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CUARENTA AÑOS DESPUÉS

La vida de Consuelo empezó realmente cuando su amante, Adriano, la dejó, poco antes de nacer su hija, pero ella no lo sabía y, desde luego sus pensamientos estaban muy lejos de esta idea aquella mañana de Enero mientras se dirigía al río a hacer la colada. Caminaba erguida y a paso ligero, con un balde de aluminio sobre su cabeza y un saco de ropa en cada mano, acompañada de su hija, María, que correteaba tras ella, llevando una cesta con jabones y cepillos de cerda natural, mirando con asombro infantil el balanceo del balde sobre la cabeza de su madre.

La mañana estaba fría y serena. El sol, esplendoroso allá en lo alto, apenas calentaba la brisa gélida que corría por la ribera del río. La nieve que se amontonaba a los lados del camino embarrado y helado en algunos tramos, no era obstáculo para sus ligeros pies, embutidos en toscas madreñas. Al pasar por el lavadero, aún vacío, recogieron las pesadas tablas de lavar, con un cajón en la parte posterior donde arrodillarse mojándose lo menos posible, y siguieron río abajo hasta el pequeño remanso donde habitualmente se colocaban, alejadas de las demás mujeres. Con su soledad evitaban oír palabras enmascaradas e hirientes, que recordaban a Consuelo su condición de madre soltera y por ello mujer de poca virtud.

-¡A ver María! Coloca tu tabla en la orilla y cuidado no pises el hielo que puede romper. Voy a por una piedra

-¿Cojo yo otra, madre?

­-¡Ni se te ocurra!, te puedes cortar. Vete deshaciendo un jabón en el balde para el remojo.

-Mira madre, coge esa -señaló María a su izquierda.

-Si, esta es buena.

Consuelo con unos cuantos golpes secos abrió un par de boquetes en el hielo, uno para cada tabla y las colocó con el cajón fuera del agua y el balde de aluminio entre ambas.

-¡Uf, que fría está!. María, te paso las piezas menudas ya frotadas, las aclaras un poco y las echas al balde con toda el agua.

-Si madre, ¿luego me dejarás ponerlas al verde?.

-Pues claro, hija.

Mientras enjabonaba, frotaba y golpeaba la ropa sobre la tabla, los pensamientos de Consuelo seguían su curso, tortuosos y deslizantes como las aguas del río bajo el hielo... Pronto se trasladarían a León, sacaría a su hija de aquel pueblo, donde siempre sería una bastarda. Rosa, la madrina de la niña y única amiga que no le había dado la espalda después de su relación con Adriano, había ido a León en el carbonero, el tren que recogía el carbón de las minas, al Hospital San Antonio Abad, donde, según les habían dicho, necesitaban mujeres para limpiar. Si las aceptaban, abandonarían el pueblo y se instalarían en la ciudad. León era una ciudad segura, bajo el dominio de los nacionales desde el principio de la guerra, lejos de las líneas. Mejor que el pueblo, tan cerca de la guerrilla que se desarrollaba en las montañas desde la caída de Asturias, hacía ya dos años.

Casi dos horas transcurrieron hasta que María y su madre acabaron de restregar las ropas, ahora las extenderían en el verde y por la tarde volverían para aclararlas y tenderlas. Una vez planchadas se las llevarían a las respectivas señoras, que les pagarían sus servicios con una falsa sonrisa, cargada de prejuicios.

Consuelo y María pasaron por el lavadero a dejar las tablas. Las del pueblo habían llegado hacía ya rato y su conversación altisonante y animada tapaba el murmullo del río. Consuelo pasó sin mirarlas, sin escuchar sus voces ni sus risas. Ella no era consciente, pero ya no miraba furtiva y avergonzada a las demás como hacía unos años... Se sentía tan mal como entonces, más por su hija, pero ahora parecía distante e indiferente, y al igual que hacía siete años el pueblo entero no había perdonado su pecado, tampoco perdonaba ahora su orgullo. Pero no importaba..., el pueblo pronto, muy pronto, sólo sería parte de su pasado.

