| |
DESDE AQUI ABAJO
RECORTES
Mario coleccionaba los recortes de la leche. Cada vez que abría un envase, guardaba el trozo que se desprendía. Empezó metiéndolos en una bolsa de supermercado y la llenó.
Continuó con otra, y después vino otra y otra más. Todos sus amigos y familiares sabían de su pasión por los diminutos triángulos de plástico y se los guardaban. Llegó un día en que el trastero de la última planta estaba lleno. Alquiló el de su vecino que nada coleccionaba y también lo ocupó por completo.
Un día comenzó a apilarlos en la última habitación de su casa. Era un cuarto que nunca usaban. Todo lo que había en aquella habitación era una cama de muelles oxidados y ropa limpia por planchar. También lo llenó.
Dos meses después su mujer y su hija ya no podían seguir así. Su pareja le pidió que se deshiciera de los recortes o que se irían las dos.
Cuando se fueron, Mario desanudó todas las bolsas y esparció el contenido por el suelo. Desilusionado comprobó como ni siquiera llegaban a tapar todo el parqué de la casa.
Pasaron los días. Las semanas. Mario siguió con su afición en solitario. Nadie de su familia entendía que aquello fuera necesario. Muchos se arrepentían de haberle ayudado al principio de su colección. Pero ahora ya era tarde. A pesar de la gran cantidad de recortes, tardaría años en conseguir los suficientes para llenar la casa. Y si llegara a lograrlo, ¿dónde viviría? Llegar de la cocina a la puerta de entrada, sería imposible. Algún día, no podría abrir esa puerta para ir a trabajar. Cuando llamaran de la oficina, a Mario le resultaría imposible llegar al teléfono que sonaría sumergido bajo miles de recortes. Se dio cuenta entonces que necesitaba ayuda. Apartó varios plásticos que bloqueaban en parte la puerta de un armario y logró alcanzar la guía telefónica. En ella buscó alguna asociación de ayuda para su problema.
En la sección de psicólogos con anuncios a todo color, uno llamó a sus ojos. El texto decía que cualquiera que fuera su manía, podrían tratarla con resultados satisfactorios.
Tras memorizar la dirección de la clínica, bajó a la calle y se acercó a la parada de taxis más cercana. Allí tomó uno y fue directo a su destino. Se dio cuenta por el camino que esa era la primera vez que salía de casa desde hacía tres semanas. Cuando llegó al portal, llamó al timbre y subió sin pensarlo. Estaba decidido a cambiar y sabía que aquél era el primer paso.
Nada más sentarse en la sala de espera, alcanzó un folleto de la mesa que tenía delante. Mientras leía todas las manías, fobias y obsesiones que trataban en la clínica a la que había acudido, entendió su error.
Ya con el terapeuta expuso su problema de manera clara y se comprometió a acudir a la clínica donde se encontraba una vez a la semana. Pero él mismo sabía que jamás volvería.
Al bajar a la calle, no cogió ningún taxi. Caminó por la acera hasta el primer kiosco. Entró y vio las paredes y parte del suelo cubiertos por objetos de colecciones. Preguntó a la dependienta cuál de ellas era la de más calidad. La señora respondió sin pensar, que sin duda, los dedales eran de una calidad exquisita. Además, añadió, al final le obsequiarán con un estante para lucir los dedales y que cualquier visita pudiera disfrutar de semejante maravilla. Por supuesto, sin coste alguno.
Mario salió del kiosco con el número uno (y el dos de regalo), oprimiendo sus dedos índices. Cuatrocientos noventa y ocho números después, ya vería que colección empezaba.
---------------------------------------------------
David Fernández © 2006
|
|
 |