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 FUEGO

Exacto, es esa sensación. Como un árbol en medio de un incendio. Allí plantado sin poder huir de las llamas. Me siento así. E incluso después de que me abrase permaneceré en pie. Lo he visto todo pasar por delante durante cientos de años y de repente, las mismas raíces que me permiten vivir, ahora me agarran al suelo hasta la llegada del fuego. Descuida, nunca llueve cuando se necesita, pero recuerdo cuando la nieve tapaba mis ramas -a veces incluso con hojas- y luego se iba deshaciendo convirtiéndose en líquido frío.
Ahora mis venas queman cuando me inyectan no sé qué. Y mi pelo sólo existe en esas fotos y en alguna cinta de ocho milímetros que anda por casa. Estoy en manos ajenas, no dependo ni un poco de mí. Otros me dicen que sólo dependo de él. Y hablan solos con las manos entrelazadas, de rodillas y en lugares acondicionados para ello. Yo apoyo mi cabeza en una almohada mil veces ahuecada y ellos sus rodillas en terciopelo rojo gastado. Tal vez tengan más miedo que yo y se refugien en algo que nunca han visto. Son los que dicen que a los perros -a algún perro- sólo les falta hablar. Tal vez a su dios sólo le falte existir y por eso le hablan a solas. Nunca un desengaño que no podrían aguantar. De él no.
Yo no siento miedo, sufro de pena por los que quieren que me quede. Me vaya o me quede, nunca seré el mismo. No he visto ninguna luz al final del túnel, ni en el medio. Creo que afuera, antes de entrar, ya estaba oscuro. Los que no cruzaron se quedaron mirando como entraba, pero nadie me acompañó. Ni si quiera tú lo hiciste.
Ahora, a la vez que salgo escucho voces -no gritos- que hablan entre ellas. Son muchas pero no consigo abrir los ojos para saber cuantas. La cobertura de mi cerebro todavía tiene pocas rayas y entrecortado comprendo que hablan un idioma extraño para mí.
Ya los veo. Ellos no me miran. Hablan de mí con los ojos clavados en una carpeta metálica, a los pies de mi cama. Aumenta la cobertura y veo que es en sus manos en las que estoy. Siguen sin mirarme y eso es buena señal. No les importo en absoluto pero soy el medio para conseguir ser dioses. Otra vida salvada que les acerca más al olimpo. Con que respire vale, suma, todo suma mientras no salgan los pies primero que la cabeza de la habitación.
Y resulta que todo sale a la vez, en vertical. Del otoño paso directo a la primavera y parece que ya florece. Sé de sobra que de ella pasaré al invierno, pero no sé cuando. Me atreví a preguntarles antes de irme pero ellos no son dioses, eso me dijeron. No somos dioses. Pero cómo les gustaría.

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David Fernández © 2006