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SUSA CÁUSTICA
RENACER
Renacer ¿por qué?, ¿para qué? Volver a nacer después de haber muerto en vida. Después de haber vivido la muerte del desinterés. Me gusta esta palabra, este vocablo. Siete letras unidas formando tres sílabas. Me gustaría renacer de verdad. Dejar de tener miedo. Dejar de pensar en el futuro. Supongo, que todo lleva su tiempo. He conseguido dejar de analizar el pasado. Aún, cuando a veces me asalta de noche mientras duermo. Las pesadillas me ahogan, no me dejan respirar. Siento que muero en la incertidumbre. Siento que no puedo más. No puedo seguir controlándome. Me gustaría gritar, insultar, pegar. Me gustaría dejar salir la violencia. Que se entere todo el mundo que yo: la tranquila, la responsable, la educada, la "maravillosa" (ja, ¡qué risa!) tengo la necesidad de explotar. Al final siempre me controlo. ¡Qué asco! No sé por qué pero tengo los ojos húmedos. Bueno, en realidad estoy llorando. Quiero gritar, ¡TENGO MIEDO! ¡NECESITO QUE ALGUIEN ME DIGA QUE TODO VA A IR BIEN! No llores, Susa, no llores más. Sabes que todo va a salir bien. En el fondo, eres plenamente consciente de tu dualidad: fuerza-debilidad, llanto-risa. Está bien así, no te engañas. Conoces tus defectos, tus miedos. Pero grita, grita, grita de una vez. Descontrólate, insulta.
El llanto cesa. La tormenta amaina. Silencio, silencio. Ves su cara pero no consigues recordar su voz. Eso es bueno, muy bueno. Se llama indiferencia.
Quiero dejar de ahogarme en mi propio miedo. Ser capaz de conjugar el verbo confiar. Y en el fondo, lo que quiero es volver a renacer en el verbo amar.
Me siento muy rara, no sé. Soy como Sócrates: sólo sé que no sé nada. Susa, Susa, nunca aprenderás. Deja de darle vueltas a todo, permítete ser lo que eres, permítete sentirte como te sientes. Por favor, te lo ruego, me lo suplico a mi misma, mi mayor enemigo, PERDÓNATE. Tienes derecho a ser feliz, a dejar de sentirte culpable.
Lo que más me gusta de mi misma soy YO.
POR QUÉ, PARA QUÉ, PARA QUIÉN
Decir por qué es difícil pues es una especie de confesión. Por dolor. Escribo por dolor. Empecé con catorce años, más o menos. En esa época en que todo empieza a cambiar. No eres una niña, tampoco una mujer ¿qué eres?. Fue algo casual, sin querer. Un día en el Instituto, en folio en el que estaba cogiendo apuntes anoté: "La verdad es aquella mentira que todos creen". No me acuerdo cuál fue el detonante, pero fue el principio de todo. Luego, dejé de hacerlo durante siete años. Me sentía tan vacía, que ni el escribir me consolaba. Hace dos, volví a mi terapia, porque el para qué, es para afrontar la vida.
Soy demasiado sensible, y he aprendido a disimularlo. ¡Qué remedio me ha quedado! Cuando salgo a la calle, igual que Yasmina se coloca su carcasa, yo me pongo mi coraza. Mi careta: mujer joven y fuerte que ha encarado sola, con fuerza y mucho coraje, el tortazo que la vida ha decido darle. Pero en realidad debajo de la careta estoy yo: mujer joven, llena de miedo, que encara la vida con muchísima fe y más esperanza, pero que en el fondo se siente tremendamente insegura. Y para eso escribo.
Me ahogo, mis temores me asfixian. Necesito quitarme la careta, ser sincera conmigo misma. Cambiar la sonrisa permanente de mi cara, por el llanto expresado en palabras (es curioso, muchas veces mientras escribo lloro. Son lágrimas silenciosas, que brotan sin ninguna dificultad). Necesito perder el control. Escribo porque la vida me ha obligado ser opaca en sentimientos frente a los demás. Porque todos los días, en mi trabajo se me obliga a no tener vida, a dejar mis sentimientos en la puerta, a no sentir, a no pensar. Y eso me mata.
