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SUSA CAUSTICA

CONFIDENCIAS

Tengo un problema. No es grande. Tampoco pequeño. Tan sólo un problema.
Quería hablar de las relaciones de pareja, pero no sé qué decir. Hablar de sentimientos olvidados. Sensaciones enterradas bajo capas de dolor. Escribir sobre el amor. Pero... se me ha olvidado.
Me he convertido en una cínica. Una de esas que cuando ve a dos novios entrando, bajo una perfumada lluvia de pétalos, en la abrumadora vida matrimonial, no puede evitar una sonrisa amargada mientras sentencia: “dos nuevos candidatos al divorcio”. No porque les deseé la experiencia de convertirse en un número más en el Juzgado de familia, sino...
Una separación no es el fin del mundo. A veces, es lo mejor que nos puede pasar. Pero marca de por vida. Por mucho que uno se lama, la herida de la decepción sigue sangrando. Es como un castillo de naipes. Se viene abajo con tan sólo un soplo, y tu mundo se convierte en un puzzle de cinco mil piezas. No sabes por dónde comenzar a armarlo de nuevo.
Pasa el tiempo, que todo lo cura, y casi todo vuelve a la normalidad. No es que uno no sea capaz de olvidar a esa persona con quien había decido planificar un proyecto de vida en común. No es que se le eche en falta. Ni tan siquiera se le añora. Es algo mucho más complicado. Más profundo. Hablamos de un concepto. De ese momento en que te das la vuelta en la cama y sientes que el otro lado está frío. De cuando te estiras en el sillón y tu pie choca con un solitario cojín. De esa mirada que no se cruza con la tuya a la hora de la comida. De la ausencia de una mano en tu hombro cuando estás preocupada. De ese abrazo que no llega. De esos susurros silenciados. De una nota escondida bajo la cafetera. De una sonrisa al llegar a casa. Hablamos de no compartir.
Después de una separación se pasan por varias fases. No necesariamente en este orden. La fase de la desesperación, cuando piensas que serás incapaz de superarlo y que tú tienes la culpa de todo. La eufórica, en la que tratas de ponerte el mundo por montera. El despertar a la realidad: vale... eres capaz de continuar con tu vida, pero asumiendo que deberás aprender a convivir con el dolor.
Pasan los años y un día el espejo te devuelve la imagen de una cínica. Esa que hace chistes ácidos sobre el amor delante de sus amigos y luego, en la soledad de su sofá, vacía la caja de pañuelos cuando él le dice a ella “te quiero” y en la pantalla aparece “FIN”.
Y finalmente... ¿qué queda? Pues ver “Sexo en Nueva York” y desear ser como Carrie, la escritora que se gana la vida divagando en su columna sobre sus quebraderos de cabeza con los hombres.
También cabe otra posibilidad. Ser valiente y aceptar que quizás exista una segunda oportunidad. Creer que Cupido es algo más que un estúpido niño que se pasea medio en bolas, lanzando flechas a incautos que se dejan engañar por los efluvios que emanan de los rizos del mentecato enano con alas. Claro que... ¿Merece la pena el riesgo? ¿Qué pensáis? Yo... por el momento... me voy a ver un nuevo capítulo de mi serie favorita.

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Susana Álvarez © 2006