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ENTRE DOS MUNDOS
De inmediato le cedieron el asiento. Tenía a su hijo, presumo, en sus brazos. Dormido. Le acomodó la cabeza sobre su pecho. Pasó su brazo derecho por detrás de su espalda. Ella cruzó los suyos para sostenerlo. Luego puso la mano izquierda en la frente del pequeño midiéndole la temperatura. Acarició a su infante como suele hacerlo una madre... Ella cerró también sus ojos. El insolente sol de la mañana avergonzó su mirada. Los curiosos pasajeros descubrieron el dulce descanso materno y pudiera ser que percibieran ternura en el cuadro que pintaba en mi interior. Era sin dudar, ternura. Recordé una tarde Ya sólo quedábamos pocos. Ella intentó que su niño abriera los ojos. No pudo. Descendió. Yo seguí...durmiendo, hasta el final del recorrido. Cuando desperté, la imagen aquella se había sujetado a mi memoria. Recordé la historia de madres, de hijos huérfanos, de hijos adoptados, de madres ultrajadas, de hijos que no son hijos, de hijos mal queridos, de madres déspotas, de madres trabajadoras, de “hijos de puta” pero no de madres putas. Cuando desperté, recordé el cuadro “Delfina Flores” y a un Diego Rivera pintando a su empleada doméstica, a un México olvidando los derechos humanos y de igualdad, renegando de las mujeres indígenas y condenándolas, en contraposición a la ternura que vestía una pared, mi memoria, una mano prodigiosa, un pincel, Rivera. --------------------------------------------------- Roxana Herrero © 2006
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