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ALMA DE POETA
A TRAVÉS DE UNA VENTANA
Están corriendo. Qué alegría. Antes, a través de la ventana del aula, y de la mía en el trabajo, los vi moviéndose, como hormiguitas.
No paran.
Me los imagino en el aula.
El profesor, desganado, ocupa a los niños: -Hay que aprenderse la tabla del 3.
Alguno, resabidillo y aplicado, ya se la sabe: Yo ya me la sé, dice Carlos, pero éste no se la sabe; chiva con gran soltura, señalando a su amigo Pedro.
Y el profesor, manda callar. Está prohibido chivarse.
Qué conversaciones tan sencillas; tan... sin ninguna trascendencia, sin mala intención. Después seguirán tan amigos en su recreo.
Nadie recordará nada de la conversación anterior.
¡Ay! Qué niñez, qué hermosa edad. Quizá cuando lleguemos a la tercera edad, por eso de que somos niños dos veces, consigamos esa felicidad que nos ha sido arrebatada,... no sé cuando.
Tres por una...tres, tres por dos... seis, tres por tres... y la repiten una y otra vez. Un sinfín de veces.
Se la aprenden a costa de repetirla.
Cuántas veces me he repetido yo que no debo enfadarme.
Relajación, estiramientos, y vuelta a tensarme.
Cómo me duele la mandíbula, los hombros, las cervicales...
Han metido un gol, ¡qué ilusión!, me parece conocido el niño que dio la patada al balón; y el de la portería... ¡también es conocido!
Son niños, ¡cuánto tiempo hace! ¡cuánto ha sucedido desde entonces!
Y llegó la primavera... ¿que la sangre altera...?
No más alteraciones
Los niños no entienden de cambios de estación.
Profesor- Hoy toca despedirse del invierno.
Vamos a dibujar una despedida, ¿qué os sugiere la despedida del invierno?
El que haga el dibujo más bonito, le toca sacar el balón al recreo
Y los niños se esfuerzan en dibujar, como si nunca antes hubieran tenido un balón en sus manos.
¡Qué ilusión, ser dueño del balón del maestro, por espacio de 25 minutos!
Empiezan a dibujar: una montaña, a lo lejos. El sol, asomándose tímidamente detrás de ellas; unas flores que apuntan su más lindo color… un pajarito volando a ras de suelo, casi tocando las cabezas de los niños...
La despedida del invierno se confunde con la bienvenida de la primavera.
Es casi imposible que en algún dibujo se encuentre algún resquicio de invierno.
Para los niños es tiempo pasado... todo quedó atrás.
En mi soledad, separados por un cristal de una ventana, los envidio.
Es una envidia sana; lo que yo desearía estar en esa libertad de pensamiento, de movimiento.
Sólo un cristal nos separa, y es un mundo del que yo no puedo salir por necesidades económicas, de orgullo, personales...
Cuantas veces me lanzo a soñar, y me veo volando. Volando por encima de todas las opresiones, lazos, cadenas, protocolos, escaladores, pisacabezas, trepas...
El viento resopla en las ventanas. Aúlla como si quisiera entrar. ¡Qué envidia!
Querer entrar: quiere decir que está fuera...y yo dentro.
De nuevo, un cristal separando la libertad y la opresión.
Como se mueven las hojas del sauce llorón. No creo que este llorando; se menea mucho; parece alegre.
No es lo mismo el movimiento alegre, que el triste.
El viento mueve sus hojas, y lo hace con salero.
Yo voy de un sitio a otro arrastrando mis pies. Siempre digo que es para aguantar los zapatos, porque se me escapan. Si se me escaparan… me aferraría yo a ellos.
Hola, ¿qué vas muy cansada? – me dicen con cara de pena.
Yo, con mi orgullo innato: -No, es mi forma de andar... digo, con el poco salero que me queda.
Y se siente de nuevo el guirigay. Los niños en el recreo.
No tengo tiempo de verlos, pero los oigo.
Este verde de paredes y suelo, no me relaja demasiado.
Quizás espero lo que está por llegar, o no llegar.
El pensamiento vuela tanto, que me salgo de estas cuatro paredes por la ventana.
Ya estoy en las montañas más lejanas; poco a poco me he ido ausentando: ya no oigo los monitores, ni las sirenas, ni los quejidos lastimeros de quien se despierta de la anestesia. Estoy volando...
Y de repente, una voz enfadada me reclama, ¡ah! ¡qué susto!
¡Qué golpe me he dado al entrar a través del cristal! Porque lo sentí; estaba fuera, y ese golpe, que no físico, me hizo daño. Creo que me cortó algunas fibras que unían cabeza y corazón.
