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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Alejandra secó bruscamente sus lágrimas y recogió los pedazos del portarretratos que había lanzado al suelo con fuerza en pleno ataque de ira. Tenía el rimel corrido y la piel de la cara muy irritada, llena de ronchas. Siempre que se alteraba, cualquiera que fuese el motivo, esos horribles rosetones invadían su rostro y su cuello. -¡Mierda!-, exclamó con rabia, tras cortarse con uno de los cristales que estaba recogiendo del suelo. Aún temblorosa, se dirigió al baño en busca de algo con que cortar la hemorragia y desinfectar la herida. -¡Mierda, mierda, mierda!, ¡Joder!, ¡nunca hay nada en esta puta casa! Sin yodo ni tiritas para sanar el corte, optó por poner el dedo bajo el grifo y, cuando le pareció que ya había dejado de sangrar, utilizó un trozo de papel higiénico a modo de venda improvisada. Ella sentía que toda su vida era una sucesión de pequeños cortes que habían cicatrizado sin curar, ya que cada vez que recurría al botiquín, éste siempre estaba vacío. Así que su alma estaba llena de pequeñas muescas, cada una de ellas consecuencia de una historia distinta, pero con un denominador común, la frustración y el desencanto de los sueños sin cumplir. Alejandra arrastraba su cuarto de siglo como una pesada losa con la que no quería cargar y que a cada paso que daba, se le hacía más insoportable. En el último año, había enterrado a dos de sus seres más queridos, sufrido la traición de su mejor amiga, perdido la ilusión de las pequeñas cosas. Pero la herida más grande, latente y sangrante, sin duda, se la había abierto Samuel unas horas antes. "Tenemos que dejarlo, nos hemos acomodado a esta situación, pero yo no estoy enamorado y, aunque ahora no lo entiendas, tú tampoco". Era lo único que recordaba de toda la conversación, las únicas palabras que volvían a su mente una y otra vez, para recordarle que estaba sola, que su refugio había sido destruido por sabe Dios qué horrible tempestad, dejándola a la intemperie, empujándola a un torbellino del que nunca saldría. Samuel, ese mar que hasta entonces le había proporcionado la calma que necesitaba, se tornaba ahora hostil y devorador, y el oleaje que durante esos tres años se había encargado de refrescarla y recordarle que estaba viva, iba a tragársela de un momento a otro, convirtiéndola en una marea de sentimientos que, por supuesto, dejaría resaca. ---------------------------------------------------
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