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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Escribo porque me gusta enfrentarme a un papel en blanco y rellenarlo con historias, situaciones, ideas, pensamientos... Me ayuda a soltar lo que llevo dentro. Al escribir, si te pasas puedes borrarlo y, si te quedas corto añadir, y eso es una ventaja sobre el cara a cara. Escribo para trasmitir. Llegar a emocionar a una persona y hacerla sentir como suyo aquello que tú escribes es el mejor premio para alguien que cuenta cosas. Que alguien ría, llore, piense, leyendo un texto mío sería el mejor premio. Sí, para esto escribo. Quiero escribir para gente como yo, gente que va caminando hacia delante pero que jamás deja de mirar a los lados porque sabe que se puede perder algo interesante. Gente como yo que no duda en mirar atrás, aun a riesgo de convertirse en estatua de sal. Pensándolo bien lo que yo escriba es mi obra, yo lo he parido y no me hace especial ilusión que todo el mundo acceda a ella y se crean que me conocen. Escribir para un grupo de personas en concreto es una especie de utopía maravillosa, que dejaría a tus enemigos sin enterarse de nada. UN CUENTO BREVESonó el teléfono. Ya era la tercera vez en la última media hora. Pero a diferencia de las otras dos, en esta ocasión contesto. -¿Sí? -Hombre, que sorpresa, el gran columnista Lorenzo Rojo se ha dignado a contestar. -Menos coña Sergio. ¿Se puede saber que quieres ahora? Estoy trabajando. -Disculpe vuestra merced la osadía pero se da la circunstancia que sobre mi mesa tengo todos los artículos del suplemento del domingo. Todos menos el tuyo. Para variar. -A ver, Sergio, hace dos horas que te lo envié en un correo electrónico, o sea que no me jodas. Además, déjame en paz hombre, ya te he dicho que estoy liado, que me faltan unas diez hojas para entregar el libro al editor y no puedo más. ¿Vale? EN EL RINCÓNEn realidad no estoy solo en la sidrería, pero como si lo estuviera. Mi compadre acaba de hacerse con La Nueva y únicamente su cuerpo permanece a mi lado, lo que no es estorbo a mi observación del lugar y de los lugareños. Ya en el baño constaté una realidad de nuestros chigres y demás locales del "comercio": ¡el agua está fría de narices! A pesar de ello, me lavo las manos y descubro el porqué de la temperatura del agua; Dos grifos y dos letras: F y C. Si esta clarísimo, F de fría y C de congelada. Ahora vuelvo a estar sentado. En la tele, sin volumen, el gran Homer está liando una de las suyas y aunque es la decimosexta vez que A3 programa el episodio no estaría mal poder oírlo. BAJO LA LUNA Esa noche la Luna estaba casi llena y el habitual paseo por la playa bajo su luz, era todo un placer. Mario caminaba descalzo por la arena permitiendo que las olas mojaran sus pies al ritmo que ellas mismas tocaban. Detrás, a unos cien metros, su mujer y una hermana de esta, paseaban juntas charlando de sus cosas mientras se iban quedando rezagadas. Doro, que así se llamaba su cuñada, era la primera vez que se iba de vacaciones con Mario y su mujer en verano, y todo era para que no pasara sola el primer estío que hacía uso de su nuevo estado social. Él mismo lo había pensado tantas veces: ¿Cómo era posible que un tío tan agradable aguantara a semejante arpía? Pero un día, después de veinte años de matrimonio, le dijo hasta nunca. Y se marchó. De eso hacía ya siete meses, pero la prepotente y odiosa Doro no levantaba cabeza. Quién le iba a decir a un ser superior como ella, que un sirviente mediocre y amante ocasional, le destrozaría de esa manera. Mario también recordaba haberse servido una copa de un buen güisqui, a modo de celebración, la noche que Kati, su mujer, le dijo: Me acaba de llamar mi hermana, y me ha dicho que Gustavo se ha ido de casa hace más de tres horas con un "hasta nunca" muy extraño y sin motivo aparente. ¿Sin motivo aparente dices? -contestó Mario a su mujer. Me imagino que te referirás a sin ningún motivo aparente hoy, pero no a los cientos de motivos aparentes que la víbora de tu hermana le lleva dando al infeliz de Gustavo durante veinte años ¿no? Y ahora allí estaban los tres, bajo la luz de la Luna , caminando descalzos sobre una playa de arena fina. Mario seguía incrementando su ventaja sobres las mujeres, mientras observaba, sin prestar mucha atención, las decenas de parejas que disfrutaban de sus cuerpos calientes a esas horas de la noche en la playa, protegidos de las potentes