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COSAS DE PULPOS
UN BUEN MARIDO
¡Qué Dios te lo pague con un buen marido!, me decía Consuelo, cada vez que ponía un bocadillo o una moneda en su mano. Aquella viejecita siempre estaba allí, sentada en el tercer escalón de la puerta de la Iglesia, daba igual que hiciera frío o calor, ella, estaba allí, como si fuera parte del arbotante.
Un buen día desapareció, y todos en el barrio dimos por hecho que Dios la había llamado a su lado. Poco a poco, la imagen de Consuelo se fue borrando de nuestras vidas. Sin embargo, lo que nunca se borró de mi memoria, fue su deseo de que Dios me pagara con un buen marido, las acciones de buena samaritana, que yo, había tenido para con ella
¡Un buen marido! decía, ¡qué Dios te dé buen marido!, podía haberme deseado que Dios me diera salud, o fortuna, o no sé, cualquier otra cosa, ¡pero no!, ella, deseó que Dios me diera un buen marido.
Dios, no sólo escuchó el deseo de Consuelo, sino que además, se hizo cargo de la deuda y me pagó con un buen marido. ¡Sí!, Dios, me pagó con un buen marido.
¡Mejor, se había ahorrado el favor! Puedo parecer desagradecida, y tal vez, efectivamente, lo sea. Pero, ¡mejor!, se había ahorrado el favor que yo nunca le pedí.
Cuando conocí a Julián, él, era un joven profesor de Latín, y yo, me limitaba a despacharle el pan. Además de bien parecido, era un chico afable. Nada que ver con el rudo hijo del carnicero, que me pretendía, ni con el grosero hijo del zapatero, que sólo sabia hacer comentarios acerca de mis posaderas. Todo mi mundo conocido no iba más allá del barrio en el que mis padres regentaban la panadería, y dos calles más que tenía que recorrer para llegar a mi casa.
La panadería estaba justo al lado del colegio que los Padres Dominicos tenían anexo a la Iglesia. Y allí Julián, enseñaba latín a una pandilla de gañanes, cuyos progenitores soñaban con ver algún día convertidos en médicos o abogados, ya que éstas eran las dos profesiones que se conocían en el barrio como de relumbrón, además de la de sacerdote, que directamente suponía una bendición de Dios.
«¡Ay!, ¡Ay!, si mi Juanito me viniera un día diciendo que quiere ser sacerdote, ¡ay! ¡ay!, ¡qué alegría!, pa mí, ¡mejor que la lotería!, pero eso sólo está de la mano de Dios. Yo, no le digo nada, sólo que estudie, pa que no sea un Juan a secas como su padre, ¡Dios me perdone!, que es un buen hombre, no tengo queja, pero Juan a secas. Yo quiero que a mi Juanito, todos lo llamen Don Juan, sí, eso le digo, a ti te tienen que llamar Don Juan, ¡qué orgullo pa una madre tener un hijo con el don delante! Lo mismo la digo a la niña, no que estudie, que luego se casa y qué, ¡tiempo perdido!, mejor que aprenda a llevar una casa como Dios manda, y que no se ande liando con un patán, con un don nadie de esos que dicen contigo pan y cebolla, ¡tonta sería!, la digo que mire bien si tiene el don delante, pa que a ella también la digan doña, pero que ande con ojo, no sea un aprovechado y la desgracie la vida, sí, eso le digo yo a la niña». Y eso, me dijo la Charo un día a mí también, y añadió: «Y tú, si no quieres desperdiciarte detrás de un mostrador, ya sabes lo que tienes que hacer».
Tal vez fuera aquel: «y tú, si no quieres desperdiciarte...» el que me empujó directamente hacia el profesor. Sí, eso debió ser. Desde que la Charo me lanzó aquella frase lapidaria, no tuve más que atenciones para con él, a las que él, correspondía con tímida y amable gratitud, hasta que un día, comedido como era, pidió permiso a mi padre para cortejarme, siempre, claro está, que yo estuviera de acuerdo, ¡que lo estaba!. Mi padre, por supuesto, se lo concedió, y de ese modo, pasó de cliente a novio, y siete meses mas tarde, coincidiendo con el inicio de sus vacaciones de verano, pasó de novio a marido.
Al principio, mientras él continuaba dando clases en el colegio, nos instalamos en el barrio, pero al poco tiempo obtuvo una plaza de profesor en la Universidad y nos mudamos.
Mi vida transcurría tranquila a su lado, él estaba la mayor parte del día ocupado con sus estudios, que apuntaban a la cátedra como objetivo más próximo. Dios, no quiso darnos hijos, y no es extraño, pues se necesita algo más que la voluntad de Dios para que vengan al mundo, yo de aquella no tenía tan clara esa certeza, ni muchas otras que descubrí más tarde.
Con una asistenta que se ocupaba de la casa, un marido enfrascado en el estudio y la lectura, sin hijos que absorbieran mi tiempo y mi paciencia, y rodeada de libros por todas partes, sólo era cuestión de oportunidad, que yo me decidiera a entablar amistad con aquellos silenciosos moradores de mi casa, a los que Julián dedicaba tantas horas y tanta pasión.
No es que conmigo no tuviera atenciones, no es eso, las tenía y muchas Siempre fue muy detallista y cumplidor. Jamás olvidó un cumpleaños o un aniversario de boda, y raro era el día, en el que no recibía el regalo de una rosa: las hubo blancas, amarillas, rosas..., pero nunca rojas.
Yo no fui consciente de la ausencia de ese color en las rosas que Julián me regalaba, hasta que años más tarde, cuando al volver a mi despacho en la facultad después de impartir docencia, un chico me esperaba en la puerta para entregarme una. Como era habitual venía sin tarjeta, y hasta ahí, todo era normal. Lo anormal, era el color. Lo anormal era el intenso color rojo de sus pétalos. Y fue entonces cuando me di cuenta, que aquella rosa no la había enviado Julián. Y fue entonces cuando me di cuenta, que por primera vez me hervía la sangre. Y fue entonces cuando me di cuenta, que ya sólo podría maldecir a Dios, por haberme pagado con un buen marido.
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Ana Pérez © 2006
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