¿Para quién escribo?, única y exclusivamente para mí. Nadie de mi familia sabe que lo hago, nadie ha leído nunca nada. Excepto mi hermana.
Ahora, me leéis todos vosotros. Pero, como es lógico, sólo lo que yo quiero, o lo que soy capaz de enviar. Aún así, está claro que las palabras no lo transmiten todo. Carecen de entonación, de tono. Cada uno de vosotros les dará un sonido diferente. Pero creo que muy pocos serán capaces de sentir el verdadero dolor que me causan. Por eso escribo para mí, sin ambiciones literarias de ningún tipo. Única y exclusivamente como exorcismo de demonios.
Como hay que ser sinceros, también confesaré, que por primera vez en mi vida, el que otros lean lo que yo siento, me ha ayudado a superar algunas de mis inseguridades. El anonimato me ha empujado a este "atrevimiento", sino nunca hubiera sido capaz de tal "osadía".
Gracias por compartir.
MIEDO
Delante de la pantalla del cine había dos espectadores. Una mujer joven y una niña. Madre e hija. Mientras la niña jugueteaba haciendo sombras chinescas en la pantalla, su madre, con un pañuelo en cada mano, no perdía detalle de la película. La acción transcurría en una habitación completamente vacía, en la que una mujer trataba de alcanzar una pequeña ventana. Lo curioso, es que esta estaba situada tan sólo unos centímetros por encima de su cabeza, pero ella no era capaz de llegar. Había una bonita cortina colocada por afuera. En ella aparecían bordadas seis letras: FUTURO. Y en la manilla que permitiría a la mujer abrir la ventana, se podía leer: INCERTIDUMBRE. La madre lloraba, mientras la mujer trataba de encontrar la forma de alcanzar la ventana. Y la niña seguía haciendo sombras. De repente, la protagonista se puso a hablar sola: -no lo entiendo, ¿tan difícil es para mí ser capaz de tener una nueva relación?- Abre la ventana, dijo de repente la niña. Cariño, le dijo su madre, no ves que está sufriendo por que acaba de descubrir que en realidad el amor es negro y amargo, como la oscuridad que la envuelve.
-¡No lo entiendo!, ¿por qué tengo que sentir tanta soledad en esta habitación? - continuaba diciendo la mujer de la pantalla. Abre la ventana, volvió a decir la niña. De repente dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de la madre.
-No llores más mamita, no sufras, yo te ayudaré.
Se pusieron en pie y a través de la pantalla entraron en la habitación. La niña cogió un pañuelo de una de las manos de su madre y le limpió las lágrimas que seguían cayéndole.
-Ven mamá, ponte un poquito de puntillas y abre la ventana.
La madre y la protagonista se fundieron en una sola esperanza, hicieron lo que la niña decía y lograron dejar entrar la luz del sol en la habitación. Entonces la niña cogió el otro pañuelo de la mano de su madre, la besó y le dijo: ¡ves que fácil es dejar salir el dolor! y acto seguido dejó que el pañuelo escapase volando libre por el hueco abierto a través del corazón de su madre.
LA CAFETERÍA
Me quedan diez minutos antes de que el reloj marque las cuatro de la tarde y entre a trabajar. Decido emplearlos en tomarme un té con limón en la cafetería que hay al lado de mi oficina. Así, de paso, terminaré el ejercicio del Taller del Foro.
Agradezco el calor que me recibe al abrir la puerta, pues hace un tiempo infernal.
-¡Ves! Ya te dije el otro día que hasta el cuarenta de mayo no te quitaras el sayo, me dice uno de los dueños.
-Un té con limón y hoy sin hielo ¿a qué sí?, me pregunta el camarero desde el otro lado de la barra. Siempre me ha llamado mucho la atención el ambiente de camaradería que hay en algunas cafeterías entre los clientes y los camareros. Por eso me encanta el hecho de formar parte de él. Acomodada en la barra, saco mi libretita, con cierto pudor la verdad pues no sé que parezco tomando tantas notas, y comienzo a observar, escuchar y hasta olfatear.
