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LAS PALABRAS Y LAS MENTIRAS

EN LA CAFETERÍA
La cafetería Cholo es de esas que tanto abundan y que procuran imitar a un pub inglés. Como el resto de imitadores no lo consigue, pero el intento no es malo. Tiene una barra semicircular y sobre ella, sujeta al techo, una estantería donde hay botellas y cuelgan copas. Es un local pequeño, quizás demasiado, pero supongo que hay que trabajar con lo que se tiene, y el dinero para uno mayor no se encuentra más que en el peor de los sitios: un banco. La televisión, dos metros sobre el suelo, se sostiene en una peana de madera esquinada donde se la puede ver desde todos los ángulos. Las mesas son pocas, como resulta lógico deducir después de haber explicado el tamaño del lugar, y son de madera robusta y circulares. En las paredes, como parece inevitable, abundan los cuadros publicitarios de bebidas. Para completar el dibujo rápido, a vuela pluma, sólo queda el minúsculo baño disimulado en el fondo del bar por un biombo que te obliga a entrar ladeado y dos ventanucos, uno que da a la calle y otro a un jardín con niños, madres y viejos, y muchos papeles y plásticos. Tras la barra están, ahorra mismo y siempre, Cholo y su mujer, que son quienes atienden de continuo, pues no contratan a ningún empleado (recuérdese lo que dinero y los bancos). Cholo es alto y muy delgado, de movimientos nerviosos más que ágiles, pero no le verás tirar nunca un vaso y mucho menos romperlo, los trata con el mino de las cosas insustituibles. Está siempre pendiente del cliente que entra o del que hace un gesto para pagar o del que pone mala cara al tomar el vino o porque el café quema los labios, y entonces acude raudo a cumplir su misión de camarero solícito, y lo hace invariablemente con un mutismo que induce a suponer la ausencia de su capacidad parlante. La esposa de Cholo es bajita y regordeta, y como ahora está embarazada de seis meses, parece una bolita blanca y tierna. Siempre sonríe, incluso cuando rompe vaso tras vaso bajo la mirada estupefacta (nunca iracunda) del marido. Y no para de hablar. Todos seguimos el proceso del embarazo y nos enteramos de sus más mínimos detalles seguramente al tiempo que Cholo, y también estamos perfectamente informados de los avatares del negocio, incluidos los problemas con el banco o de las disputas con el ayuntamiento por la escasa limpieza que procura a la zona ajardinada del otro lado de la ventana, y de muchas más cosas que a uno se le olvidan por ser tantas o porque logró pulsar ese interruptor interno que desconecta la capacidad de oír sin que el otro (la otra, en este caso) se de cuenta. Y ella sigue y sigue, persiste en llenar todo el pequeño bar con palabras que no se detienen nunca, entre vaso y vaso roto. Pero no se entienda esto como una queja. La clientela habitual, ya acostumbrada, al igual que Cholo, va a quedar en el más triste desamparo del silencio cuando ella ingrese en el hospital para dar amanecida al hijo del que ya todos nos sentimos responsables.
RELÁMPAGO
Relámpago de rabia, trueno de furor, apretar los dientes y gritar yo estoy aquí. Relámpago de luz que ciega y daña, trueno que ensordece y nubla el cerebro con el ruido que oculta el sonido de las palabras. Y los dientes se cierran sobre sí mismos, no por el dolor, sino por la incomprensión de lo que sucede. Y yo estoy en medio de esta galerna. Me habéis dejado sólo en la tormenta porque me creíais fuerte, porque quizás soy el baluarte de vuestra admiración, pero la soledad ante la tormenta sólo la afrontan con gallardía los héroes y los mentirosos. No soy Ulises, tampoco sé mentir. Sólo aprieto los dientes de rabia cuando mis ojos ven oscuridad en el momento que el relámpago lo ciega todo de luz. Pues aquí me tenéis, abierto de brazos, como un cristo ridículo y mojado, iluminado por los rayos en medio de la lluvia. Ya sé que no me entendéis, que miráis al cielo y decís que el día es soleado y primaveral, que los pájaros cazan mosquitos con el hambre de la noche y que las flores iluminan los jardines que bordeáis. Eso evidencia que ni me entendéis ni sois conscientes de vuestros actos. No sabéis lo que me habéis hecho. No os resulta extraña mi soledad, decretada por vosotros. No escucháis el trueno del relámpago que me abate bajo este cielo despejado y que tanto os ilumina. Y yo aprieto los dientes y sufro el impacto y la sordera del estruendo. Estoy solo. ¿Sabéis de la soledad? Aquí me habéis colocado, bajo un sol primaveral, según vuestra visión del mundo, tal que anuncio televisivo. Os fiáis de vuestra comodidad y de los ojos que complacen el engaño en que vivís. Y es que, envueltos en la manada que os protege, no alcanzáis a ver que un hombre solo, al que imagináis fuerte, está con los brazos en cruz, desnudo y alejado, padeciendo la furia de la lluvia, los relámpagos que leciegan y el abandono al que le habéis destinado.
