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ELMIRADOR

INFORMALES

            Vivíamos en el quinto piso, ella en el A y yo en el D, y aunque éramos vecinos desde hacía muchos años no habíamos llegado a intimar. Las pocas veces que coincidíamos era en el ascensor y la conversación siempre giraba sobre el mismo tema: el tiempo. Mientras esperábamos para subir o bajar y en los veinte segundos del trayecto, la lluvia o el sol, el calor o el frío, ocupaban el poco tiempo que disponíamos para hablar.

            Durante una larga temporada (un año o quizá más) no volvimos a encontrarnos. Pero una mañana, que salí a trabajar con algo de retraso, me alcanzó justo cuando las puertas del ascensor comenzaban a cerrarse. Llevas unos calzoncillos muy bonitos, dijo sin darme tiempo a pronunciar una palabra. Gracias, son las prisas de quien llega tarde, le ofrecí como disculpa mientras subía la bragueta.

            Nunca más hemos vuelto a hablar del tiempo. Y aunque en el portal corren rumores de que está un poco loca, de que ha estado enferma y no ha quedado bien de la cabeza, a mí no me lo parece. Me estoy deshaciendo de mis formalidades, me confesó días después, molesto a mucha gente, pero… ¡Es tan divertido!

            No he resistido la tentación y estoy deshaciéndome de las mías. Le he dicho a la portera que cuando yo acceda a la presidencia de la comunidad colocaré dos carteles bien visibles. Uno en su oficina que diga: No criticaré a los vecinos en horas de trabajo. Y otro en el ascensor que advierta: Prohibido hablar del tiempo.

           
            Me han llegado comentarios referidos a una supuesta maldición en el quinto piso. Observo que los vecinos me evitan, y que atraen a los niños hacia sí cuando me cruzo con ellos. Incluso, amablemente, en alguna reunión se ha sugerido que el próximo turno de la presidencia (el mío) pueda ser saltado. Tenía razón mi vecina. Ser informal es muy divertido.                        
           

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José Feito © 2006