Comienzan a trabajar mis cinco sentidos. El primero el olfato: tabaco y café, lógico. El oído: la televisión, la cucharilla del café al chocar contra la taza, el hielo del café con algo blanco- ¿será Bailys?- que se está tomando el chico de DHL que está a mi lado, la puerta de una nevera al cerrarse, la caja registradora, las voces de los clientes. El gusto: mi té. El tacto: la taza calentita. Y, por fin, el que más información me da, la vista: a la entrada, en la mesa que hace esquina, justo debajo del televisor, dos mujeres de unos sesenta años, se toman unos pinchos. Una con una caña y la otra con un café. ¿Serán amigas?, ¿hermanas?, ¿vendrán o irán a trabajar?. No pierdo más el tiempo pues ya son casi las cuatro. A mi lado, el chico del café con hielo. Un poquito más allá tres hombres: un chico de gafas, con pantalones y cazadora vaquera, y el pelo cortito tomándose un café con hielo. A su lado un señor, creo que es su padre pues se me dan cierto parecido, canoso y con poco pelo, tomándose otro café con hielo.
El tercero va de traje azul, tiene barba y está medio calvo -me recuerda a Carlos Herrera-, se toma un café. Siempre que vengo a esta hora me los encuentro, hablando igual de animados que hoy - bromean sobre el tiempo que la chica de la 1 está dando para mañana-, sentados en el mismo sitio - a la entrada- y bebiendo sus cafés con hielo.
Falta un minuto para las cuatro, termino mi té a la vez que me doy cuenta de que no he mirado a mi izquierda, un vistazo rápido: un señor leyendo el periódico, los dueños comiendo con el de la peluquería de al lado, y nada más que destacar.
Me pongo mi abrigo, cojo el bolso y la carpeta llena a rebosar de papelotes del juzgado, manuales de renta y el CD para hacer la declaración.
-Venga a trabajar un poco- me dice el "camareta" rizoso, y despidiéndome salgo a la calle y cruzo por el medio, como siempre, mientras me pregunto dónde estará Javier, aquel chico tan majo que hace unos meses ya ni me preguntaba que quería sino que directamente me lo servía.
DESPUÉS DEL COMIENZO.
Mueve sólo la pelvis... así... Ella sudaba. Estaban de pie. Frente a frente. Él, sujetaba firmemente su cintura mientras, cuerpo contra cuerpo, sus caderas se movían a un ritmo frenético. Comenzó a marearse de puro gozo. Se abandonó totalmente a aquella salvaje danza de apareamiento. De repente, él le susurró: -ponte detrás de mí. La encadenó a su cadera y el delirio fue total. Tenía la respiración entrecortada, cuando se dio cuenta que su amiga no paraba de sonreír. Giró la cabeza y vio que todo el mundo les estaba mirando...
Terminó la canción. Le dijo: -bailas muy bien- y continuó con su trabajo de animador.
Cristina no paraba de reírse mirando a su jadeante amiga. Ésta, sólo fue capaz de decir: -¡un poco más y no me controlo, lo tiro al suelo y lo desgracio aquí mismo!
Habían decidido que aquella sería su noche. Fuera prejuicios. Adiós a las normas ¿escritas por quién? Sin miedos, sin tabúes. Eran las dueñas de sus cuerpos y harían lo que estos les demandaban. Tenían muy claro que esa noche ninguna iba a dormir sola.
Cuando llegaron a la fiesta lo primero que hicieron fue tomarse una copa de crema de whisky. Tenían que emborrachar su estúpida rigidez monjil. Después de la segunda, Cristina ya fue capaz de empezar a bailar y Sara de bajarse un poco más el escote de la camiseta.
Sin embargo, ciertas cosas no se cambian en una noche, por mucho que una se empeñe. Por eso cuando el "gogó" se acercó a Sara para bailar con ella, esta sintió pánico. Buscaba con la mirada a Cris para que la ayudase. Pero su amiga, estaba decidida a todo aquella noche, y haciéndose que enviaba un mensaje con el móvil, la dejó disfrutar, de aquel "terrible sufrimiento".
La noche continuó. El Pasapoga, luego la Coctelería , El Jamaica y por fin La Mulata Bailona. Fue en este último dónde el final del día quedó escrito con sabor a Ron. Nada más entrar, dos tremendos mulatos las abordaron. Así, sin más, las cogieron por la cintura y comenzaron a bailar con ellas a ritmo de merengue. Entre provocadores movimientos y mojitos, la noche se fue calentando. Pases de cadera, rozamientos, alientos que se intercambian, manos que susurran, labios que murmullan, corazones que se desbocan, cuerpos que se desean.
