|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| |
|
|
|
||||||||||
|
|
|
||||||||||||
|
|
|
|
|||||||||||
|
|
|
||||||||||||
|
|
|
||||||||||||
|
|
|
||||||||||||
| |
![]() |
|
|
||||||||||
| |
|
|
Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
Números publicados ------------------------------------ |
|
|||||||||
|
|
|
||||||||||||
|
Tienes que reconocer que siempre fuiste un poco raro. Eso te pasaba por trabajar en una oficina. Hablabas con mucha formalidad. A nuestros hijos, cuando eran niños, les decías: os comunico que a la mayor brevedad posible os haré llegar el estipendio de esta semana... etc, etc, etc. Tu voz sonaba como el tecleo de una máquina de escribir antigua, fuerte y persistente. Eso era porque en la oficina utilizabas una Underwood. A mí ni siquiera me tecleabas, digo me hablabas. Eso era otra rareza porque siempre te proponía temas interesantes. Cuando llegabas a comer te contaba cosas de los niños, de lo cara que estaba todo y de lo que me dolía la cabeza. Tú me mirabas y callabas. No te interesaba mi conversación. Yo, como llevaba toda la mañana sin hablar con nadie, seguía con mi charla. En realidad monologaba, igual que ahora. A veces hablaba con los pájaros que comían el pan en la ventana de la cocina. Se lo ponía allí para tener delante un ser vivo que me escuchara. Creo que me entendían, por lo menos mejor que tú. Y cantaban para mí. Por la noche era peor. En cuanto ponías la cabeza debajo de la almohada te quedabas roca. Tuve que poner dos almohadas. Dormir con una persona que no la tenía debajo de la cabeza era imposible. No estábamos al mismo nivel, te lo digo sin rencor. Creo que lo hacías para disimular que estabas despierto. No querías nada conmigo. Al principio no lo comprendía. Acercaba una pierna a la tuya o ponía la cabeza encima de tu hombro pero nada. A veces, dejaba que mi mano se deslizara por alguna parte de tu cuerpo. Tampoco. Tenías una insensibilidad rara. Como de muerto. Eso sí, el día que llegabas “tecleador” tus dedos adquirían una agilidad pasmosa. Cuando cambiaste al ordenador tu velocidad disminuyó. A lo mejor era porque tenías más años y, a ciertas edades, uno se desorienta con los cambios. Todo influye, no creas. Nuestros hijos son de la época de la Underwood. Deberían apellidarse así. Un compañero tuyo me chivó que en el cajón de la mesa tenías revistas porno. Todo no era trabajo en la oficina. A mí no me importaba pero en una ocasión sentí celos. Bueno, celos no, como una sensación desagradable en el corazón. Mira, Joaquín, aquel verano que te fuiste con una ONG al Congo quedé muy mosqueada. Lo que tenías que hacer era atender a tu familia. Tus hijos y yo quedamos en casa mientras tú alfabetizabas no sé a quién. Por lo visto en las revistas que tenías en la oficina había fotos de congoleñas desnudas. Creo que no era una casualidad. Tú sabrás. Otro verano te dio por ir de voluntario a apagar incendios. Yo quedé como un volcán, por la falta de tecleo y por el cabreo. Hasta tus hijos decían que eras raro. Lo peor fue cuando te marchaste una semana a un puerto de mar para aprender a bucear. Por supuesto esa semana llovía, así tuviste disculpa para irte solo. Total, nosotros nos poníamos debajo de la ducha y era igual. Cuando te habías sumergido un metro tuvieron que sacarte. Estabas medio ahogado. Te pusiste nervioso. Claro, no era igual tener la cabeza debajo de la almohada que dentro de una escafandra. Lo de empeñarte en trabajar hasta los 70 años te costó la vida ¡Con lo bien que lo hubiéramos pasado yendo a pasear todas las mañanas! Ahora ya no puedes tener remordimientos por eso te digo todo esto. También para que comprendas lo que me pasa. La última idea que tuviste en vida fue una rareza monumental. Según me dijo Sebas, nuestro amigo el abogado, querías incinerarte. Allá tú, a mí me parece mejor no hacerlo pero no te lo reprocho. En realidad me ahorras viajes al cementerio y te puedo tener delante. Total, antes tampoco me contestabas. Me tranquiliza monologar contigo. Ahora que ya no te falto al respeto te voy a decir lo que me pasa. No te rías, ya sé que tengo 65 años. Tú tenías la misma edad cuando fuiste de cooperante al Congo. Ramón me echa los tejos. Sí, tu amigo del colegio. Mañana saldré con él. Me tranquiliza que tú estés aquí porque, en el caso de que nuestra amistad derive en algo más, siempre podré recurrir a ti si no me escucha. Ya no tendré necesidad de echarle migas a los pájaros. ---------------------------------------------------
|
|
||||||||||||