OJOS DE GATO
Ojos de gato negro reflejan el misterio de la noche que la magia trasmuta en luz. Ojos que en su brillo agudo definen el miedo de corazones inseguros, que ven, yendo más allá de las tinieblas lo que al otro lado de la oscuridad con celo se oculta y amenaza.
Ojos de gato negro que algunas personas poseen, antaño alimento de la hoguera y que ahora aún inspiran desconfianza. Seres silenciosos de mirada fría, que parecen reflejar en su pupila algo distinto de lo que miran. Ojos a los que el día deslumbra y daña, pero que en la noche cobran vida con un brillo plateado y lunar.
Ojos que con su silencio y misterio, cierta belleza y una gota de maldad, asombran e intimidan, atraen e inquietan al incauto que los admira
EL CUERPO HUMANO
Si, intentando un piropo, digo que sus manos son cuencos de cristal, cometo el pecado del símil redicho y que, al fin y al cabo, no dice nada cierto. Un cuenco, una vasija, de cristal o de lo que sea, no se parece a sus manos, las cuales no son recipiente para beber, sino pétalos que acarician. Ese puede ser un tropo adecuado: pétalos. Al tacto sí tienen esa semejanza. Manos femeninas que no fuerzan, que nunca se retuercen con los dedos crispados y los nudillos blancos, intentando romper la fina piel que se estira. No, sus manos no oprimen nunca, pues parecen sin fuerza para el daño. Acarician con unos dedos lentos, de yemas tan suaves que parecen. pétalos de tulipán. Me repito, ya lo sé, pero es que he dado con la descripción exacta. No quiero describir su forma, sería ridículo que alguien no conociera cómo es una mano, ya pequeña, ya grande. Lo importante en las manos de ella, de las que estoy hablando, es la sensación tierna de su tacto. No os lo podéis imaginar, y yo soy un incompetente que no sabe describirlo. Solo puedo proclamar que sus caricias me evaden, me transportan al lugar donde los sueños son ciertos y que no cejan nunca hasta que consiguen mi difícil sonrisa.
MADRE BASURA
A los leguleyos y timoratos que me llamáis antisocial, a los gárrulos y más llanos que me nombráis monstruo, os diré que vuestro error al denominarme proviene de no conocer a mi madre. Yo no he nacido, como vosotros, del abdomen hinchado, húmedo y carnoso, de una mujer, sino que mi seno fue un contenedor de basura de donde unas manos sorprendidas me nacieron, aún enrollado en el cordón umbilical y con la placenta colgando, derramando sangre entre el detritus de vuestros desperdicios. Con esto quiero decir que no soy de vuestra especie, que mi origen es el de un animal nuevo.
