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RAREZAS
EL PORTERO
Ayer acabé de leer su libro. No pude dormir. El llanto acompañó al insomnio. El sufrimiento que me provocó su indiferencia amargó, aún más, mis recuerdos. Todo lo que cuenta sobre el colegio, en el que estuvo internado varios años, es cierto pero se equivoca cuando interpreta mis sentimientos. Si me hubiera dedicado unos segundos de su tiempo sabría que yo no podía actuar de otra manera y habría cambiado su apreciación distorsionada de mis actos y carácter.
Nunca sabrá que era mi preferido. No sólo por su inteligencia y buenos modales aceptables porque lo veía padecer y compartía su dolor.
Sé que no es malo, habla de sus profesores y compañeros con cariño y admiración, incluso reconoce sus defectos, pero a mí sólo me recuerda en tres ocasiones como un enemigo despreciable, sin dedicarme una sola palabra amable, respetuosa. No diré su nombre porque es una persona respetada y querida, con importantes cargos nacionales que, por supuesto, merece y honran a quienes se los concedieron.
Un profesor del colegio me prestó el libro porque lo que cobro por mi jubilación no me permite comprarlo. El autor no sabrá jamás lo que tuve que contrariar mi carácter para cumplir las órdenes que me daban y cuanto deseaba poder ayudarlos si eran castigados por sus travesuras que, en ocasiones, se convertían en auténticas gamberradas, como cuando colocaron dos bombas, sin proyectiles, en las puertas del cuarto del vicerrector provocando una detonación que conmovió las paredes del colegio sin provocar daños personales. El cura párroco de la iglesia vecina calmó los ánimos y el agraviado no volvió a pisar el colegio. Los alumnos no confesaron jamás quién lo había hecho.
Recuerdo, como una muestra de ingenio, cuando mi preferido ideó la manera de retrasar su salida de la cama, copiando lo que había visto en una de sus escapadas al mercado. Debajo del eje de una carreta de bueyes colgaba un cuero, como una bolsa ahuecada, y amarrado de las cuatro puntas. Dentro dormía un niño. Él tomó un cobertor y lo ató debajo de su cama, por las cuatro puntas, se acurrucó en él y cuando el celador fue a la habitación para levantar a los rezagados encontró su cama vacía. Sus compañeros le imitaron y sufrieron el castigo consiguiente. Por lo que dice en su libro dentro del colegio padecía cuando yo los despertaba tocando una maldita campana a la que, con frecuencia, cortaban la cuerda o hacían nudos para que yo no pudiese alcanzar el extremo. Si esto ocurría la sustituía por una de mano que, según él, tocaba con estridencia para vengarme de mis enemigos personales. Nunca los consideré así, al contrario, pero tenía que cumplir órdenes para no ser despedido.
Menciona que, a veces, me sobornaban para escapar del colegio con el fin de vagabundear y asistir a los bailes de los suburbios. No indica la cantidad que me daban por abrir y cerrar la puerta. En realidad no compensaba, me exponía al despido, pero lo hacía con gusto para que, por unas horas, abandonaran aquellos oscuros y helados claustros. También ignora que conocía las otras dos opciones que utilizaban para escaparse. A menudo se pegaban a tierra para pasar por debajo de las hojas del portón, terminadas en punta, que dejaban un espacio libre entre ellas y el pavimento, con la seguridad de que su ropa se llenaría de polvo y, además, podría desgarrarse. A veces recurrían a un compañero que, misteriosamente, poseía una de las llaves del portón. El precio era su compañía. Supongo que no siempre les agradaría ir con él porque si no fuera así recurrirían siempre a este método.
Desde mi habitación, situada al final del pasillo, vigilaba la tenue luz que algunas noches salía por debajo de su puerta. Leía con el cabo de una vela y, cuando se apagaba, esperaba unos minutos antes de dormirme para estar seguro de que la llama no había prendido en su cama. Con frecuencia dejaba de acudir a los recreos para poder leer en cualquier rincón.
En un capítulo de su libro cuenta como, ya adulto, recordaba el colegio con cariño, excepto los madrugones a toque de campana, las comidas y la celda de castigo. Es cierto que las comidas consistían en un líquido incoloro, a modo de sopa, parecido a los que preparaban las brujas de la Edad Media, al que seguía un sábalo, pez de la familia de las sardinas de aspecto deplorable, y carnero al que no había manera de hincar el diente. Cuando le castigaban las horas de encierro en una pieza de cuatro metros cuadrados, en el que sólo había un escaño de cal y canto demasiado estrecho para acostarse, sólo eran aliviadas por los comestibles que sus compañeros le lanzaban, con gran maestría, desde la claraboya lateral que estaba situada muy alta.
Siempre admiré que todos los alumnos velaran a un viejo profesor cuando se puso achacoso. Lo hacían con cariño, turnándose, sin protestar jamás por lo entumecidos que les dejaba el descanso en una silla. Había bondad en sus corazones. Por eso me resulta insoportable leer la palabra cerbero para nombrarme. Se refiere a una noche en que llamó al portón e imitó la voz del vicerrector para que le abriera. Con el abrigo que llevaba en la mano tiró la vela que sostenía para alumbrarme y me echó una zancadilla. Caí al suelo. No le guardo rencor pero cuando leo que me define como un guardia severo de bruscos modales me hiere. No comprende nada. Es lógico que entonces no lo hiciera porque era un niño pero ahora debería mencionarme de otra manera. Era menos severo de lo que me exigían mis superiores.
Me dolía su llanto desolado después de la visita, prolongada hasta el último minuto, de su madre. Veía como se abrazaban y los momentos más dulces de mi vida se remansaban en aquel abrazo, intentando prolongarlo en la memoria, siempre dispuesta a retroceder para concederme el recuerdo de la persona que me había amado hasta morir por mí. Todo en el aspecto de su madre evidenciaba su pobreza, los sacrificios que hacía para que su hijo pudiera asistir al colegio. Aquellas manos enrojecidas, la ropa raída, las ojeras azuladas y los ojos de mirada cansada también habían formado parte de mi vida cuando era niño. Su madre se parecía a la mía en su aspecto, en el gesto acogedor del abrazo, en la suavidad de su voz y, sobre todo, en el cariño que le daba fuerza para luchar por su hijo huérfano. Él había conocido a su padre, un hombre famoso por su valía intelectual. Yo no sabía quién era el mío. No me importó hasta que vi a mi madre enfermar porque me cedía su comida pretextando falta de apetito. Murió lamentándose, no por su enfermedad sino porque me dejaba solo. Tenía diez años y luché, como había hecho ella, por sobrevivir. Los cubos de basura eran mi despensa y un jergón de hojas de maíz tirado en una cuadra mi cama. La misma en la que había muerto mi madre. A veces tenía suerte y trabajaba a cambio de comida. Así llegué a los quince años y conseguí entrar en el colegio como ayudante de portero. Por fin podía comer todos los días.
Mi querido niño, el que escribe cosas tan terribles sobre mí porque no sabe nada de mis sentimientos, a pesar de los años que vivimos bajo el mismo techo, siempre se refiere a mí como el portero o el cerbero. El portero tocó la campana. El portero nos abrió la puerta. El cerbero acudió con una vela en la mano. Ni siquiera sabe mi nombre. Aunque crea que no merece ser pronunciado lo gritaré. Mi madre me llamaba José.
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Mª Antonia Goás Sánchez © 2006
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