María aguardaba a su madre al lado de sus escasas pertenencias, debidamente empaquetadas, cerca de la caseta del guarda, al lado de las vías. El carbonero hacía rato que había llegado. Era habitual que permaneciese hasta más de una hora parado en la vía férrea que atravesaba el pueblo esperando que los vagones cargados de carbón bajasen de la fábrica para ser enganchados. El tren transportaba carbón, correo, mercancías diversas y algunos pasajeros en un vagón metálico, de color verde-grisaceo con bancos de madera sujetos al suelo por unos traveses de hierro, al que María no tardaría en subir. Sentada en la maleta de madera de Rosa, con su abrigo de paño pardo, una bufanda roja que su madre le había hecho tras deshacer un jersey viejo y los pies bien calientes en sus madreñas, mantenía las manos dentro de las mangas y de vez en cuando las sacaba para calentar su naricilla congelada. Miraba interesada como dos hombres liberaban de nieve las vías, nieve dura y sucia de carbón con la que no apetecía jugar. Al fin llegaron Rosa y Consuelo, acompañadas de un señor cojitranco, calvo y malencarado, con una cartera de cuero sujeta a su cintura, al que María no conocía. Ayudadas por él y por la maleta, que colocaron como escalón intermedio hasta el vagón, subieron a bordo y se instalaron en uno de los bancos, dejando a la pequeña al lado de la ventana.

María miró a su alrededor, estaban casi solas, únicamente otra mujer vestida de negro, acompañada de dos chiquillos menores que ella, se sentaba al otro extremo. Aunque hacía frío, a María se le antojó el recinto cálido y amparado, después de casi una hora esperando a la intemperie despiadada de aquel mes de Enero que tocaba a su fin. Se arrebujó agradecida en una manta de lana tejida que su madre sacó de uno de sus hatillos, paseando su postrera mirada por el pueblo que la había visto nacer, y que pronto abandonaría.

Un chirrido metálico y un movimiento brusco indicaron a los viajeros que los vagones de carbón habían sido enganchados, la locomotora lanzó al aire un estridente silbido, avisando de su próxima partida. Un espeso nubarrón de humo oscuro ensució el aire cuando, al fin, el tren se puso lentamente en marcha. Consuelo sentía la pena apretar su garganta hasta ahogarla, atrás quedaba toda su vida, la familia, su ofuscado cariño hacia ellos... y Adriano, el hombre que amaba y que había destrozado su corazón dejándolo vacío e inservible. Tragó dolorosamente sus lágrimas apretando los dientes y los puños con determinación, Adriano era agua pasada, y así debía ser.

-Oye, ¿no irás a arrepentirte ahora?- terció Rosa al ver enrojecerse sus ojos.

-¡Que no mujer!, sólo es que... ¡No es nada!

-¿Arrepentirnos mamá?... ¿Arrepentirnos de qué?... Nadie nos quiere aquí. Yo quiero irme bien lejos... ¡y no volver nunca! - María miraba con pánico infantil a su madre,

-¡No exageres María!, la abuela si nos quiere y...

-¡No! -interrumpió María rabiosa -la abuela no me quiere como a los otros y tía Jesusa tampoco, siempre dice cuando no estamos que tú no eres buena y que le da vergüenza ser tu hermana y el abuelo se emborracha, huele mal y os pega a la abuela y a ti...

-¡Basta María!, no hables así de tus abuelos. Son mis padres y tus abuelos... les debemos un respeto. ¡ Cálmate!

-Si nena, tu madre tiene razón, no debes hablar mal de los tuyos... al fin y al cabo la sangre es espesa ... ¡Tranquila, todo irá bién!

Y Rosa cogió a María en su regazo acunándola como si de un bebé se tratase, mientras Consuelo, dando libertad a su pena, con la cara escondida entre las manos, rompía a llorar definitivamente.

El Hospital San Antonio Abad se alzaba lejos de la ciudad, casi en el alto de la Carretera de Asturias. La zona ajardinada que lo rodeaba, destinada al paseo de los convalecientes, aparecía cubierta por la nieve, tan solo un par de caminos de acceso a las entradas posterior y principal habían sido abiertos por las palas. Los internos permanecían aún en sus habitaciones, al amparo de las mantas cuando Bernardo abandonó su lecho y enfundado en su bata de paño grueso de lana salió, apoyado en sus bastones, a la galería de acceso, un pasillo de más de tres metros de anchura, a lo largo de las diez habitaciones que componían la planta del hospital destinada a enfermos pulmonares, dotado de un buen número de amplios ventanales que permitían la entrada del sol a raudales desde el medio día hasta el atardecer.