Parecéis sorprendidos, asustados, incrédulos cuando os cuento esto, pero ya sé que es vuestra forma de reaccionar ante lo que no entendéis. Ya estoy acostumbrado, y más ahora, desde que permanezco encerrado en los recintos que ocultan a los monstruos que atosigan los sueños de los hijos que cobijáis y los vuestros propios. Sí, debo ser lo que llamáis un demonio. Aunque es probable que os falte la palabra adecuada. En eso no puedo ayudaros. Nadie, jamás, me dio un nombre. Por lo demás, siempre respondo a las preguntas que me hacéis entre insulto y golpe, antes o después de un empellón o el esputo de alguna garganta iracunda de los guardianes de vuestra seguridad. Y eso a pesar de mi buena disposición para hablar, o quizás por eso mismo. Empiezo a creer que cuanto más explico lo sucedido y os manifiesto aquello que soy, más iracundos os volvéis en torno a mí. Hoy ha amanecido nublado y con una lluvia intensa, que golpea los cristales tras las rejas, por lo que supongo, según vuestra simplista conducta, que los guardias estarán de mal humor. Y volverán a interrogarme entre exabruptos, aunque ya he repetido la historia tantas veces que incluso estas paredes sucias que me contienen lejos de vosotros la podrían repetir, y quizás lo hagan cuando yo no esté entre ellas. Puede ser que en los ecos que provocan las esquinas permanezca mi voz cuando halléis la disculpa civilizada que justifique, ante vuestras costumbres, mi desaparición.
En efecto, los guardianes de vuestra especie animal han insistido con sus reiterativas preguntas, aunque esta vez los golpes han sido pocos, quizás por ser yo tan explícito que ellos se inmovilizaron estupefactos, sin capacidad de reacción. Si he de ser sincero, aunque siempre lo soy, no entiendo vuestro asombro ante mis actos. ¿No matáis vosotros a las moscas o a los toros de lidia? A unas por moletas y a los otros por diversión. Pues desde ese punto de vista debierais comenzar a entenderme, así no os resultaría tan insoportable mi presencia o mis palabras, y aceptaríais como normal mi comportamiento.
No me cansaré de repetir que no sois de mi especie, que como las moscas me resultáis ajenos y, por lo común, molestos. De tal forma podréis aceptar que no pestañee cuando sujeto el pelo de la niña a la que he introducido en el contenedor de basura, y que no padezca el más mínimo temblor cuando, con la otra mano, tanteo el grosor de su cuello y sus brazos y piernas. Tampoco mis ojos se nublan al ver el terror de la incomprensión en los suyos. Por supuesto, en el momento de agarrar el cuchillo y mostrárselo, cuando ella comienza a chillar, como hacéis todos, siento repulsión y no pena, aunque la costumbre ha hecho que la sensación molesta lo sea tan solo por el desagrado auditivo, si me permitís la expresión, y no por el rictus que veo en su rostro, como el de un payaso con el maquillaje corrido por la lluvia. También he de manifestar que no disfruto de un placer especial cuando inicio los precisos cortes en la carne, tierna y grasienta, que desmembrarán el cuerpo, comenzando antes por el cuello (y así terminar con los gritos), para seguir con los brazos y después las piernas. No, no insistáis en que lo hago por placer morboso. Es lo mismo que cuando vosotros aplastáis una mosca de un manotazo. ¿Os depara algún placer?
ESCRIBIR: POR QUÉ, PARA QUÉ, PARA QUIÉN.
Creo que escribo, fundamentalmente, porque me entretiene, pero hay algo más que no sé si sabré explicar. De momento me concentraré en lo de la diversión. Comencé escribiendo porque me resultaba grato plasmar en palabras las historias que imaginaba, después las leía para mí mismo y me sentía orgulloso de haber traspasado la barrera del sueño y crear algo tangible, aunque sólo fuese papel y nada más que para mis ojos. El paso siguiente fue inevitable y doloroso: quise que me leyesen otros. Y de ahí vino el daño, pues se pusieron de manifiesto mis deficiencias. Decidí, entonces, escribir mejor, aprender a combinar adecuadamente las palabras para que tradujesen con mayor calidad las invenciones caóticas de mi imaginación. Puede que lo lograse en parte, no sé. Un poco más tarde, tras leer mucho y muy variado, llegué a la triste conclusión de que jamás podría escribir como lo hacían aquellos a quienes yo admiraba, y esto me provocó una cierta depresión, que me hizo abandonar la escritura. Finalmente, regresé a este "vicio" por el placer de escribir si más, y si alguien quería leerme, pues mejor. Tomé las críticas como lecciones y no como golpes.
