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MENUDO CUENTO

ESPECTROS LUMINOSOS

La oscuridad se disgrega entre los primeros destellos del alba. No tiene memoria y cada amanecer, en su disputa vana con las ondas lumínicas, engendra seres que intentan destruir la claridad. Seres que viven milésimas de segundo, insuficientes, puesto que las radiaciones se burlan despiadadamente y los aniquilan.
No importa su tamaño, los entes pueden ocupar medio continente o el diámetro de una molécula de piel. Tampoco su forma, los aerodinámicos e impacientes se apagan a la misma velocidad que las moles macizas confiadas en su peso. Ni la calidad de su estructura, usar como esqueleto las transparencias acelera aún más, si cabe, la respuesta fulgurante de los juguetones e impetuosos primeros rayos solares.
El tiempo si tiene memoria, y odio. A la civilización que lo engendró, divide y relativiza como le viene en gana. Así que le regaló una migaja a la última creación nocturna. La memoria del tiempo es pasada y carece de imaginación, no le sirve para predecir las consecuencias de sus actos. Su préstamo desorientó a la luz y permitió emerger una figura vehemente, de cualidades turbulentas.
Puede herir los vientos huracanados y arrancarles aullidos de dolor. Irradiar historias que explotan como fuegos artificiales. Amar intensamente a las piedras y fundirlas en un breve instante. Embestir al desierto cabalgando en astados sin domar y expulsar al paraíso el escaso agua remanente. Reír estruendosamente y alegrar el magma de la tierra.
Bestia que simula derrotas y enseña sus debilidades a quien no quiere verlas. Descansa sin paz.
El día, que además de memoria y odio es rico en astucia, decidió que no era peligroso para su soberanía y dejó que los hombres, ignorantes de este desafío, adorasen el nacimiento de la extraña criatura.

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César Fernández © 2006