Acabaron los cuatro en un hotel. Habitaciones contiguas. Pero ni Sara escuchó los gemidos de placer de Cristina. Ni Cristina los suspiros de su amiga.
Habían decidido que no dormirían solas, pero nunca se pararon a pensar que quizá no dormirían...
Así, entre jadeos, cuerpos con sabor a sal, pañuelos de seda, cocteleras llenas de hielo, lenguas de fuego, y gritos de placer ambas amigas se deshicieron del lastre de una vida llena de engaño y desilusión. No sólo desnudaron su cuerpo, sino también su alma.
Amaneció, pero ninguna se enteró. Volvió la noche, y lo único que supieron la una de las otra fue a través de dos breves mensajes: ¿Estás bien? ¡Siiiii!
UN CUENTO
-Mamita cuéntame un cuento.
-¿La cenicienta?
-No, otro.
-¿Cuál?
-Uno de esos inventados por ti.
-Vale. Dime una palabra. La primera que se te venga a la cabeza y ese será el título del cuento de hoy.
-Pelota.
-Pues... Déjame que piense un poquito...
-¡Espera! ¿Cómo se llamará la protagonista?
-Como tú, Rocío.
-¡Biennnnn!
-Pues era que se era una niña llamada Rocío. No era una niña cualquiera. Vale, tenía dos piernas, dos brazos, dos orejas, dos ojos, dos manos, dos pies. Como todo el mundo. Pero no era una niña cualquiera.
-¿Por qué?
-Tenía un don.
-¿Un don?
-Sí. El don de la imaginación. Rocío no dormía nunca sola. Desde pequeña una vaca la acompañaba desde lo alto del armario. Un conejo velaba sus sueños desde la ventana. Y un lobo le aullaba a la luna para que la iluminara y no tuviera miedo de noche.
Su paraguas no era como el del resto de los niños. Era especial. Sólo ella y su madre podían verlo. Un día que Rocío estaba triste, su mamá, con tela de estrellas de la mejor calidad, hilo de sueños y agujas de esperanza se lo cosió. Era rojo, el color preferido de la niña, y el mango con forma de ratoncito. Se guardaba en el armario que está en todos los sitios. Y cada vez que Rocío se sentía triste, abría el armario, sacaba el paraguas y, la tristeza resbalaba por él. Caía al suelo, formando charquitos de infelicidad. Luego, Rocío, sacaba su aspiradora, Doña sonrisa, y aspiraba todos y cada uno de los cristalitos en que se había convertido su tristeza. Eso sí, era muy importante secar bien el paraguas, después de cada uso para que no se estropeara.
-Mamá, dime cómo era Rocío.
-Rocío era bonita por dentro y por afuera. Era delgadita como un alfiler. Caminaba a saltitos. Su madre siempre le decía:
-Rocío, tu no te habrás tragado un muelle ¿verdad?
Y ella, con sus enorme ojos verdes, miraba a su madre, sonreía y contestaba:
-Ay mamita, como me voy a tragar un muelle. ¡No me cogería en la boca!
Pero seguía caminando a saltitos. Como una pelota que rebotase siempre contra el suelo, boing, boing.
-Y su madre ¿la quería mucho?
-¡Ay corazón! Su madre vivía por ella. Ya te dije que Rocío era bonita por dentro. Sucedió una vez que la mamá de Rocío, que se llamaba Sandra, se puso triste, muy triste. Lloraba y lloraba y no paraba de llorar. Rocío ya no sabía qué hacer para consolarla. Así que decidió regalarle un paraguas parecido al que ella tenía. Con amor, mucho amor, silencios, sonrisas y ternura le hizo a su madre el paraguas más bonito que se ha podido ver jamás en país alguno. Con un trocito de su corazón y, una pizquita de su alma hizo una tinta especial y, utilizando el lápiz de la inocencia le dibujó espacios en blanco.
-¿Para qué?