Parece que lo he explicado todo, pero falta algo, ya lo insinué al principio. Resulta que, a pesar de que ya he comentado lo de escribir para "pasar el rato" (el por qué) y que es para disfrutar yo mismo con la lectura propia (el por qué) y que además deseo que lo lean otros, sean quienes sean, aunque cuantos más, mejor (el para quién); resulta que, repito, falta algo. Y es que en ocasiones tengo la necesidad imperiosa de escribir algo que me surge en la cabeza de forma impremeditada. No estoy tranquilo hasta que lo llevo al papel, y esa ansiedad no es grata, no causa placer. En esas ocasiones, la necesidad de contar en una hoja la idea surgida de manera tan extraña, es ajena al placer, pues se convierte en una necesidad que me agobia hasta que logro transformarla en un cuento. Entonces, descanso.
EL ESCRITOR
Sebastián Gómez nunca pensó que podría tener éxito en la literatura, pero como sueño podía dejarlo en el interior de su cerebro, tal que si fuese un bálsamo ficticio, un sueño recurrente, algo que procurase media sonrisa en los días tristes. Por eso escribía sin método ni ambición declarada. Pergeñaba ideas que plasmaba en papel, y que daba por buenas si a él, como único lector, le resultaban agradables.
Cuando Sebastián Gómez amontonó hojas y más hojas en carpetas rebosantes de palabras, no hizo ningún esfuerzo por resistir la tentación de ver publicado todo aquel galimatías de pensamientos convertidos en cuentos, los cuales, al menos para él, eran entretenidos. Así que pensó en dar a los lectores aquellas palabras para que disfrutasen con ellas al igual que él. No le importaría a cuántos lectores llegasen sus libros, y mucho menos el dinero que eso trajese por añadidura, pero deseaba que, aunque sólo fuese un poco, se cumpliese aquel gramo de sueño del que en principio se habló.
INFORME SOBRE LA SOLEDAD
No voy a hablar de esa soledad triste, la que se ovilla en las esquinas más oscuras, aquella que es depresión dolorosa, donde los recuerdos son losas o monstruos, tan imaginarios como crueles. No, no hablaré de esa soledad que oprime con la angustia de la soga al cuello, esa que espanta la amistad y nos pierde en medio de la multitud. No, de tal soledad, no. Existe otra, la que da fuerza, ímpetu individual, al margen de la aglomeración, de la masa uniforme o la mayoría establecida; la que obliga a la resistencia ante ideas comunes y aceptadas sin pensar. La soledad de la negación a la comodidad de lo aceptado por costumbre mayoritaria. Se trata de una actitud de búsqueda por caminos distintos a lo trillado tras el paso de tantos trillos de giro eterno hacia ningún lugar novedoso. Ese tipo de hombre solitario tiende a lo ajeno, se va del lugar común de toda la tribu acomodada en sus costumbres, y se enfrenta a ellos como contrario, pero no tal que enemigo, más bien como un ente original. Para todo esto, ese ser diferente ha de imponer una distancia: la de su soledad.
LA LOCURA DE UN HOMBRE
Desnudo, me arrodillé en la tumba abierta de mi madre. La lluvia empapaba mi piel, que mal cubría los enmarcados huesos, sostenes de mi pesar; y las rodillas se hundían en el barro de la tierra recién abierta. Yo, con los brazos en cruz y el rostro inclinado, miraba la profunda sima en la que el ataúd yacía. Mientras, el enterrador o guarda del lugar, no sé especificar su cometido, me observaba entre atónito y temeroso, pensando, seguramente, que un sueldo breve no da para enfrentarse a un loco. No esperé un segundo más y me lancé al foso. El golpe de mis pies contra la tapa de madera sonó como un tambor que convocase a los ausentes. A continuación comencé, con las manos, a empujar la tierra apilada en un margen de la tumba. La introducía dentro a puñados en un vano intento de enterrarnos juntos. Mi desesperación era tal que pretendía lo imposible con la seguridad que da la ofuscación para lo irrealizable. No había conseguido más que embadurnarme de barro cuando se acercó, temeroso y dubitativo, el guarda que antes me espiaba. Se plantó a un metro del pozo y me peguntó sobre lo evidente.
-¿Qué hace usted?
