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EL OGRO BONDADOSO
(JUAN BENET, A LOS DOCE AÑOS DE SU MUERTE)

El pasado día 5 de enero, a eso del mediodía, cumplí desde el Arenal gijonés con un tan triste como inevitable ritual: telefonear al hijo mayor de Juan Benet, al geólogo Ramón, para recordar juntos que se estaban cumpliendo nada menos que una docena de años de aquel funesto día en que un tumor cerebral se nos llevó a don Juan. «Estoy ordenando sus fotos -me dijo Ramón- y sus cartas de despedida. ¡Qué cercano lo tenemos, Tesinando!» Continué el paseo, sobresaltado por un respingo: la gente que ahora, con veinte años, por ejemplo, comienza a escribir tenía tan sólo ocho cuando se fue don Juan y se derrumbó Región.

Tesinando fue el mote que me puso aquel tipo altísimo, con forma de pájaro, enjuto, elegantísimo siempre (a la moda inglesa), pausado pero profundo bebedor de whisky, fumador de tabaco negro fuerte, conversador pausado, irónico o sarcástico según cuadrase, provocador siempre, de un saber mucho más que enciclopédico (emprendía la tertulia hablando de un movimiento de tropas en Waterloo, pasaba por algunos aspectos de la filosofía de Santo Tomás y terminaba argumentando sobre una escena de Caravaggio. o sobre la mejor manera de preparar el cocido maragato). Todos le llamábamos don Juan (incluso sus mujeres y sus hijos). Ejerció a pie de obra siempre su profesión de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos: los embalses del Porma, Llauset, Corcubión. La doble línea férrea de Lugo de Llanera a Villabona (vivió en Oviedo, en la calle de Uría: ahí escribió su primer libro de ficción, los cuentos de Nunca llegarás a nada), unas obras en Pajares donde, tras una voladura gamberra, cubrió literalmente de mierda a una comitiva franquista que había acudido a sacarse la foto (lo que le llevó a dormir en el cuartelillo de Puente de los Fierros: empero, ya conocía la cárcel de Carabanchel, por sus actividades contra la dictadura). Le consultaban de China, la India o Australia: un ingeniero de grandísimo prestigio.

Pero le quedó tiempo para inventarse un espacio imaginario en el que desarrollar casi todas sus obras literarias. Lo llamó Región y hasta dibujó un mapa del mismo, con todo lujo de detalles topográficos. También pintaba acuarelas y óleos, hacía collages y llegó a tomar clases de violín. Y ello sin hablar de su afición al dominó. Sin pertenecer a escuela alguna, creó la propia: la de aquellos que acudíamos a la colonia madrileña de El Viso, donde vivía, a la calle de Pisuerga, número 7. Una escuela donde no se admitían: « Tontos. Ilusos. Delicuescentes. Aduladores. Graciosos profesionales. Impúdicos. "Capitanes Arañas". Sensibleros. Ñoños y Cursis. Blandos y viscosos. Cobardes. Quejosos. Patéticos y enseñallagas. Oportunistas y mudachaquetas», como escribió Antonio Martínez Sarrión, uno de sus frecuentadores. Allí estaban Juan García Hortelano, Javier Marías, Vicente Molina Foix, Eduardo Chamorro, Marisa Paredes, el juez Auger, Francisco Rico, Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, Jaime Salinas, el pintor Caneja. Y se hablaba, las pocas veces que se hablaba de literatura, de los autores queridos: La Biblia , Eurípides, Tácito, Lucano, Amiano Marcelino, Bernal Díaz del Castillo, Cervantes, Fray José de Sigüenza, Shakespeare, Marlowe, Milton, Flaubert, Carlyle, Turgueniev, Michelet, Henry James, Conrad, Euclides da Cunha, Melville, Poe, Conan Doyle, Proust, Kafka, Céline, Faulkner, Cummings, Jünger, Beckett, Lowry, Gracq, Rulfo, Thomas Bernhard. Pues, las más de las veces, la conversación iba por donde quería dejarse llevar: política, un plan hidrológico nuevo, la guerra del Peloponeso, las mujeres.

Cuando apareció su primera novela, Volverás a Región, muy pocos (pero los hubo: Félix Grande, Pere Gimferrer) críticos se dieron cuenta de que aquel sujeto estaba dando una fortísima vuelta de tuerca a la tradición literaria española, que bastaba ya de tanta historia costumbrista, que había que elevar el estilo narrativo, llegar al grand style que otras literaturas de otras lenguas habían conseguido. Convencido de su propósito, siguió escribiendo a su aire, importándole un comino el favor del público, justificándose sólo ante sí mismo. De ahí su fama, muy bien merecida, de escritor dificilísimo, de larguísimos párrafos, de flash backs agotadores. Muy pocos lo soportamos: la mayoría prefirió irritarse con él, llamarlo de todo, vengarse con el desprecio de aquello que no alcanzaban a comprender. Pero ahí dejó unos cuarenta libros, des escritura espléndida (dificilísima, sí, pero espléndida): novelas, relatos, ensayos, obras teatrales. y hasta unos cuantos poemas muy malos, conscientemente muy malos (salvo el sobrecogedor "Un barranco en sombras").

Él sí que se burlaba también de lo que no le gustaba: poseía una lengua acidísima que lo perdía, pero sólo trataba de que este país saliese de su atraso secular en sus letras, en su pensamiento, en sus artes, en sus comunicaciones. Era un hijo de la tradición republicana. Nunca conocí a nadie que se empeñase más en caer mal y quedar como un antipático siendo un hombre al que, lo dijo Manuel Vicent, engañaría el primer trilero que se le cruzase. Revolucionó la literatura española al mismo nivel, por ejemplo, que un Valle-Inclán. Sin él y sin su trabajo (sin el maestro y sin el escritor) nada se entendería hoy de nuestras letras.

¿Todo Benet es tan difícil? Ahí van mis consejos. Comiéncese por un librito titulado Trece fábulas y media, llenísimo de gracia. Sígase por Otoño en Madrid, hacia 1950, un conjunto de estampas sobre la capital y sus gentes, con anécdotas que harán al lector soltar todo el trapo de su carcajada. Léase, luego, la novela El aire de un crimen, que fue llevada al cine. Por fin, cualquiera de sus muchos artículos publicados en prensa. Luego, hablamos.

Y un reto para los estupendos partícipes de este Foro. En la disparatada novela benetiana En el estado, hay un capítulo titulado "Fármaco con olor a vid". Se lee el capítulo. y ni fármacos ni vides aparecen. ¿Una broma? Sí, pero también un revoltigrama. Juéguese a ordenar todas las letras en orden diferente y se obtendrá. algo relacionado con Franco. La solución, en el Foro.

Francisco García Pérez es autor de Una meditación sobre Juan Benet (Ed. Taurus, Madrid, 1997) y responsable de la edición definitiva de Herrumbrosas lanzas (Ed. Alfaguara, Madrid, 1998)

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Francisco García Pérez © 2005