El cristal está entero, ¿dónde estaba yo?
Otra vez de por medio la ventana, entre la realidad y la ficción.
A atrapar la calle, que no pase nadie... están cantando los niños.
Ya suena en mi cabeza ese sonido tan conocido.
¡Qué recuerdos de mi infancia!
Era bonito dibujar bien la llegada de la primavera... para escoger sitio junto a la mesa de la señorita.
Saberse la lección de la primavera... para recoger el dedal que daban como premio.
Hacer bien las tablas de gimnasia... y como premio ir a la panadería a comprar el pan para el maestro.
¡Qué bonito sentirse importante, ser mayor, tener responsabilidad para ir de compras, dar bien las vueltas del dinero... y veinticinco... cincuenta, y cincuenta... cien.
¡Muy bien!
Y que cara de sonrisa quedaba; como ensanchaba, mirando a mis compañeros de clase, creyéndome el ombligo del mundo, la más importante
Y los niños que yo veo a través de la ventana, ¿son tan felices como lo era yo entonces?
Quiero pensar que sí.
Ya tendrán tiempo de mirar por la ventana.
Todo ha cambiado.
¿Cuándo?
No sé, me he hecho mayor, teniendo responsabilidades.
No era un deseo crecer, pero tuvo que suceder. La naturaleza siguió su curso, sin dejarme tiempo para adaptarme.
No, fue un cambio brusco, siempre.
Pasé de mirar por la ventana hacia adentro, a mirar por la ventana hacia fuera.
¡Cómo me gustaba asomarme a ver a través de un cristal las casas por dentro.
Mis manitas regordetas, puestas encima de las cejas, para hacer de visera y poder ver el interior; la frente pegada al cristal, la nariz haciendo vahos con sus resoplidos; y después... que dibujo. ¡Qué bonito me parece!
El cristal, con su vaho, me ha servido de pizarra.
No necesito gran cosa para ser feliz.
Soy la reina en resoplidos de nariz sobre el cristal de una ventana...
Esa ventana... es la que cambia cada momento mi vida.
Separa a los de dentro de los de fuera; la libertad y la... no libertad.
Hoy no he visto la ventana, ¿la han quitado?, mi trabajo... ¿he trabajado hoy?
¡Que día tan maravilloso!
Llueve, me imagino el frío, pero no lo siento; el ambiente es cálido, las palabras... dulces, el gesto... agradable...
Y los niños, de los cuales sólo distingo las siluetas, corretean por la clase.
El día es gris; llueve, y los niños pasan el recreo en sus aulas jugando.
Se distingue la coleta de una niña que salta; parece escapársele de la cabeza.
Seguro que se está riendo:
Julia – Quedas...
Ana – No empujes
Julia – Tienes mal perder Ana
-Uhhhhhhhhhhhh…la sirena.
Profesor- Fin del recreo.
Y yo en mi sueño, contemplando desde mi trabajo, imaginando, pero sin ver la ventana; hoy no siento las rejas.
¿Quién ha limpiado los cristales?, ¡creo que he visto una limpiadora!
¿Se habrán llevado las ventanas?
Han pasado algunos días tan serenos, que siento amor hacia todo el mundo. Todo me parece bello... ¿será la primavera? ¿O es que han visto en mi la persona que hay dentro?
Al fin... siento que soy transparente. Pero es esa transparencia, no de indiferencia, del que no te ve para no saludarte; es la transparencia del que te mira, y te ve cual eres, sin doble fondo.
¡Qué bello me parece todo!
¡Qué verde!
¡Cuántos niños jugando, y otros que se pelean!
Es bonito verlos, defendiendo cada uno sus razones. Porque cada uno tiene las razones mas importantes por las que luchar.
Y en medio de una geniada, alguien que se cree con la razón, da una patada al balón... ¡Qué bien rima, hasta que... Zas... Adiós cristal.
No ha sido nadie. Todos se lavan las manos. Pero falta el cristal.
El cristal de la ventana.
Hoy que he cambiado mi lugar de trabajo, también he cambiado mi perspectiva de la ventana.
-¿Habrán puesto el cristal?
¿quién lo habrá pagado?
Miro desde otra ventana... no veo.
Pero estoy soñando, despierta, recordando... intento ver a mis antiguas compañeras. Hoy está... está… Ah, si, ya recuerdo.
Como me reía con ella. ¡Qué belleza interior tiene! Hablábamos de libros, de poesía, de hijos... sus horas, no eran horas de trabajo.