Caminó lentamente a lo largo de la hilera de butacas de madera, colocadas en el centro de la galería. Las colchonetas de lana que las cubrían, aún sin mullir, ofrecían un aspecto desastroso y desaliñado, pasó de largo la que le correspondía y se fue a sentar en un taburete auxiliar colocado en el extremo. No le gustaba ocupar su butaca, porque no estaba tísico, convalecía por un accidente en la mina, y lo que escupía al toser no era sangre sino carbón, cada vez en menos cantidad puesto que hacía más de tres años que un costero había caído sobre su espalda, días antes de estallar la guerra, y le había liberado de la mina... y del frente, convirtiendo en suerte su desgracia. Mientras sus amigos caían bajo las balas y las bayonetas, él permanecía ingresado en Santander, donde fue intervenido de las vértebras que la pared caída había aplastado.

Contra todos los pronósticos de los eminentes doctores, recuperó con segura lentitud los movimientos primero, y la fuerza de sus castigadas piernas después, quedando como único residuo, una marcada rigidez en su columna lumbar que le impedía todo intento de flexión. Tras semejante milagro, obra sin duda de su empecinamiento y dado que era un lisiado incapaz de combatir y que al toser escupía flemas sospechosamente oscuras, dispusieron su traslado a otro hospital que asumiera enfermos tuberculosos. Se ubicaban éstos en zonas secas y soleadas de la meseta por ser este el clima idóneo para la lenta recuperación de estos enfermos. Se sabía que la claridad inactivaba al agente causal de este proceso dificultando su diseminación en estos ambientes. Fue trasladado a León, en un convoy militar cargado de heridos de guerra y de algún otro caso como el suyo, a finales del 37 una vez que Santander hubo caído.

No tardaron en decidir que probablemente lo suyo no era tisis, y que lo que escupía al toser era carbón que ensuciaba sus pulmones, estaba enfermo pero su enfermedad no era la temida tuberculosis, sino la silicosis. Su recuperación en un hospital para enfermos pulmonares seguía siendo adecuada. Bernardo mataba el tiempo junto al ventanal de la galería haciendo figuras de madera con su navaja, que regalaba a las monjas del hospital y caminando incansable de atrás a delante la galería en invierno y los jardines en verano, con la esperanza de poder caminar sin bastones en un futuro no muy lejano. Aquel día, mientras empezaba a tallar algo aún indeterminado, Consuelo avanzó hacía él a lo largo de la galería, con la claridad de la nieve reflejándose en sus cabellos castaños algo rizados, llevando en una mano un cubo con agua caliente y en la otra una almohadilla y una bolsa de sosa caústica. Era una hermosa mujer, pensó Bernardo, el burdo jersey que la cubría apenas desdibujaba sus hermosos senos y la tosca falda, dejaba adivinar unas nalgas redondas y firmes, una cintura delgada y flexible, al final de su longitud asomaban unas pantorrillas tan bien torneadas, que aseguraban el buen ver de lo que la ropa cubría. La miró profundamente admirado, con sus oscuros ojillos saltones, tan insistente que Consuelo acabó por dirigir sus cristalinos ojos grisáceos hacia él, envolviéndolo en una mirada bella y fría que acrecentó notablemente su interés.

Bernardo permaneció en silencio, seguro de que sus palabras no serían bien recibidas, y se dedicó a su talla de madera, observándola con disimulo por el rabillo del ojo frotar con rabiosa energía las losas de granito pulido que tapizaban el suelo de la galería, mullir y sacudir con energía las colchonetas hasta ahuecarlas y colocarlas con pulcritud sobre cada una de las butacas, previamente pasadas con el paño húmedo. De vez en cuando paraba, resoplando ligeramente para pasar la manga de su jersey por su frente sudorosa.

-Consuelo, querida, -llamó sor Elisa -¿le importaría venir a la dos. Se nos ha caído una taza.

-Ahora mismo, Sor Elisa

-Y usted, Bernardo... ¿es que no piensa desayunar?.

-Voy sor Elisa, estaba entretenido tallando un pajarillo... Quizá le gustase uno a la Sta Consuelo.

