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MENUDO CUENTO
VESTIDA DE FIESTA
La carta enamorada y suplicante del desconocido “MH” a tía Amalia voló de mis manos y antes de que pudiese darme cuenta, mi madre –hermana suya- la rompió en múltiples pedazos. Igual suerte sufrió la nota del Instituto Forense donde se especificaba la causa de muerte de tío Gilberto. Trozos que acompañaron a la foto –indemne- de “MH” al bolsillo de su chaqueta.
-Pero mamá…
-¿Dónde has encontrado la foto y estas cartas?- preguntó furiosa. Y sin darme tiempo a enseñarle el marco donde estaban escondidas, lo cogió con otro movimiento rápido y terminó de desmontarlo desalojando la imagen encubridora de tío Gilberto y el cristal. Sacudidas inútiles, pues ya vacío, sólo desprendió polvo acumulado. Volvió a mirarme, más bien a cachearme de arriba abajo, con sus ojos rabiados y doloridos. Algo faltaba.
-Y ahora dame la lupa- ordenó, y en su tono de voz un atisbo de ronquera señaló una vía –de momento inaccesible- al llanto.
Obedecí desconcertado. Todavía estaba intentando encajar los hechos pasados con los recientes hallazgos en casa de tía Amalia, fallecida hacía pocos días y en la cual estábamos recogiendo objetos personales. Su marido Gilberto murió intoxicado años antes con nitrato de plata, como demostraba la reproducción que yo había encontrado casualmente y el informe forense que acababa de romper mi madre. Gilberto confundió el componente para el revelado con harina para su tarta, y el segundo error consistió en comérsela. Hechos que explicaban que hubiese permanecido invisible la afición de mi tía Amalia a la fotografía en el pasado.
La reacción de mi madre al romper la carta del supuesto amante de Amalia –MH, cuyas iniciales aparecían grabadas en la lupa de tía Amalia--también era lógica puesto que la señalaba como celestina y además dicho sujeto, ignorante del cometido de la misma en el óbito posterior, aparecía como comprador de la sustancia tóxica.
Pero ¿qué buscaba mamá? Estaba contenida, su cara denotaba crispación y el monto de excitación la impidió controlar otra petición.
-Falta una foto.
-Mamá, no sé de qué foto me hablas- respondí mirándola con asombro- ¿Por qué estás enfadada?
Me creyó y su rostro rectificó a la simple preocupación. Si de niño me sepultó estos hechos por “ser cosas de mayores”, ahora se estaba dando cuenta de que tenía que darme alguna explicación. Se sentó en el sillón contiguo, oblicuo respecto al mío y prefirió mirar de frente, al sofá donde habitualmente nos acomodábamos en las visitas a su hermana.
-Ya sabes cuál fue la causa de la muerte de Gilberto –comenzó mi madre hablando hacia la pared- y habrás deducido los motivos de que Amalia olvidase su afición. Fue un accidente, yo misma dejé el nitrato en la cocina junto a la harina. Amalia se creyó responsable.
Breve pausa. Parecía más fastidiada que apenada o culpable.
-“MH”, no viene al caso que sepas quién era, y tu tía dejaron de verse –continuó- Y a estas alturas no merece la pena que trascienda aquella aventura. Participé al principio, a disgusto porque yo era la confidente de mi hermana, intentando convencerla de que cortase el adulterio. Fue imposible. Como mal menor decidí taparla y llegué a conocerlo. ¡Incluso fuimos a una romería los tres!...-Capté el contento en su mirada de reojo mientras continuó la confesión - …Nos subimos en una lancha de madera, especie de columpio, que había que mover con fuerza, sobre todo para iniciar el balanceo. Él no quiso esperar al gitano y se lesionó en el antebrazo. Me encargué de llevarlo al médico.
Mamá giró el cuello hacia mí y por primera vez la oí suplicar:
-Tu padre no debe enterarse ¿para qué vamos a disgustarle con tonterías de jovenzuelas? Creí que Amalia había hecho desaparecer todos los recuerdos, pero veo que no. ¿Revisaste bien todo? Sólo existe una foto de los tres juntos que haría sospechar a tu padre. Bueno, y a cualquiera. Debemos encontrarla si todavía existe.
-Pues…no me he fijado bien, mamá –contesté, y eludí preguntar por la que ella se metió en su bolso- como no sé quién es…
-Vete pasándomelas.
Abrí una de las cajas llenas de instantáneas y las fui poniendo en sus manos de una a una.
-Mira, esta eres tú, ¡jolín, qué guapa!
-No me distraigas y sigue buscando- sin embargo se detuvo unos instantes a contemplarla- Creo que la hizo Amalia, o él, cuando la romería- continuó mientras la amontonó con las otras.
No apareció la imagen que podría causar problemas. Cansados, regresamos a casa con las cuatro bagatelas que nos interesaban más que nada por los afectos pegados a ellas.
De noche, en mi cuarto, coloqué a la luz de la lámpara de la mesita el retrato antiguo de mi madre. Vestida de fiesta, sólo asomaba los brazos y el rostro entre el chaleco de lana negro. Y sin embargo esa foto es la prueba principal pues revela más que una desnudez. No hay testigos, nadie a su lado -nadie le interesa en esos momentos- pero cualquiera que observe esos labios relajados entreabriéndose en un inicio de sonrisa, comenzará a sospechar. El vaso en la mano es un objeto distraído, agarrado con firmeza y sin tensión. Ignorado, como el resto de lo que sucede. Los lentes devuelven en parte el destello del flash, evitando ser espejos acusadores que descubran al portador de la cámara, pero no entorpecen ni oscurecen la confesión libre y clara, espontánea y fugaz, sorprendida fuera del lugar donde suele manifestarse. Por eso más delatora, de los ojos ¡Uf! los ojos ¿Quién es el afortunado al que mira?
-Esa es nuestra tarea, Watson- pensé remedando al gran detective.
Continuará.
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César Fernández © 2006
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