-Para estar ellas dos solas. La utilización del paraguas era muy sencilla. Cuando Sandra, la mamá de Rocío, se sentía mal, lo único que tenía que hacer era abrir el paraguas y los espacios en blanco que su hija le había dibujado se convertirían en lo que su mamá quisiera: un jardín de flores tropicales, un bosque encantado, la casa-seta de un gnomo. Lo que ella quisiera, un lugar al que sólo podían ir ella y su Rocío del alma.
-Mamá ¿me quieres tanto como Sandra a Rocío?
-Te quiero más aún.
-Dime porque. Cuéntame cuándo me conociste, cuándo empezaste a quererme
-Te conocí cuando te sentí. Te quise siempre.
-Mami
-¿Qué?
-¿Qué tiene que ver este cuento con una pelota?
-Nada y todo.
-¿Por qué?
-Nada porque habla de paraguas y todo porque trata de fantasía. La fantasía es producto de la imaginación y vive en el mundo de Todo es Posible donde reina su Alteza Real Don Todo me lo creo, que está casado con Doña Si tú lo dices será cierto. Tienen un hijo, el príncipe Sonrisas y una hija, la princesa Esperanza. Esta tiene un perro, el perro tiene una pelota y "Pelota" se titula este cuento.
-Tramposa, eso no vale
-Y si te digo que pelota es mi amor porque rebota.
-uaaaa, tengo sueño mamuchi
-A dormir.
-¿Sabes que te quiero mucho?
-¿Tanto?
-Muchichisísimo.
-Yo a ti más.
-Hasta mañana mamá Sandra.
-Hasta mañana Rocío. Y, gracias.
-¿Por qué?
-Por el paraguas...
-Ummm, de nada... mami... zzzzz
YO SOY ELLA
La primera vez que vi "Herida" quise ser Juliete Binoche. La segunda, desee escabullirme, aprovechando la complicidad de la noche, y colarme en el dormitorio de Jeremy Irons. Ahora... yo soy ella, y él, forma parte de mí.
Cuando Marcos me dijo que iríamos a cenar con su padre, que me quería conocer, nunca imaginé las consecuencias de tan familiar acontecimiento. Sólo íbamos a cenar con mi futuro suegro, el padre de mi futuro marido, el abuelo de mis futuros hijos. Pero en realidad fue algo más, mucho más. Lo fue todo.
Juan, se había quedado viudo hacía diez años y Marcos, era su único hijo. Trabajaba en una multinacional cuya sede estaba en Tokio, por lo cual se pasaba la mayor parte del año, en la capital nipona. No obstante, la relación entre padre e hijo era excelente. Se reunían varias veces al año y siempre pasaban un mes juntos en verano. Marcos, adoraba a su padre.
Acabábamos de tener una sesión de gimnasia sexual, cuando, con la voz aún entrecortada y jadeante, me lo dijo.
-Laura, la próxima semana viene mi padre.
-¿Y eso?
-Quiere conocerte. Le ha hablado tanto de ti, que dice, que tiene que ver con sus propios ojos si es verdad todo lo que le he contado.
-A saber que le has dicho.
-Le he hablado de tus virtudes contorsionistas...
-¡Serás bruto!
-Es broma. Lo que sucede es que tiene una reunión en Madrid y aprovechará el fin de semana para venir a vernos.
-Ah bueno.
-Quiere que vayamos a cenar los tres a Maxim´s
-¿Cómo?
-Lo que has oído.
-Pero Marcos... ¡No me tomes el pelo!
-Te juro que es cierto. Vendrá en el avión privado de la compañía y se le ha ocurrido que sería una magnífica idea ir a París.
A partir de ese momento toda mi vida cambió. A los dos días, mientras Marcos estaba en la oficina, recibimos un paquete de Tokio. Un traje para él y un vestido para mí. Era de seda, negro, largo y con escote halter. Con la espalda totalmente al descubierto, hasta donde pierde su nombre... Lo acompañaban unos zapatos del mismo color, tacón de aguja y con tiras de Strass. Embobada, lo saqué del envoltorio, y prácticamente hipnotizada, me desnudé. Parecía hecho a mi medida. ¿Cómo había sido capaz de acertar con mi talla? Con mucho cuidado, casi como si de un ritual se tratase, me lo probé. Recorrió mi cuerpo, desde la cabeza hasta los tobillos, de una forma totalmente voluptuosa. El contacto de la seda, deslizándose sinuosamente, hizo que se me erizase la piel. No podía apartar los ojos del espejo. El negro del vestido, acentuaba la palidez de mi piel, resaltando los mechones de pelo azabache que me caían sobre los hombros desde mi descuidado peinado. Lenta, y suavemente, me lo solté. ¡No!, mejor recogido -pensé- así la nuca quedará al descubierto. El efecto, será provocadoramente sensual.