-A ella no se, pero a su hija seguro que sí -intervino maliciosamente la monja.

-¿Tiene usted una hija?... disculpe parece tan joven que la creí soltera.

-Soy viuda. -mintió flemáticamente Consuelo-Tengo una niña de siete años.

-Lo siento. ¿Su marido cayó en el frente?.

-Eso es, en el frente-mintió de nuevo, desviando involuntariamente su mirada.

-Vivimos tiempos difíciles. ¿tiene muñecas su niña?

-¡Quite hombre! ¡Que va a tener!. Juega a las tabas como todos los críos.

-Pues hemos de hacerle una, yo tallaré la cabeza, las manos y las piernas y usted con tela y unos vellones lana le hace el cuerpo y luego la viste y le pone pelo con lana de tejer. ¡Verá como le gusta!

-¡Vamos Bernardo! -interrumpió Sor Elisa-deje de dar la lengua y desayune de una vez.

Bernardo entró en la habitación seguido de Consuelo, que le miraba con una tímida sonrisa naciente en sus sonrosados labios.

Rosa y Consuelo abandonaban la pensión casi al amanecer, dejando a María plácidamente dormida, y únicamente encargada de preparar una frugal y fácil comida en la cocina de la pensión, hacer las dos camas que ocupaban y barrer la habitación. Después iba al cercano colegio de Las Carmelitas, donde enseñaban a leer, escribir y las matemáticas elementales.

Las niñas pudientes, de buenas familias, ocupaban varias clases divididas correctamente en grupos de edades, en el piso principal y entraban al colegio por la puerta delantera. Tenían un horario fijo para impartir diversas asignaturas y al final de la mañana acudían a la capilla del colegio para escuchar devotamente la Santa Misa. María y las demás chiquillas del barrio acudían al colegio, entrando por la puerta trasera, cuando sus quehaceres se lo permitían, ocupando un único y vasto recinto en el piso bajo, donde se reunían niñas de distintas edades y niveles. Si al final de las clases aún permanecían en el colegio podían ir a la capilla ocupando los bancos traseros.

Pero a pesar de estos distingos, María era feliz. No sufría las inclemencias del hielo en sus manos, el agua del lavadero de la Candamia estaba casi tibia comparada con la del río y más que lavar, jugaba con las otras niñas. No tenía que levantarse de madrugada a recoger carbón en la escombrera de la fábrica. Estaba aprendiendo a leer y eso le apasionaba. Vivía en una casa de nada menos que cuatro pisos, hecho que la había sumido en la más asombrada de las admiraciones, cuyo suelo de madera era mucho más caliente que la piedra de la casa de su abuela y el retrete estaba en el interior de la vivienda. Las calles estaban empedradas y las madreñas apenas se ensuciaban, el barro no salpicaba las ropas al caminar. ¿Acaso se podía preocupar una por menudencias insignificantes?.

Admiraba los uniformes de las muchachitas, unos pichis azul marino de falda tableada con camisas de color blanco, y sus capas de fino paño azul, tan elegantes al lado de sus pobres vestidos, admiraba las aulas que ocupaban con amplias pizarras y caliente suelo de madera, pero en su alma no había lugar para los celos ni la envidia, porque se congratulaba por el afortunado cambio que había experimentado con su traslado a la ciudad. Hacia dos días que su madre le había sorprendido gratamente, entregándole una muñeca de madera, la primera que ella había tenido... ¿Qué otra cosa podía desear?.

María se sentía dichosa, sus recuerdos del pueblo desaparecían en la neblina del olvido con la facilidad propia de los pocos años.

Corría el mes de Marzo, los carámbanos goteaban desde los tejados anunciando la próxima primavera y la guerra tocaba indudablemente a un cercano fin. Rosa había dejado el Hospital, colocándose en una casa de familia, que necesitaba una muchacha interna. María aprendía a leer con rapidez y también aprendía, lentamente su madre, que había encontrado dos amantes maestros: ella y Bernardo, tenía ya dos muñecas de madera, una mesa y dos sillas para sentarlas. Consuelo ganaba con su trabajo un exiguo salario que le permitía sobrevivir, la confianza de las monjas... y la incondicional y enamorada admiración de Bernardo, que cada mañana esperaba verla llegar frente al ventanal de la galería y la despedía al mediodía, acompañándola hasta la puerta exterior del recinto ajardinado, apoyado en un único bastón.

