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Mis pecados

Todos mis pecados
se arrullan
en el cálido remanso
que forma tu aliento
junto a mi oído.

Todo el verano se arremolina
en torno a tus caderas
sobre mi columna.

Recuerdo

Recuerdo mi olor en tu boca,
y el tuyo desperezándose por mis hombros.
Y se me sublevan los sentidos.

Recuerdo mi lengua, curiosa,
hurgando en busca de tus murmullos.
Y se me silencia la sed.

Recuerdo el paseo de mis dedos,
tiñendo el paisaje desnudo de tu torso.
Y se me sorprenden las manos.

Recuerdo los latidos de tu corazón,
mientras penetras, con ellos, el mío.
Y se me desvela el pubis.

Recuerdo la sal de tus manos,
bañando la playa de mi cintura.
Y se me aprisiona la furia.

Y entre recuerdo y recuerdo
voy recorriéndote por mi cuerpo.

Encuentros I

Arañas mi espalda con tus besos.
Sosiegas tu mirada entre mis labios.
Arqueas mis palabras con tus movimientos.
Diriges mis huellas hacia la alucinación.
Surcas el cielo de mi paladar.
Traspasas la frontera que separa
mi cintura de tu vientre.
Derramas tu rocío en mis murmullos.
Quebrantas mi desidia.
Fragmentas mis sentidos.
Rasgas el olvido.

Jarabe

A veces me sueño líquida,
líquida el ansia
cuando te discurro
en medio de las níveas noches.

Suéñame,
brebaje tibio,
blanca y espumosa,
como una taza de leche
las entrañas;
gelatinoso el cuerpo
blando y desordenado.
Suéñame,
entre las piernas aguamiel,
melaza en la piel,
almíbar en los labios.

Sueña
mis pezones,
licenciosos,
caramelizándose
al contacto de tus manos.
Sueña resbaladiza mi cintura,
pegajosas las sábanas
por las que se revuelcan,
tus caricias
y mis gritos,
silencios en la oscuridad.

Suéñame
el instinto líquido,
el deseo líquido.
Suéñame embriagada
en mi propio espejismo.

Encuentros II

¡Cómo me gusta
el deslizar de tu mano,
viajero oculto
bajo las sombras de mi blusa!

Tus dedos aterrizan
sobre mi pezón
y su revoloteo de alas
lo despierta
de su letargo.

Furibundo,
celoso,
el vientre se rebela,
envidioso de tanta primavera.

Se yerguen,
desde la planicie,
tímidos pezones,
orgullosos guerreros.

Sitiada,
la espalda
cede al escalofrío
que la recorre desde la nuca.

Me inclino sobre tu pecho.

Tu mano viaja ahora
en la misma dirección
que el aire que respiro,
hacia adentro
y hacia abajo.

Vences
la soberbia de mi vientre
que se repliega
sobre sí mismo
en un espasmo de sorpresa.

Mi corazón,
desbocado jinete,
extiende un espeso manto
sobre mi razón.

Por mi boca,
entreabierta,
se escapa un temblor,
fugitivo en alocada carrera
hacia el precipicio de la tuya.

Un desvarío,
ha sido una fracción de segundo
— no me gusta que me muerdan —
demasiado tarde.
Mi mandíbula,
indómita,
se cierra sobre tu barbilla.
Una fracción de segundo.
Un desvarío.

Cabal,
mi lengua se aferra a la tuya.

Vuelven
pesadamente,
sórdidos,
los minutos al reloj,
los miedos al alma.
Las palabras
instalan sus fronteras,
entre nuestros deseos.

Poesía erótica

¿Es este un poema erótico?
No.
No hallo palabras acordes
a la agitación de mi respirar,
con el sólo aire que desplaza
cuando pasa por mi lado.

La erótica está en su cuerpo.
En sus ojos,
que acarician,
imperceptible vuelo de mariposa,
mis pechos,
ante los ojos,
ciegos,
de la muchedumbre.

La erótica está en su boca,
enigma horizontal
que eclosiona
sobre mi sonrisa vertical.

Erótico es el lenguaje
de sus manos,
nómadas
en busca del oasis
de mi pubis.
Y el siseo de sus labios,
lava que se desliza
desde el cráter de mi ombligo.

La palabra erotismo
se la lleva el viento,
que sacude su pelo
lejos de mi cuello.
Sólo existe en mis caderas
cuando se acoplan
al ritmo de su respiración.

Desnudez

Anoche,
se filtraron tus manos,
mágicas,
ladronas,
bajo mis sábanas frías.

Como quien interpreta,
con deliciosa majestuosidad,
el teclado blanco y negro
de mis solitarias noches,
me arrebataron
el pijama
y el sueño.

Y se me quedó pegado
entre las piernas
la melodía de tu sabor.
Y rasgó el silencio
de mi vientre
la cadencia de tu olor.

Paralelismos

Deleite de dioses Deleite de diosas
son tus labios es tu cálido sexo
reposando sobre mi sexo. en mi boca.
Bálsamo sagrado Bálsamo sagrado
de mi clítoris, de mi garganta,
desvelo de mi pubis fluye tu existencia
en las horas tristes. dentro de mi noche.

Eres, Soy,
la luna llena de mi sombra. el cáliz de tus gemidos.


Hoy todo me huele a ti

Hoy, tu olor,
asaltó mis manos.
No lo supe hasta
que no se había ido.
No sé aún
cómo ha sido.

Veloz,
me ató las muñecas,
inmovilizándome
los brazos
a la espalda.

Recogió el viento
enredado
entre tus cabellos
y susurró
mil palabras prohibidas
en mis oídos.
Aún lo siento
resoplar,
con furia
sobre mi nuca.

Tu olor
cubrió mis hombros
como una caricia de aire.
Cerró mis ojos
con la venda
del deseo.

Alrededor de mi cuello
trenzó
un collar de besos.
Sobre mi lengua
depositó
un sabor huidizo
a melancolía.


Yo, pecado

No soy pecado venial,
pues soy reincidente.
Soy el premeditado,
el alevoso,
y diurno,
más descarado,
más descarnado,
menos lógico que el nocturno.

Tampoco pecado mortal,
soy,
pues no es esto,
que no sé bien qué es,
cosa de muerte.
No moriremos de esto,
que no sé cómo se llama,
ni de vergüenza,
ni de miedo
ni de risa tan siquiera.
Por esto,
que no logro entender qué es,
no me ahorcarán.

Dime tú qué clase de pecado soy.
O mejor cállatelo todo y
sólo…
perdóname.
Pero nunca te arrepientas de mí.

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Pilar Castañón © 2006