luces del paseo marítimo por las pilas de hamacas, o simplemente parapetados tras alguna pequeña barca de pescador. A lo que no hacían ningún caso estas jóvenes parejas, era a los paseantes que como Doro, Kati y Mario caminaban rozando el agua. Vamos, que descuidaban la retaguardia. Al llegar a la altura de una de esas parejas, Mario, tuvo que saltarlos literalmente, ya que tanto el chico como la chica tenían los pies en el agua, mientras que casi completamente desnudos, se besaban y manoseaban mutuamente a la luz de la Luna. -Quién fuera joven de nuevo -pensó Mario mientras de reojo observaba a los chicos que seguían a su historia. Él sabía de sobra la experiencia tan increíble que supone la mezcla de verano, playa, noche y juventud. En sus tiempos de mocedad las chicas eran más recatadas, y el mediterráneo era sustituido por aquel embalse de un pueblo de León... otros tiempos. Distraídamente dedicó una última mirada a la chica como haciendo tiempo mientras esperaba a sus acompañantes, y fue en ese instante cuando llamó su atención una camiseta de tirantes azul que descansaba sobre la arena al lado de una mini falda blanca y una especie de sandalias, que nunca le gustaron, y hoy menos que nunca. -¿Marta? -casi susurró inclinándose sobre los chavales. -¿Papá? Pero que haces tú aquí. Esto, verás... te lo puedo explicar. -Tápate por favor. Pero será posible con la niña esta -mientras el novio de Marta se había quedado tan blanco como la mismísima Luna. -Y a ti, te tenía que cruzar la cara -ahora Mario se dirigía al chico, cuyo rostro pasaba del blanco nuclear al rojo tomate, aunque por fortuna para él, era de noche. En ese instante Marta se ponía la sencilla camiseta de tirantes mientras se incorporaba. -¡Estás loca! Siéntate inmediatamente, no ves que vienen tu madre y tu tía detrás de mí. ¿Acaso quieres matarla de un disgusto niña? -Mario se empeñaba en verla todavía como una niña que ya no era, sin ir mas lejos, él mismo acababa de observar sus senos embobado antes de saber quién era aquella chica. -Ni te muevas hasta que me halla alejado lo suficiente ¿de acuerdo? Ya hablaremos mañana tú y yo. En cuanto a ti... -ahora hablaba con el chico -... te tiraría al mar de buena gana. ¡Joder! -Hablando de... ¿no habréis hecho nada...? Por dios; será posible. Ni os mováis ¿eh?, que no os vea tu madre, por lo que más quieras Marta. Mario cambió de dirección y se acercó a su mujer y su cuñada en un intento desesperado de evitarle a Kati el espectáculo que su hija y el niñato aquel estaban dando allí al lado. -Mario, nos queda más de media playa ¿por qué das la vuelta? -Está todo lleno de esa mierda de alquitrán -inventó sobre la marcha -no merece la pena. -Se llama galipote Mario, galipote -corrigió su cuñada. -Me la suda como se llame, Doro, lo que sé, es que mancha de cojones. A la mañana siguiente, cuando Mario despertó estaba completamente solo en casa. Se levantó y se duchó. Se preparó un buen café y salió a la pequeña terraza de la que disponía el apartamento que tenían alquilado todas las primeras quincenas de julio desde ni se acordaba cuando. El caso es que desde allí se veía perfectamente la piscina del bloque de apartamentos donde se alojaban y a esas horas de la mañana sólo había ocho o diez usuarios. Una por supuesto era su mujer, pero... ¿Era Doro quién estaba a su lado en top less y con un tanga casi invisible? Mario apuró el café mientras se ponía el bañador y cogía una toalla y en poco menos de cinco minutos se acoplaba en una tumbona al lado de su mujer. -Hombre, como tan pronto por aquí -se sorprendió Kati. -Ya ves. Me he levantado y no lo he pensado dos veces. Pero me ha extrañado veros aquí, por la mañana soléis ir a la playa. -Como ayer por la noche estaba llena de alquitrán hemos decidido quedarnos en la piscina -la que hablaba era Doro, y lo hacía a la vez que se levantaba de su hamaca -Voy a darme un baño. Los prominentes y bien puestos pechos de su cuñada, sumados a la mínima expresión de su braguita habían hecho efecto en Mario, que a pesar de sus gafas de sol, muy oportunas para ocultar miradas, no pudo disfrutar semejante cuerpo, que ahora con pose sugerente incluida, recibía la ducha previa al baño. Y digo que no pudo seguir observando a su cuñada porque una parte de su cuerpo, con mayor dificultad para el disimulo, acababa de despertar... y con qué fuerza. Al tercer día de piscina, la piel enrojecida de la espalda de Mario hablaba por si sola de