Detuve mi labor de enterramiento y cerré los ojos cansado, no por el esfuerzo, si no por el aburrimiento de escuchar a los seres previsibles. Después de esta pausa, miré directamente a aquel hombre, que retrocedió unos centímetros por la fuerza de mis ojos, aunque no se dio a la fuga. Entonces, premiando un valor que no es frecuente en quienes rozan mi tiempo, le hablé:
-Cierro un ciclo. Vuelvo al vientre de donde surgí para así renacer ambos de nuevo. ¿No te parece evidente? Ya sé que no puedes contestar por que no ves más allá de tu miedo, pero sí puedes hacer algo que dignifique tu vida, aunque sólo sea durante unos minutos, los que podrás recordar toda tu anodina existencia.
-¿De qué me habla?
-Quiero que por una vez superes los pasos que te enseñaron a dar, que pruebes el placer de lo sublime. Quiero que busques una pala y nos introduzcas a mi madre y a mí en el vientre de la tierra. Sólo te pido el destello de gloria que los simples tenéis a veces.
Tras mis palabras, aquel pobre hombre actuó como era de prever. Corrió invocando a la policía. Así me vi obligado a continuar solo mi imposible tarea, pero lo irrealizable nunca me detuvo.
Una hora más tarde llegaron los policías y el guarda. La tumba estaba cubierta de tierra hasta el mismo borde.
-Habrá salido y echó la tierra. Desde dentro no se puede.
-Habrá que excavar para asegurarnos.
-Esto es una locura -concluyó un tercero, con el resumen que estas mentes suelen hacer para todo lo que no entienden.
Algo más tarde los sentí cavar unos centímetros por encima de nuestros cuerpos, el mío y el de mi madre, pero ya era demasiado tarde para ellos y su lucidez.
EL SORPRENDENTE ENTIERRO DE PEPÓN EL GORDO
Nunca pensé que mis amigos me llevarían a hombros. Ahí están: Juan, Pedrín, Miguel y Pocho. Les cuesta, pero me llevan en alto. No se puede decir que sea un alzamiento triunfal, pero les agradezco el esfuerzo. Mis ciento veinte kilos en vida supondrán unos cuantos más sumados a la caja de pino barnizado que recibe mi cuerpo tras el plof del corazón. Sí, es mi despedida póstuma. Mi entierro. Y mis amigos portan mi peso con un ahínco desconocido para ellos. Seguro que se están arrepintiendo del ofrecimiento; sobretodo Pocho, que va con los ojos en blanco y murmurando vocablos ininteligibles. De todas formas, es de agradecer. También están los del cortejo fúnebre: mi esposa, por supuesto; mi suegra, claro, y mis otros amigos. Huérfano y sin hermanos, no tengo sangre de mi sangre que me despida en tales momentos. Pues ahí caminan, tras de mi cuerpo horizontal, todos los que han compartido conmigo los últimos años de este paraíso del buen comer que es la vida terrenal. Se acabó. Plof, como dijo mi corazón.
Sí, veo la procesión mortuoria desde la altura de los hombros de mis cuatro fornidos amigos (fuertes todos menos uno, pues Pocho va por cuanto vale, como suele ser expresión habitual en este terruño mío, que ahora abandono). Voy en alto y con buena visión, y así puedo observar, unos metros detrás del ataúd, a mi viuda, compuesta con unas gafas de sol (que en estas ocasiones se denominan gafas oscuras), del brazo de mi suegra (sin gafas y risueña) y de mi buen amigo Nicanor. Por cierto que las gafas negras de mi santa esposa no las reconozco, así que he de suponer que, en medio de su dolor, tuvo tiempo de ir de compras. En fin, la causa lo merecía.
Pues sí, el cortejo avanza. Mis tres amigos me llevan bien alto y Pocho hace lo que puede. Mi suegra sonríe como si esperase algún fotógrafo que inmortalice aquello que fui yo y que ya consumó su periplo de mortal, y mi viuda es sujetada de la mano por mi buen Nicanor, que la consuela con un mimo especial. Sí, el bueno de Nicanor. Hay que ver el mimo, como ya dije, que pone en el empeño de consolar. Ahora no sólo coge a mi desconsolada de la mano, sino que la rodea con su velludo brazo por los hombros, y la mano baja más allá del referido hombro y cae sobre la parte superior del pecho izquierdo de mi enlutada y las yemas de los dedos de Nicanor se bambolean distraídos, acariciantes. ¡Vaya con el cabrón de Nicanor! Yo ya estoy frío, pero es usual, en estos casos, decir que se espere a que el cuerpo del marido enfríe. De eso se está riendo mi suegra, sin duda.
