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Escaparate José Feito y David Fernández Leo luego existo por Cesár Fernández En la vertical por Pilar Castañón Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Entonces me dijo “Siempre que haya un espacio, tendrán lugar tus palabras” y comencé a desarrollar una idea. La idea no me pareció buena y busqué en el teclado de la computadora la tecla con una flecha que indica hacia la izquierda, una vez hallada la pulsé y el espacio quedó de nuevo en blanco. Mi dedo siguió presionando, la única cosa que podía borrar ahora eran los barrotes de mis pensamientos y volver a empezar. Necesitaba otra idea. Salir de la celda, liberar la imaginación. Decidí recordar qué cosas me habían sucedido hoy, qué cosas extraordinarias habría podido ver durante el trayecto de casa al trabajo. Mi memoria se detuvo en el instante en que el colectivo paró a recoger gente de la parada, en la intersección de Caseros y Entre Ríos, allí no subieron todos los pasajeros porque un relevo venía detrás y vacío. Ningún hecho extraordinario. Recordé, además, cuando un hombre me pidió permiso para sentarse a mi lado y me disgusté porque su borrachera le inspiraba sueño y se dejaba caer sobre mí, habiéndome obligado a cambiar de asiento. Un hecho sin sorpresa, corriente y vulgar. Aún no desayuno –mencioné. Comenzó a llover y el paraguas estaba olvidado, olvidado por mí en el perchero de la oficina. Hacía días estaba olvidado, como si supusiera un descuido espontáneo, como si dibujara una presencia en las horas dormidas de las labores. Me mojé. Al llegar al trabajo, abro la reja de calle, la puerta principal, la puerta siguiente y como me demoré un poco más de la cuenta, la alarma sonó de inmediato, se cruzó el custodio. “No pasó nada” le dije y me dije “Soy yo la tarada”. Sin comentarios. Después todo fue dándose de manera normal aunque me cueste definir “normal”. En un acto noble, de esos incontables, mi jefe ofreció invitarnos con empanadas pero ya casi era la hora de la merienda así que recibió las “gracias” y volvió a su ancho y cómodo despacho. Redacté tres denuncias de choque, dos de ellas con lesiones, hice un par de fotocopias, unos veinte o treinta llamados, una carta de presentación, archivé expedientes, detecté unos errores, tomé un litro de café, tres tazas de té, tres vasos de agua y escribí unos cuantos e-mail. De regreso hice las combinaciones de transporte habituales y no sé bien si por la llovizna, el cansancio, la noche inclinándose demasiado que se me cerraban los ojos en contra de mi voluntad, o no. Es probable que quisiera dormir. Y eso es todo. Al menos llené este hueco. No es gran cosa. Es una manera de decir algo. Un presente. Un acá estoy. Sí sé que puedo dar más de mí. Que es un relato escueto. Qué no hay nada de interesante en la vida cotidiana, en la mía, yo no lo advertí, eso es seguro. Cierto es que para no dejarme llevar por la somnolencia, exigí al mundo de las letras que me concediera unos versos, unos versos que me llenaran por un momento, unos versos que me prometieran poesía y pensando en ellos, descubrir lo bello. Lo que no quieren mostrarme mis ojos. Lo que no veo claramente a diario... Esto es lo que en verdad, completa este espacio, lo anterior no es meritorio. “Respuestas” Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte, Me preguntas… Y mientras José Hierro es cuestionado yo voy respondiéndome otras cuestiones; un viaje, un amor clandestino, una lágrima robada, una jugada compinche, aunque igual mi respuesta sea otra pregunta. Sigue J. H. Si ahora yo te dijera Si yo te dijera estas cosas, amigo, Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses. Abro la puerta de calle, luego la del departamento y más tarde aquellas celdas en donde se ocultan los pensamientos. En un tiempo, tendré una buena idea para contar. --------------------------------------------------- Roxana Herrero © 2006
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