la colección de braguitas que su cuñada trajo aquel verano que pasó con ellos; y de paso nuestro amigo entendió en parte porqué el cabronazo de Gustavo nunca fue a la playa con ellos ni con nadie. Además también comprendió el motivo por el cual un hombre puede aguantar veinte años o los que hagan falta a una víbora como aquella... ya lo creo que lo comprendió. HAIKUSSaltando vallas Instinto animal, Luce en sus ojos Aire en mi cara CAZANDO OJOS Sin duda se habían fraguado en algún lugar del océano. De ahí su color e incluso su sabor, el de sus lágrimas quiero decir, el día que no estaba alegre. Verde suave, cristalino y hermoso. Nunca había visto ojos iguales, con tanta luz. Pensaba, durante aquellos meses, lo ingrato que era el mundo con ellos mostrando tan a menudo esa cara dura y macabra, sin misericordia ni piedad. Después de tres meses se fueron con ella. Los estudios terminaron, y su casa, su verdadero hogar y todo eso, estaba lejos. Sus ojos salieron de mi vida y por supuesto nunca esperé volver a verlos. PIES Sus pies siempre estaban fríos. Daba igual que fuera primavera-verano que otoño-invierno. Llegó a resultarme una tortura meterme en la cama con él, de verdad. Unas navidades le regalé una especie de zapatilla gigante que enchufada a la red daba un calor insoportable, pero ni con esas. Era sacarlos del refugio y de nuevo fríos. Qué calvario dios mío. Aunque para ser sincera deberé mencionar aquel viaje que hicimos al levante hace dos años ahora y en el que el muy tonto se empeño en pasar conmigo a la espalda sobre un lecho de ascuas incandescentes yendo descalzo... y borracho. Sí, aquella vez debió ser la única en toda su vida que tuvo, y retuvo, los pies calientes. ENEMIGOSIntento librar una lucha contra determinadas posturas de la sociedad, carente por completo, a mi juicio, de ideología alguna. Totalmente abducidos, y si no lo estamos aún no dudéis que lo estaremos: apoyamos a un equipo de fútbol que lleva el nombre de una ciudad y ni siquiera el masajista es de allí; vamos invitados a bodas y no sabemos ni cual es el nombre de pila de la novia; sucumbimos al bombardeo mediático tarareando canciones que odiamos... esa es mi guerra. No quiero ser así. Las ideas que en algún tiempo cambiaron el mundo, lo hicieron porque fueron defendidas con suma pasión por personas que no tenían nada que perder y sí mucho que ganar, pero hoy con el sistemático aburguesamiento de nuestras vidas esto no va a ocurrir. Conozco a muy pocas personas que actúen con la sinceridad mínima exigible, a tan pocas, que ni siquiera ver correr unas lágrimas por la mejilla de alguna de ellas me haría cambiar de opinión. No. El verdadero dolor sigue existiendo hoy como ayer y claro que seguirá ahí mañana. El verdadero drama es que con el alivio de un lado de la balanza, el otro, se hunde cada vez más y a nadie parece importarle. Al final debemos dar gracias a las grandes empresas y gobiernos (también llamados en textos antediluvianos dios o yahve ) por tener tantas comodidades en nuestro hermoso primer mundo, tantas que algunas no sabemos ni para qué sirven. Por eso mientras la sangre corra por mis venas quiero pensar por mí mismo y opinar, no ocultar lo que pienso por que pueda ser políticamente incorrecto. Quiero secuestrar todas las corbatas del mundo y como rescate pedir la condonación de la deuda externa de los países que no tienen para comer. Y aunque me convierta en un solitario, también quiero esquivar las hamburgueserías y los atestados centros comerciales de última hornada y así seguir caminando con respeto hacia los que respetan, que también los hay, y tal vez el día de mi muerte, si es que alguien me pregunta, le responda que sí, que hice lo que mi corazón me dicto. EL PRIMER BESO Los dos formamos parte de un grupo de amigos. Es hermosa. Su pelo moreno y corto agranda sus ojos color miel. Me gusta todo en ella. Su cara, su forma de mover las manos, su expresividad, su caminar... Llevo enamorado desde que empezó el curso, desde que la vi el primer día al terminar el verano. Por entonces era Septiembre y los árboles comenzaban a colorear sus hojas de marrón. Aquel día mis ojos se fijaron en Lorena y nunca más la olvidé. Desde entonces somos amigos, sólo amigos. Pero hoy intentaré cambiar eso. Ahora los árboles ya no tienen hojas, es invierno. Ella está a mi lado. De los cuarenta que somos en clase, nada más que Lore y yo permanecemos en el patio. La razón es la falta de calefacción