Desde aquí abajo
David Fernández García

De pata negra
Marta Lobo

Yas entre amigos
Yasmina Suárez González

Aquí Ribono
Emilio Fernández García


Rarezas
María Antonia Goás

Susa Caústica
Susana Álvarez


Alma de poeta
Matilde Suárez

El Mirador
José Feito

Cosas de pulpos
Ana Pérez

Menudo Cuento
César Fernández


Viajes para visionarios
Merebith

Signos del Alma
Roxana Herrero

 
Escaparate
José Feito y
David Fernández


Leo luego existo
por Cesár Fernández

En la vertical
por Pilar Castañón

Links

Contacto

Webmaster


------------------------------------
Números publicados
------------------------------------

Hemeroteca

 
 


RAREZAS

EQUÍVOCO

            “Sola, fané y descangallada”, como dice la letra del tango, llega todos los días de la semana  a la misma estación del tren, casi siempre antes del amanecer.  El recorrido se me hace largo hasta que la veo, a pesar de que sólo nos separan veinte minutos de trayecto. Su entrada provoca expectación entre los somnolientos pasajeros, tanto en los habituales como en el resto. Llega al andén corriendo y accede al tren después de recoger la falda, casi de cola, para no pisarla. Los flecos del mantón tienen peor suerte. Se enredan en los altísimos tacones de sus zapatos, levanta los pies alternativamente para liberarlos y, aunque la faena no es fácil, consigue soltarlos sin caer, a  pesar de que su cuerpo se balancea repetidas veces. Terminado el trajín sonríe como una artista de circo a la que acaban de aplaudir por su arriesgada acrobacia. Se sienta y  desenreda uno a uno los flecos con sus manos afiladas,  arremolina el mantón sobre su cabeza  y lo deja caer sobre los hombros con gracia. El descanso sigue a toda una noche que supongo desvelada. Saca del bolso un pinganillo, lo introduce en un oído y se acomoda en el asiento dispuesta a relajarse con la música. A veces se duerme con la noche retenida en sus ojos.
 Casi siempre ocupa el mismo asiento, frente a mí, y desde esa situación privilegiada observo sus rasgos; lágrimas de rimel pegadas en sus pómulos salientes;  boca desdibujada y retocada con sucesivas capas de carmín; “una percha en el escote” porque toda ella es pura letra de tango y frente estrecha y morena, prolongada por un centímetro de pelo oscuro que denuncia la falsedad del platino que cubre el resto de la cabeza. Sus ademanes arrolladores se corresponden con los de una mujer que llega creyéndose  Scarlett O´Hara en busca de  Rhett  Butler, aunque sólo se parezcan en la decisión de no llorar pese a todas las adversidades.
         Ayer se despertó mientras la observaba, sonrió y me ofreció el “pinganillo” Sorprendido le di las gracias y, ajustándolo a mi oído derecho, me dispuse a escuchar la voz de Gardel, desechando el pensamiento de que su gesto fuese impúdico, como si me ofreciese el secreto de su intimidad.  Oí lo inesperado. Serenatas de Chopin, valses de Strauss, un Réquiem de Mozart, la Orquesta Filarmónica de Londres tocando obras de Schubert y Beethoven, solos de piano y violín  que me llevaron a otros lugares y me provocaron  un sorprendente bienestar.  Sentí la cera húmeda de su oído diluyéndose en el mío. Cuando desperté el pinganillo había desaparecido y su dueña no estaba.          
        
         Cada noche sueño con ella, con la tristeza que me provocaría su ausencia y la seguridad de que, si hoy no llegase, me bajaría del tren para ir a buscarla. Intuyo que en otros lugares su sonrisa y su amor tienen un precio, quizá demasiado bajo. No quiero que desaparezca de mi vida, la necesito para soñar que algún día todo pueda ser mejor. Amo lo que es y odio lo que no es.

---------------------------------------------------

Mª Antonia Goás Sánchez © 2006