Mintió quien dijo que los fantasmas de los muertos se pueden levantar de su tumba para castigar a los vivos. Yo lo estoy intentando desde hace tiempo y no hay manera. Si eso fuese posible, ¡la sorpresa que se iban a llevar mi santa y el que fue mi amigo! Ahora, el muy ladino, por no perder el cielo llamándole otra vez cabrón, hizo que mi viuda repose la cabeza en su hombro, y él ladea la suya para llevar los labios a la frente de ella. ¡Menudo consuelo le está dando! A la enlutada no puedo verle los ojos a causa de las nuevas gafas con que se decora, pero no se observa que resbale ninguna lágrima por las maquilladas mejillas: más bien parece, por lo que evidencia su boca entreabierta y la lengua asomando, que no está pensando en el cadáver que lleva delante suyo
Intento tranquilizarme. Ya nada puedo hacer, ni a nada tengo derecho, a no ser a un poco de respeto en mi último viaje terrenal a hombros de mis sufridos amigos (sobre todo de uno). No sé por qué, pero se me ocurre pensar en la literatura, algo tan socorrido cuando a uno le embarga la frustración. Recuerdo a mis queridos autores de novela negra americana, y me vienen a la memoria aquellas frases rimbombantes de bailaré sobre tu tumba, reiré sobre tu tumba, escupiré sobre tu tumba, me sentaré sobre tu tumba. ¿habrá de acuñar ahora el tal Nicanor, y gracias a mi viuda, "joderé sobre tu tumba"? Solo les falta eso. Y mi suegra cada vez sonríe más. Se lo está pasando bien, no hay duda: una mirada a mi féretro y otra a su niña abrazada al gañan que le lame el flequillo. No, no ganaré el cielo con todo esto que estoy pensando, pero no me importa. Me queda el diablo. A él vendo mi alma con tal de salir de esta caja durante cinco minutos. No pido más, Lucifer. Deja que alivie de mi peso al pobre Pocho para ir a explicar a Nicanor el regusto de una lengua cercenada dentro de la boca; dame permiso para que pueda mostrar a mi viuda la forma de colocar las patillas de las gafas dentro de los glóbulos oculares y, sobre todo, permite que le rompa los dientes a la sonrisa de mi suegra.
El entierro de Pepón el gordo fue recordado en la comarca durante mucho tiempo, pues sucedieron cosas increíbles durante el cortejo fúnebre. Todo había comenzado como es habitual en estos acontecimientos. El muerto, delante; la viuda, junto con los amigos (el finado no tenía familia) y los convecinos más las viejas beatas que se apuntan a todo lo que huele a cura, detrás. Todo iba de acuerdo a la corrección preestablecida hasta que, a medio camino entre la iglesia y el cementerio, surgió de improviso un viento muy fuerte. Entonces, alguien de entre la procesión de penitentes, el llamado Nicanor, comenzó a gruñir de dolor como quien no puede emitir más que sonidos guturales; la viuda lloraba lágrimas de sangre y la madre de ésta, compungida, sin duda, de extremo dolor, se llevaba ambas manos a la boca, por la que escupía, de manera inexplicable, dientes ponzoñosos como carroña.
LA LOMA
-¿Me puede decir por dónde se va al pueblo más cercano?
-Tendría que bajar del coche e ir caminando.
-¡Venga, abuelo, que a todos los sitios se va rodando!
-Yo le aconsejo ir andando.
-Me topé con el tonto del lugar. Que digo que cuál de las dos carreteras tomo, ¿la de la derecha o la otra?
-En lo alto de ese monte está.
-Allí arriba no hay nada. Y menos un taller mecánico, que es lo que necesito. Ahora escúcheme bien, ¿por donde voy, por allí o por el otro lado? ¿Ve a dónde señalo? ¿Por allí o por la otra carretera? ¿Me va entendiendo?
-Tiene que subir a esa loma, es muy importante.