por tercer día consecutivo. Todos estuvimos de acuerdo en hacer huelga pasada la segunda hora. Tras las primeras amenazas del tutor, los demás entraron en clase. Nos quedamos solos. Ella y yo. Hoy lleva un gorro de lana negro no muy calado. La cara sin maquillar. Los ojos fijos en algún lugar de otro mundo. Su aliento con olor a menta se convierte en vapor al escapar entre sus labios. No me importa que llamen a casa por nuestra falta. No me importa nada. Estoy con ella. Sólo quiero que nunca se acabe este cigarro que fumamos sentados en el muro. Tengo los pies fríos y la nariz helada. Una fina lluvia acaricia mi cabello mientras expulso el humo de la última calada. Te invito al cine, dije intentando alargar el cigarro. Vale, respondió mirándome a los ojos. Mis pies y mi nariz se olvidaron del frío. Le pico al timbre a eso de las cinco. Faltan dos horas para que empiece la peli pero no puedo más. Caminando por la calle confirmo que sigue siendo igual de preciosa que antes de comer. Su perfume hace esfuerzos inútiles por agarrarse a ella. Mientras avanza todo a su alrededor es impregnado por él. Cada vez que el aire se alía conmigo y me lo trae, me muero. Sé que permanecerá grabado en mi vida. Elige la que quieras, le dije. Yo te elijo a ti, pensé. El cine tiene tres salas y en las tres proyectan largometrajes extranjeros. Miramos los carteles. Descansan en un marco de metal cubiertos por un cristal. En él se refleja ella. Veo sus labios moverse silenciosos mientras lee los títulos. Una comedia, una de gansters y una de miedo. Me alegro cuando descarta la risa y los tiros para quedarse con el sudor frío y el susto. Los abrazos se venden solos cuando hay miedo. Bien. Nos sentamos en la última fila. Toda para nosotros. El aforo de esta tarde no supera las veinticinco personas. Mientras Rutger Hauer circula por una carretera al infierno, yo intento dar un paseo hasta el cielo y bajar para contarlo. El director me echa un cable y llena la película de escenas a mi medida. En una de ellas mi brazo izquierdo pasa por encima de Lorena. Su cara gira hacia mí y no vacilo. Nuestros labios se tocan con suavidad. Firme suavidad. Nos besamos y el resto del mundo desaparece. Nada me supo tan rico en mi vida. Labios de menta en mi boca. En mi vida. Con las luces de la sala encendidas salimos a la calle. Mis pies no tocan las aceras. Sé que están porque veo a los demás pisarlas para caminar. A mi no me hace falta. Hoy he aprendido a volar. TRAS LA CORTINA Llevo diez días haciéndolo. Despierto y observo la calle. Tras la cortina estas tú. No es posible. Llevas siglos muerto. Al principio te quise. Al final te odie. Te fuiste muy pronto. Cuantas veces he llorado. Por ti, por mí... Te llevaste mi alma. Me siento tan sola. A veces me lo decías. No soy feliz. ¿Quién lo es? Preguntaba yo. No contestabas y te ibas. También ahora te vas. Parpadeo y te vas. Veo a Luis abajo. Sigo tras la ventana. Aprende a montar en bici. Su abuelo le sujeta. Ni siquiera te añora. Todo pasa. Abro la ventana. Hace frió y le llamo. No me oye. La bici está sola. Apoyada en un árbol seco. ¡Papá! ¡Luis! Nadie contesta. Me asusto y cierro. Tengo más frío ahora. No está funcionando la calefacción. Llevo puesto un pijama verde. Estoy preocupada por Luis. Camino por el pasillo. Veo fotos sobre la cómoda. Una mujer joven, rubia. Un hombre la abraza. Están muy elegantes. No parece mi casa. No reconozco los muebles. Oigo llorar a un bebe. Cada vez más fuerte. Su padre le calma. Acaricio su cabeza desnuda. Ya no llora, ahora sonríe. El hombre me llama mamá. ¿Luis? Has dejado la bici abajo. Deberías estar en la cama. Estás enferma. Me acaricia un brazo. Me besa la cara. Te quiero. Una mujer me acompaña. La conozco. Te conozco, le digo. Caminamos por el pasillo. Cada vez tengo más frío. Miro mis pies descalzos. La mujer joven sigue conmigo. Me acerca a la ventana. Yo se lo he pedido. Veo un gran aparcamiento. Está repleto de coches. No está la bici. No están los árboles. Me asusto y retrocedo. La mujer me abraza. Vamos a la cama, Maria. Maria. Me arropa y me besa. Le toco el pelo. Te he visto en fotos. Ella sonríe. Sonríe y se va. Cierro los ojos despacio. Te siento a mi lado. Abro los ojos despacio. Estas aquí, sobre la cama. Miras al techo, no hablas. Cojo tu mano. Me siento sola, muy sola. Te fuiste tan pronto... ---------------------------------------------------
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