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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Desde uno de los rincones de la cafetería, observaba hipnotizada la cortina de agua deslizándose por la puerta de vidrio de la entrada y formando pequeños ríos. De vez en cuando, la puerta se abría y dejaba entrar nuevos clientes, que buscaban con la mirada una mesa donde sentirse cómodos mientras cerraban sus paragüas y se sacudían las ropas humedecidas. Olía a café recién molido. No en vano, era una cafetería especializada en cafés de todo tipo y origen, aunque yo me quedo con el clásico café con leche de toda la vida. Este día lluvioso y frío me apetecía tomar algo caliente y eso fue lo que pedí. Mientras iba sacando la libreta de la mochila, observaba mi alrededor. Y me llamó la atención un grupito de estudiantes que repasaban lecciones en una mesa cercana a la mía, inundada de papeles. Uno de los muchachos, un chico que llevaba una barbita de esas delgadísimas que parecen estar trazadas con regla y delinean la mandíbula a la perfección, explicaba algo a los demás ayudándose para ello de unos esquemas que iba dibujando en una hoja de papel a medida que iba hablando. Todos le seguían con atención. Era un chico atractivo, carismático y se explicaba bien. En el centro del local, dos mujeres rondando la sesentena conversaban animadamente en torno a unos cafés, sentadas frente a frente en una mesa pequeña. Quizás acababan de salir de la primera sesión de cine y estaban comentando la película, o eran dos amigas que se habían encontrado para merendar y ponerse al corriente de sus vidas. Iban bien arregladas y lucían joyas de bisutería fina de marca. Una de ellas fumaba sin parar y este hábito se reflejaba en su voz grave. Parecían contentas de estar juntas. A mi derecha, tres amigos compartían historias en torno a unas cervezas, y detrás de ellos, una pareja veinteañera compartía refrescos, besos y sonrisas. A mi lado, una joven mamá merendaba con sus hijo mientras éste le contaba historias del colegio. Seguramente, fueron sorprendidos por la lluvia y se refugiaron en esta cafetería. Todas estas imágenes sociales contrastaban con la de aquel hombre solo que había al fondo, en el rincón opuesto al mío. Un hombre de mediana edad que llevaba rato observando el ambiente desde su mesa individual de la misma forma como lo hacía yo, pero sin tomar notas. Pensé que estaría esperando a alguien, hasta que pidió la cuenta y, a los pocos minutos, abandonó el local. NAUFRAGIO Naufragio. La palabra que más similitudes guarda con un mal matrimonio. Vivo en esta isla desde que me alcanza la memoria. He aprendido a conocer cada uno de sus rincones, cada palmo de su tierra, las estrellas de sus noches claras, el clima que hará simplemente mirando el cielo, las especies animales que la habitan, las playas aptas y peligrosas para bañarse, sus plantas. Me resultan familiares, incluso, los barcos que todos los días bordean sus costas para dirigirse a tierras continentales, tan cercanas y, al mismo tiempo, tan lejanas. El continente no está demasiado lejos de la isla. Al atardecer, me gusta dejarme caer sobre la arena tibia de la playa y contemplar cómo se recorta en el horizonte la silueta de aquellas tierras tan lejanas para mi, mientras cierro los ojos e imagino cómo sería la vida al otro lado. Cuando pasan los barcos bordeando la costa, me gustaría hacerles señales para que me lleven a su puerto, no me resultaría demasiado difícil. Sólo tendría que alzar los brazos y agitarlos, seguro que algún marinero repararía en mi y haría desviar la ruta creyendo que acababa de encontrar el último náufrago. Me ilusionaría conocer aquel mundo que parece emerger del fondo del océano, ya que me pesa vivir en esta isla sin alicientes, pero al mismo tiempo me atrae viajar hacia tierras desconocidas. Sin embargo, hay algo que me impide dar este paso. Tal vez me paraliza el miedo a lo desconocido, o el temor de pisar arenas movedizas, o la incertidumbre de dejar atrás esta tierra donde me siento segura y protegida. Quizás sea todo al mismo tiempo. Soy consciente de que si decido embarcarme en esta aventura, lo más probable es que emprenda un viaje sin billete de regreso. Este miedo que me paraliza es el mismo que me hace decir tantas veces que no, que no me voy, incluso deseándolo intensamente; y es este mismo miedo el que decanta mi balanza hacia la seguridad de lo conocido y los placeres sencillos de esta isla, con sus aguas mansas de tonalidades turquesa, con sus pájaros, con sus plantas, con sus estrellas que me guían en las noches serenas, con este mundo suave que el destino ha ido tejiendo para mí y al que me he acomodado sin rechistar demasiado. Aunque me esté quemando por dentro el deseo de volar. Aunque viva pensando y soñando con otros mundos. Aunque no pueda dejar de ir cada tarde a la playa a contemplar ese horizonte lleno de promesas, acostada en la arena; abrazada a esta ínsula que siento tan mía, pero con el deseo de alejarme mar adentro. CADENAS Amo mucho la libertad. Sin embargo, con el tiempo, he ido tejiendo ataduras invisibles a mi alrededor que me atenazan y limitan mis pasos. Son los apegos de que hablan los psicólogos, quizás. Apego a una rutina, a una amistad, a un amor. Sobre todo, a esto último: apego a un amor de persona, porque sólo así puedo referirme a este compañero leal que siempre está a mi lado para mitigar el frío que siento, para acompañarme en mi soledad, para calmar este sufrimiento por la vida que me hiere tantas veces, y llenar de calidez el vacío de mis horas muertas. Me da miedo escapar de esta cárcel de cristal tapizada de algodón, ya que el terreno que se aprecia desde la ventana es demasiado yermo. Pero sólo yo tengo la llave para dar este paso y empezar a caminar por un sendero sin pautas. ---------------------------------------------------
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