Llegó el día. Me vestí para Marcos... A las ocho pasó un coche a recogernos, su padre nos esperaría en el aeropuerto. Estaba muy nerviosa, no sólo por conocer a Juan, sino porque había decidido, mientras me preparaba con premeditación y alevosía, que aquella sería una velada inolvidable, para "mi niño" y para mí. La presencia de su padre, era meramente anecdótica. Al menos... eso pensaba.
Marcos era alto, el típico rubito, parecía nórdico. Al ver a su padre, me quedó claro a quien no se parecía. Juan, era moreno, unos ocho centímetros más alto que su hijo, pelo entrecano, ojos verdes esmeralda, cuerpo fibroso y una sonrisa que hacía que el tiempo y el espacio se difuminasen alrededor de su rostro. Al saludarme, me cogió suavemente por la cintura, casi sin tocarme. Me dio un beso en cada mejilla y, casi en un susurro, me dijo:
-Tenía muchas ganas de conocerte. Veo que la foto, no te hace justicia.
Luego, descuidadamente, me soltó, dejando caer la mano, suave y lentamente sobre mi cadera. Un cosquilleo me recorrió la espina dorsal. Marcos, ajeno a toda la escena, hablaba con el piloto.
Durante el vuelo, no pude apartar los ojos de Juan. Era incapaz de olvidar su voz susurrante. Seguía notando la calidez de su mano en mi cintura. Él, mientras charlaba distendidamente con su hijo, me miraba de soslayo. Sentía como me desnudaba cada vez que nuestros ojos coincidían. El corazón, comenzó una desenfrenada danza, mi pulso se aceleró, mi cuerpo... Me sentía mareada, embotada de sensaciones. Marcos, feliz y dicharachero, seguía sin darse cuenta de nada.
Por fin, llegamos a París. En el trayecto hasta Maxim's Marcos, seguía parloteando sin parar. Juan y yo, ajenos a todo, nos mirábamos. La cena, no fue precisamente "La cena de los idiotas", bueno... del tonto que no se enteró de nada diría yo. Nunca pensé que los sentidos se pudiesen enardecer de tal modo. Al sentarnos, como todo un caballero me ayudó con la silla. Y de nuevo, sus dedos jugaron con mi piel, dibujando senderos de deseo por mi espalda. Cada nuevo plato, cada copa se convirtió en una excusa... Nuestras manos, se encontraban clandestinamente entre el mantel, nuestras miradas se volvieron de fuego. Cuando ya todo hacía presagiar que la velada tocaba a su fin, nos desveló que tenía una sorpresa. Fuimos a un hermoso café, cerca de los Campos Eliseos, que los fines de semana se transformaba en un cabaret. A las once, comenzaba el espectáculo y luego, los clientes, podían bailar hasta bien entrada la madrugada. Ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que el que tendría que ser mi futuro suegro, lo había preparado todo muy bien, sabía perfectamente lo que quería y cómo conseguirlo. Al llegar, así de improviso, como quien no quiere la cosa, apareció el piloto de la compañía, que resultaba que era un antiguo compañero de Universidad de Marcos y Juan, le invitó a terminar la velada con nosotros. La propuesta fue acogida con entusiasmo por su hijo:
-Estupendo, así mientras papá y Laura se terminan de conocer tú y yo podemos recordar viejos tiempos. Además, no soporto bailar y resulta que estos dos, coinciden en ser unos expertos "danzarines".
Comenzó el espectáculo, que curiosamente estaba basado en "Último tango en París". Juan me miró con malicia, y por un momento me sentí María Schneider. En la hora que duró la función, yo no sabía muy bien si estaba viendo Ultimo Tango en París o viajando en un Tranvía llamado deseo, puesto que sus manos dejaron de dibujar sendas misteriosas para grabar, a fuego, la historia de una traición. Supe porqué me había regalado el vestido, y supe, lo que unos hábiles dedos pueden hacer en la luz a medio gas de un café. Al llegar, lo que en la película sería la escena de la mantequilla, Juan, con tan sólo mi espalda y sus manos, ya me había demostrado de lo que era capaz. Por un momento temí que Marcos se diese cuenta de todo. Cuando las luces volvieron a encenderse, yo no podía hablar. Estaba sofocada, jadeante, alterada, excitada, expectante, húmeda...