Los jueves, Consuelo, entraba más tarde en el Hospital, iba hasta la Plaza del Grano, donde se aprovisionaba de los escasos víveres que permitían sus cartillas de racionamiento, y, si había suerte de algunos más. Allí encontraban frecuentemente a Rosa, que se había convertido para ellas en una importante proveedora de ropa usada para María, proveniente de la hija de su señora, tan sólo tres años mayor que ella.

Aquel Jueves, Consuelo y Rosa, de vuelta a casa por la carretera de los Cubos, al pie de la muralla, cargadas con sus bolsas de hule charlaban animadamente. La guerra había terminado, el primero de Abril se había publicado el último parte, Madrid había caído. El país asolado comenzaba el duro camino de la postguerra, la muerte dejaba paso a la miseria. Cerca de la puerta del Convento de Nuestra Señora de La Regla , oyeron el canto de unas chiquillas, la infancia empujaba la vida hacia delante, dispuesta a enterrar el horror en que había vivido, no cómo sus mayores, que llevarían el odio y el rencor agarrados a sus entrañas el resto de sus vidas.

-¿Dónde vas Alfonso XII, Dónde vas triste de ti?...-cantaban.

-Madre, déjame quedar un rato jugando.

-¿ Cómo vas de tiempo Rosa?.

-¡Bien mujer!, ¡Vámos María, vete con ellas!

María echó a correr hacía la plaza empedrada, salvando de un salto los tres escalones de la puerta de la muralla, seguida por las dos mujeres que se sentaron en un banco de piedra

-¿ Y eso de Bernardo como va?.

-¡Calla! No compliques las cosas. En cuanto sepa que no soy viuda...

-¡Que pesadita eres!

-Rosa, yo no me lío con nadie... y tampoco me caso a no ser que reconozca como suya a María.

-¡ Pues acaba de una vez y díselo!.

-Tu lo ves todo muy fácil... pero no lo es. Además yo ...

-Mira chica, eres tonta de remate. Adriano será todo lo que tu quieras en tu cabeza loca... pero en realidad no es más que un mujeriego y... ¡Nunca te quiso!.

-Pero yo le quise por los dos-dijo Consuelo, quédamente, como hablando para sí misma.

-Lo dicho, ¡eres tonta!.

-Ya ves... ¡Anda vamos!, que se te hace tarde... a ver si te van a llamar la atención. Y yo tengo que ir al hospital que voy a acabar tardísimo.

-Déjame un rato más madre-dijo María al verlas levantarse.

-Bien, pero vuelve antes de anochecer.

Rosa y Consuelo se alejaron por la estrecha callejuela empedrada que bajaba desde la Catedral hasta el Arco de la Cárcel muy transitada a aquellas horas por los que regresaban del mercado, la mañana era templada y nadie parecía tener prisa. La mayoría eran mujeres cargadas con bolsas de hule de colores vistosos que estiraban sus asas bajo el peso de su contenido, pocas iban con madreñas, pues apenas quedaba nieve en el empedrado, húmedo y resbaladizo. Las lecheras ya habían pasado y los envases de aluminio con las tapas puestas, esperaban a sus dueñas a la puerta de cada casa, la camioneta del carbonero, ya al final de la calle, había ido vaciando las cestas y aquí y allá, el carbón amontonado esperaba ser recogido, ensuciando de negro polvo los reguerillos que corrían por el borde de la calzada. Caminaron entre aquel hervidero de gente y al llegar al Arco de la Cárcel se despidieron, dirigiéndose Rosa hacía las lujosas casa de la Plaza de San Isidoro, y Consuelo retrocedió unos pocos metros, hasta la pensión, para dejar su bolsa de hule.

-Sra Luz-gritó Consuelo a la patrona- María vendrá en un rato, no lleva llave.

-Descuide Consuelo, ya estoy pendiente.

-Gracias-se despidió Consuelo cerrando la puerta tras de sí.