Aún en los contratiempos, en los momentos delicados, cuando la vida de otros se estaba jugando entre las gomas, cables, respiradores;...cuando no cabía la risa, ni los chistes...cuando las prisas no daban tregua... era su gracia innata la que te hacía sentir bien. ¡Qué bien me sentía!
Han sido días malos, llenos de angustia, pero “contigo”... era distinto; no necesitaba ventanas.
¡Se me olvidó subir las persianas! No quiero escapar. Necesito quitar las pilas de ese reloj que pasa tan aprisa.
Aunque el que pasa...es el tiempo.
El reloj es pura máquina, no tiene cabida en el tiempo.
Lo tiraría por la ventana.
La ventana... la ventana...
Hoy no veo la ventana.
¿Estará el jardinero podando?
¡Qué bonito jardín!
Han cambiado las flores, podaron los setos, y han sembrado el césped... ¡qué verde!
Verde esperanza ¿Qué espero?
Sólo ver. Pero con los ojos de quien ve la realidad, de quien no necesita ventanas para ver; de quien sueña con lo que quiere...y lo consigue.
Soñar como los niños... ¡los niños!, ¿qué estarán haciendo?
No los oigo. Los imagino... a estas horas... comiendo.
Pronto volverán a clase.
Y no los veré detrás de la ventana. Sus cabecitas, sus manitas levantadas. Su felicidad imaginada por mí...
Porque a través de la ventana se ven muchas cosas...
-la felicidad, que no se ve, pero se nota; es espesa
-el arco iris, con su diversidad de colores, variado, sin limites, con ¿7 colores?;
bueno, pues 7 colores. Da igual.
Qué vuelta me daría por encima del arco iris, saltando del rojo al amarillo, al añil, al verde...y de vuelta en el campo verde.
Otra vez he salido a volar...con la imaginación; pero un ¡Hola! Me ha despertado; parpadeo seguido y vuelvo a la realidad.
Alguien me tiende un papel,…y por puro mecanismo actúo, sin mediar palabra ya se lo que debo hacer.
En el trabajo, sin palabras, sin sentimientos, sin vida.
Porque la vida es algo más que trabajo, es una sonrisa, una pequeña frase, un golpecito en la espalda, un guiño de ojo...
¿Me ha guiñado el ojo?.. ¡Ah! ...es mi amigo.
¡Qué bonito tener amigos!
Hoy al salir del trabajo alguien me ha guiñado un ojo... mi compañera preferida.
La que me reñía por mi tristeza, la que nunca me apuraba...la que me daba tiempo y disculpa para que yo tomara el café con mis compañeras de trabajo.
Qué alegría; poder verla aunque sea de lejos, me hace sentir tan bien, tan querida...
Creo que estoy escuchando su acento latino, sus dulces palabras... No es posible, a través de la ventana del coche, no se oye nada...
Es una ventana que nos separa, pero nos mantiene unidas.
El poder de al unión, del cariño, del respeto...no hay cristal que lo separe.
Es una ventana... la ventanilla, tan limpia, de una forma, que no es la forma de todas las ventanas.
Cada ventana tiene su forma.
La de este coche me parece más bonita que ninguna; será quizá por lo que a través de ella estoy viendo.
Entro en mi coche, pero no estoy prisionera. Salgo y entro; entro y salgo... ¡cuando quiero!
Mi libertad ahora es solo mía.
Miro al horizonte, está lejos. Da igual, no tengo pensado ir hasta allí
No necesito tanto espacio... me siento libre con un poquito menos.
La libertad es...
que tus hijos te tengan prisionera... pero de sus deseos, que son tus alegrías.
Que yo me sienta libre, sin ataduras para hablar, con ganas de hacer cosas, de las que no me arrepienta.
Libertad es...
Hacer la vida agradable a los demás, y que estos se enteren de que va por ellos.
Que se enteren de que valen mucho, aunque solo sea para una persona,...por un momento.
Libertad, libertad...qué bien suena.
La disfrutaría siempre, sin abusos, con buen uso, pero con ganas de volar...volar...volar muy alto.
Aleteo con fuerza, estoy emigrando, como las aves.
Pero mi grupo no está. Me he despistado.
Estoy triste. Busco salida.
¡Zas!...contra un cristal y golpe contra otro.
No consigo salir.
Como un pajarillo, alguien me recoge entre sus manos, me da aliento, ánimos, cariño.
Veo la luz. Estoy sentada frente a una ventana abierta, tomando aire, lentamente por la nariz.
No cierres la ventana...
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Matilde Suárez © 2006
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