sus brazos. Dormido. Le acomodó la cabeza sobre su pecho. Pasó su brazo derecho por detrás de su espalda. Ella cruzó los suyos para sostenerlo. Luego puso la mano izquierda en la frente del pequeño midiéndole la temperatura. Acarició a su infante como suele hacerlo una madre...
Añoré sus caricias
Y quise que mi cuerpo
Abrigara la memoria
Para sentirla próxima
Y quise que la brisa
Última del invierno
Trajera una primavera
Que vertiera en mí
Su aroma
La temí lejana,
No así, al recuerdo
Que tan pronto supo
De mi añoranza
Prometió el encuentro...

Ella cerró también sus ojos. El insolente sol de la mañana avergonzó su mirada. Los curiosos pasajeros descubrieron el dulce descanso materno y pudiera ser que percibieran ternura en el cuadro que pintaba en mi interior. Era sin dudar, ternura.

Recordé una tarde
Cuando me tendí a su lado
Y quise que mis párpados
Se rindieran al sol
Y algo, un rato, me durmiera
Para extender mi brazo
Para abrazarla al menos
En un sueño estremecido
Entre el viaje rutinario
Y aquel imaginario
Del que huye
Mi despertar.

Ya sólo quedábamos pocos. Ella intentó que su niño abriera los ojos. No pudo. Descendió.

Yo seguí...durmiendo, hasta el final del recorrido.

Cuando desperté, la imagen aquella se había sujetado a mi memoria. Recordé la historia  de madres, de hijos huérfanos, de hijos adoptados, de madres ultrajadas, de hijos que no son hijos, de hijos mal queridos, de madres déspotas, de madres trabajadoras, de “hijos de puta” pero no de madres putas. Cuando desperté, recordé el cuadro “Delfina Flores” y a un Diego Rivera pintando a su empleada doméstica, a un México olvidando los derechos humanos y de igualdad, renegando de las mujeres indígenas y condenándolas, en contraposición a la ternura que vestía una pared, mi memoria, una mano prodigiosa, un pincel, Rivera.
Cuando desperté oí llantos maternales, sentí el rostro húmedo, debí creer que era un beso del pasado y me di perfecta cuenta que no lo era, era una lágrima producto de la falta de aquél. Cuando desperté, quise pretender el sueño de nuevo. Quise a mi madre, un llamado telefónico, escuchar su voz, hacerme de su dolor, decirle lo que calla un hijo, estaba a tiempo. Es el momento. A vos, madre, te amo.

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Roxana Herrero © 2006