Se alejó, caminando a buen paso, en dirección a la Cárcel , atravesó, la muralla, y se encaminó hacía el Hospital, congratulándose de haber cogido al salir las madreñas a pesar del buen tiempo, pues el camino sin pavimentar permanecía aún muy embarrado. Hoy, pensaba decidida, pondría en claro a Bernardo su situación. Si él no la rechazaba por su condición y reconocía a la niña, se casarían y, con el tiempo olvidaría sin duda a Adriano. Quizá nunca fuera lo mismo..., pero sin duda, sería fácil quererle. Nunca le había dicho nada, ni una triste insinuación pero hasta un ciego vería que estaba enamorado, quizá el hecho de ser ella madre lo detenía. En todo caso, galopaban las ideas en su cerebro, Rosa tenía, al fin y al cabo razón, lo mejor sería hablar claro. Ya cerca de Las Ventas, en el puente del ferrocarril, alguien silbó a su paso, haciéndole salir de su ensimismamiento. Ante sus ojos asombrados estaba Bernardo, apoyado en el borde del puente, con un cigarro medio apagado entre los labios. Sin su pijama de interno parecía extraño, sus viejos pantalones quedaban cubiertos por un abrigo raído y parduzco que debió ser marrón en sus buenos tiempos, cubría su cabeza con un sombrero tan raído cómo su abrigo y calzaba negras botas de soldado, tenía profundas ojeras, que aún más marcadas por aquella ropa oscura y parecía cansado. Consuelo sintió una repentina e inesperada ternura hacia él.

-¡Pero hombre de Dios!-le dijo sonriente-¿qué hace usted aquí?

-Que no estoy tísico, ya se lo dije. Se me acabó la fonda. He venido a esperarla y acompañarla al hospital, si no le importa.

-Se lo agradezco... esperaba encontrarle allí...

-De allí nada... pero yo la espero hasta que salga y la llevo hasta su casa. Mire Consuelo... yo... ¿puedo tutearla?.

-Bernardo... sé lo que vas a decirme, está claro desde hace semanas... yo... bueno... no sé...

-Pues si no quieres ...

-No digo eso... decía que yo... en realidad soy soltera- dijo sintiendo un repentino peso en el pecho.

Bernardo la miraba con una media sonrisa en sus labios, tiró calmosamente su cigarro y colocó, pensativo, la bufanda de Consuelo medio caída, alrededor del cuello de la joven, rozando su mejilla como por descuido. Caminaron unos momentos sin intercambiar palabra, hasta que finalmente Bernardo rompió el silencio.

-Eso no importa demasiado.

Consuelo le miró silenciosamente, el rostro de Bernardo, pensativo, sombrío, lejano parecía el de otro hombre, tan distinta era su expresión. Un profundo surco cruzaba su entrecejo y sus ojos se oscurecían bajo el peso turbio de la duda. Era extraño, sus ropas, aún tan gastadas, eran propias de una persona con cierta distinción, leía con soltura, sabía escribir y conocía las matemáticas, tras él se escondía sin duda algún misterio.

-De veras, no es tan grave Consuelo.

-¡Pues vaya cara que has puesto para no ser grave!... no sé si creerte. Mira Bernardo, no quiero otra historia más... De seguir con esto ha de ser como Dios manda... y me gustaría que reconocieras a María como tu hija. Ya sé que es mucho lo que pido... pero no puede ser de otro modo.

-Tu problema es que eres soltera y a mi, te lo repito, no me importa... El mío es que estoy casado. A María la acepto cómo mía sin dudarlo. Y ahora no digas nada y entra, que hemos llegado-y la empujó suavemente hasta la puerta, sin que Consuelo intentase siquiera despegar los labios.

Sentado en un banco del recinto esperó paciente a que ella acabase su quehacer, corría un vientecillo fresco, susurrante entre los árboles, que ya desprovistos de nieve, mostraban sus primeros brotes abriéndose a la vida. Una nueva vida, pensaba Bernardo esperando que Consuelo le aceptase, quería a esta mujer, deseaba romper con su vida anterior, empezar con ella de nuevo. Asturias quedaba lejos y lejos quedaban los engaños y sinsabores de su alocada vida, la perfidia de su esposa, sus enterrados ideales políticos, su familia a la que abandonó y luego le rechazó en su desgracia, todo sería agua pasada si Consuelo le aceptaba. Lavaría su deshonra, pequeña frente a las que había soportado de su lujuriosa consorte, reconociendo a su hija como propia.