-¡Maldita suerte la mía! Oiga, ¿dónde vive usted? Si me indica, le llevo, y así encontramos el pueblo.
-¿Cuánto lleva circulando con su coche?
-¡Horas, coño, horas y horas!
-¿Se da cuenta?
-¿De qué?
-Tiene que bajarse e ir andando hasta lo alto de ese monte.
-Y dos más dos son veintiséis, no te jode.
-No pierda más tiempo.
-Abuelo, me voy a ir, pero me duele dejarle en este descampado. Le llevo adonde me diga, y de paso encontramos el pueblo y un taller. Los dos ganamos. ¡Ya, arriba, suba!
-¿Cuántas horas lleva sin ver casas ni gente?
-Tantas que el piloto del aceite más que rojo parece una llama. Y así, al ralentí, la cosa va a peor.
-Apague el motor.
-Buena solución, sí señor. Nos ponemos los dos a mirar el paisaje, y el aceite del motor ya no da problemas. Muerto el perro se acabó la fuga de aceite.
-Ya no hay aceite en su coche.
-Lo único con sentido que dijo. Vamos mejorando.
-Ni hay motor.
-Eso, dentro de poco. Cuando queme. ¡Anda, con el viejo este!
-No hay coche, ni pueblo. No hay ninguna carretera. Sólo estás haciendo un viaje sin sentido. Huyes, pero no tienes más que el vació delante.
-¿Además de loco es ciego?
-Deja por fin de buscar lo que no existe. Sube a ese alto.
-Pero que voy a ver desde allí arriba, ¿un pueblo?
-Verás un coche.
-¿.?
-Un coche calcinado. Y tú dentro desde hace horas.
TERROR
Supe que estaba despierto porque controlaba mis actos. Hacía lo que deseaba, no como ocurre en los sueños, que te manejan como hoja al viento. Estaba despierto, y eso ero lo peor. La noche, la bebida, la carrera sin sentido hacia ese destino que llaman ninguna parte fue el inicio de la pesadilla. Y allí estaba yo, en un sótano buscando a una morena que no sabía hablar, pero sí reír, y a la que no encontraba tras ninguna esquina del inmenso lugar en el que mis pasos resonaban como si el eco fuese el mayor atractivo para los visitantes. Colgaban del techo cuatro bombillas de una potencia tan escasa que parecían recién inventadas por Édison, así que las sombras ganaban a los puntos en todos los rincones. Como no recordaba en nombre de la bella de turno, voceaba "morena, ven aquí" como si mi voz sirviese para convocar el inescrutable capricho femenino. Nada. No surgía, risueña, la tonta que decidió acompañarme a la nave industrial abandonada y bajar a sus sótanos. La luz eléctrica era el residuo de su actividad abandonada, y servía para que el último vigilante no tropezase con los escalones en medio del sueño de su borrachera. Lo sabía bien porque el guarda era mi primo más querido, que en tales momentos estaría durmiendo, a cien metros de distancia, en una caseta con un sillón bien dispuesto para soñolencias etílicas. Volví a gritar, ¡Morena linda!, pero el eco torpe sólo respondió con una "a" desaliñada. Comencé a ponerme nervioso. Allí no respiraba nadie más que yo. La tonta debió ser más lista de lo esperado, y se habría vuelto a la fiesta dejándome solo en una búsqueda sin sentido. Pues bien, una vez comprendida la situación, la única actitud razonable era irse con el rabo colgando, por no decir entre las piernas. Fue entonces cuando escuché un ruido seco y brusco a mi izquierda. ¿Morena?, grité con una voz más asustada que melosa. Silencio. No juegues conmigo, que puedo ser muy malo, dije yo por hacerme el machito duro. Silencio. Tomé la decisión de irme en medio segundo. La escalera que llevaba a la salida estaba casi a treinta metros, pero contuve el ansia de correr por el prurito de la valentía que incluso en la soledad luzco. De nuevo un golpe contundente, como un mazo golpeando algo sólido. ¿Morena? Silencio. Empecé a correr sin preocuparme de la valentía que acompañó siempre mi imagen. Y entonces las luces se apagaron. No me detuve porque sabía que la salida se hallaba frente