De repente sonó el móvil de Carlos, el piloto. Su mujer, que estaba en Madrid en casa de sus padres, se había puesto de parto. Yo me alegré, aún había una mínima esperanza de salvación. ¡Qué inocente fui! Juan, sugirió que cogiese el avión y se marchase y que al día siguiente, el piloto auxiliar, que se había quedado en España, fuera a recogerlos. Carlos, con su papel muy bien aprendido, se puso histérico, dijo que no podía ir solo. Naturalmente, el buenazo de Marcos, se ofreció a acompañarle. Dije, que también me marchaba, pero se negó.
-No, tú quédate aquí con papá. Pásatelo bien y disfruta. Te dejo en buenas manos.
¡Ja!, pensé, y tan buenas. Se fueron y nos quedamos solos en el cabaret. Comenzó la música, las parejas comenzaron a salir a la pista de baile. Y Don Seductor, tendiéndome la mano, y con una mirada que lo presagiaba todo, me condujo al centro del salón. No hablábamos, nuestras miradas se clavaron la una en la otra. Mientras girábamos y girábamos, una vez más sus manos... Una en mi cadera, y la otra en mi nuca. Los dedos se deslizaban suave y rítmicamente, arriba y abajo, abajo y arriba, por todo mi cuello. Luego, fueron bajando, sinuosa y provocadoramente siguiendo la línea de mi columna vertebral, hasta perderse en el infinito... Con la otra mano, me acercó aún más a su cuerpo, podía notar cada músculo de su cuerpo, tenso, en guardia. Subió la otra mano y comenzó a jugar con mi oreja. Jugueteaba con mi lóbulo, bordeaba el contorno con su dedo, acariciaba el pequeño hueco que se forma en la parte de atrás, dónde se junta con el cuello. Yo no pensaba, sólo sentía. Su boca, sustituyó al índice. Primero, su respiración jugaba conmigo, con mi pendiente. Luego sus labios, su lengua. Comencé a jadear, y me pegué más a él. Nuestras pelvis comenzaron a invocarse. Juan y yo, yo y Juan. No había nadie más, no importaba nada, Tan sólo su piel y mi piel, su cuerpo, mi cuerpo. Sin mediar palabra me cogió de la mano, y así, en el más absoluto de los silencios me llevó a un hotel. No recuerdo cuál era, ni dónde estaba, ni quién nos atendió, ni cómo llegue a la habitación, bueno sí: en sus brazos.
Al entrar, todo parecía un cuento de las Mil y una noches. Sábanas de seda negra, aroma a sándalo, velas, champagne, hielo. Con una habilidad, fuera de toda duda, y una sensualidad extrema, me desnudó. Mi vestido, cayó a lo largo de mi cuerpo, deslizándose sobre mi piel, mientras Juan, besaba cada minúsculo trozo de piel que la seda recorría. Luego... me volví loca. Loca mientras me ataba a la cama y vendándome los ojos, jugó conmigo hasta la extenuación. Loca, al sentir como el hielo recorría todo mi cuerpo y como su lengua, lamía gota a gota, el agua que se iba deslizando hasta mi ombligo. Loca, cuando me descubrió, donde un hielo, puede fundirse más rápidamente que si fuese lanzado a un volcán. Loca con el champagne, la miel, con el collar de perlas que me había puesto...
Los juegos previos dieron paso, a la más sublime de las clases de consumación de deseo sexual. Nunca imaginé, ni en el más oscuro de mis sueños, lo que sería capaz de hacer. Como mi cuerpo, podría adquirir tal consciencia de si mismo, que "pensase" y actuase por si mismo, totalmente ajeno a los dictados de la razón.
Han pasado dos años. Cada vez que le veo, Juliete Binoche se apodera de mi alma y Jeremy Irons de mi cuerpo...
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Susana Álvarez © 2005
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