Le dolía la espalda pero se levantó presto cuando Consuelo se acercó a él con paso rápido y decidido. Les esperaba un largo caminar de regreso a León, empezaba a oscurecer y María ya estaría en casa. Seguramente la Sra Luz podría dejar un rincón a Bernardo por cuatro perras, no sería el primero que pasaba precariamente unas noches en la pensión hasta encontrar avío en otro sitio. Caminaron en silencio, con la rapidez que Bernardo permitía, casi hasta el puente del ferrocarril, ni un alma se cruzaba en su camino, nada sino sus pasos rompía el silencio envolvente del atardecer.

-¡Vamos Consuelo!-habló al fín Bernardo-dí algo. Tu tienes la última palabra.

-Ya... ¿qué va a decir tu mujer si reconoces a María?.

-Que se yo-dijo aliviado, pensando que aquello era casi un si-No lo se, ni me preocupa lo mas mínimo. Quizá ni se entere. Ella es una ...

-¡Calla! No quiero hablar de ella, ni quiero hablarte del padre de María, simplemente no existen. ¿Te cansas? -Preguntó, solícita adivinando en la oscuridad su cara demacrada.

-No, me duele un poco -contestó rodeándola suavemente con su brazo y depositando un tímido beso en la suave y lozana mejilla.

Consuelo cerró los ojos y se esforzó en no desear que aquel beso viniese de otros labios, en no pensar siquiera que pudiesen existir. Su sueño de respetabilidad tras el vínculo del matrimonio se esfumaba, el rostro borroso de Adriano se adueñaba de su mente, pero a pesar de todo ello, algo invisible y cálido había llegado a su corazón, escondido durante años en una infranqueable coraza, a través de aquel beso asegurándole que su decisión era la correcta.

-Anda, apóyate un poco en mi, caminarás mejor.

-Oye Consuelo, dicen que el nuevo gobierno dará pagas... quizá me den una por el accidente, no creo que pueda trabajar así...

-¡Pero hombre!, ¿Tú en que mundo vives?. Darán pagas a los heridos y a las viudas de guerra. Déjate de bobadas, pondremos un negocio propio, en la calle de los cubos se alquilan locales, Creo que incluso hay uno con vivienda incluida debajo de la pensión.

-¿Qué negocio?... ¡Tu sueñas mujer!.

-¡De eso nada!. Pondremos un negocio propio a mi nombre, para no tener problemas... ya me entiendes... ¡Y sinó al tiempo! -rió Consuelo, animada con su propia idea.

Se alejaron camino abajo, planeando cómo decírselo a María, dónde vivir, qué negocio poner, en busca de un futuro, que decidían compartir. La vida les esperaba, y aunque de momento todas sus sonrisas estaban bajo tierra, tarde o temprano aflorarían a la superficie, y alguna sin duda sería para ellos.

Conocí a Consuelo en el Registro Civil, el día que recogimos nuestros Libros de Familia, ella el suyo y yo el mío: conservaba en su rostro ya ajado, una mirada joven y viva dentro de unos párpados laxos y arrugados, era una anciana saludable y risueña. Nunca entendí muy bien porque razón se decidió a contarme su historia aquella mañana de Octubre, mientras algunos chiquillos jugaban ante nosotras en la plaza de la Inmaculada , quizá fuera por mi deferente silencio interesado y dispuesto a escuchar, o por el hecho casual de que ambas hubiéramos contraído matrimonio el mismo día, a la misma hora y en la misma iglesia.

Hacía apenas quince días, el 3 de Octubre de 1980, a la una de la tarde, el órgano de la Catedral había dejado oír las solemnes notas de la Marcha Nupcial de Mendelsson para dos novias. Joven y radiante una, con sus inexpertos veintitrés años, envuelta en su esplendoroso vestido de satén de color marfil, avanzaba del brazo de su padre por la nave central, hacia el Altar Mayor donde su novio la esperaba sonriente, para darse una promesa mutua de amor para toda una vida. Era yo. Por el pasillo de mi izquierda, y con destino a una de las capillas laterales del templo, donde un sacerdote les esperaba, caminaba Consuelo, del brazo de Bernardo, su compañero, vestidos con sus mejores ropas, iban a prometer ante Dios y ante los hombres algo que ya habían cumplido a lo largo de casi cuarenta años de vida en común.

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Cristina Sánchez © 2005