a mí, en línea recta. La pérdida no era posible. En cambio tropecé con algo que antes, cuando la escasa luz hacía que el mundo fuese real, no estaba. Rodé por el suelo, y al intentar incorporarme unas manos muy fuertes sujetaron mi cabeza. ¿Morena? No podía ser ella. La presión insoportable de aquellas garras era de una fuerza tal que ningún humano podría poseerla. Quedé inmovilizado por el dolor y el miedo, y acepté la muerte sin sentido que me estaba ocurriendo. En ese instante la luz de las bombillas alumbró de nuevo la pesadilla. Me vi solo, tumbado en medio de un sótano sucio e inhóspito. Pude ponerme en pie, pero no atinaba a dar un paso: era un ser perdido en la incertidumbre y el pánico. Por fin logré avanzar un paso y después otro en dirección a la escalera de mi liberación, pero la distancia parecía enorme y mi avance era cada vez más lento. Quería correr, mas los músculos tan solo obedecían al miedo que ataba mi voluntad. A pesar de todo, lentamente, llegue al inicio del primer escalón; puse un pie en él, y entonces otro paso sonó tras de mí. Sin valor para girarme, intenté subir a la carrera el ascenso hacia la vida, pero no pude. Quedé paralizado en un gesto ridículo e impropio. Otro paso a mis espaldas hizo que perdiese la poca cordura que conservaba y comencé a gritar.
CALENTURAS
A Rosa casi se le cae el mando de la tele cuando sonó el timbre de la puerta. Sería Pilu, sin duda. Tarde, como siempre, pero ella.
-¡Vaya horas, rica! Habíamos quedado para.
-¡Calla, calla! Si te cuento.
Claro que iba a contar, y sin pedírselo, pero Rosa no pudo dejar la interrogación en el aire.
-¿Contar? Dime, dime.
-Primero, algo de beber, y muy fresquito, porque vengo con un subidón.
Entonces fue cuando Rosa notó el rubor en las mejillas de su amiga, la respiración alterada y el vuelo de las manos como si espantase recuerdos o se diese aire, vaya una a saber.
-Pilu, estás como si hubieses subido a un sexto sin ascensor, y yo vivo en el primero.
-Calla y dame algo con mucho hielo. Lo que me ocurrió es muy gordo.
-¿Gordo?
-¿Dije gordo?; pues sí. Y grande, muy grande.
-¡Cuenta, por Dios!
-Vodka con cuatro de hielo, porfa.
Rosa se lanzó al frigo con la rabia contenida de quien sabe que no queda más remedio que servir antes de ser atendido. Tardó diez segundos en llenar un vaso de vodka con cuatro cubitos, y a medio camino entre la cocina y su amiga, ya empezó a gritar:
-Cuenta, cuenta. Con lo estirada y seria que tú eres, verte así de subida, bien que se te nota, significa mucho que contar.
En cuanto pudo, Pilu vació de un trago y dos atragantones el alcohol, alzó la cara al techo, y exclamó:
-¡Virgen de las que no quedan, esto araña como mano de puta!
-Si quieres agua, también tengo. Del grifo. Sanísim
-El agua, para tus calenturas, que las mías las sano con esto
Rosa casi da un salto de impaciencia, pero conociendo a su amiga prefirió usar otra táctica.
-Querida, te sientas, y si quieres otro lingotazo, antes me cuentas el por qué de tu agitación, que ya me tienes en vilo
Ambas tomaron asiento en un sofá, y Pilu, tras un largo suspiro y abandonar el vaso vacío sobre una mesa, comenzó a contar su sorprendente aventura.
-Pues verás, iba yo en el coche, venía hacia tú casa, rápido porque llegaba tarde, y en plena autopista veo a uno haciendo autostop.
-¡No pararías, Pilu!. En la autopista, un desconocido. ¡Qué locura!
-Tenía una cara de ángel, Rosa, que ni puedes soñarla. Con su melenita, alto como un pino, delgadito como un gato con hambre, y ese dedo al viento, largo y enhiesto pidiendo ayuda.
-Y tú, tan proletaria como siempre, dispuesta para ayudar al necesitado.
-Sobre todo si tiene ojos azules.
-¡Hasta le viste los ojos!
-En aquel par de segundos lo vi hasta desnudo.
-A ti te pierde la imaginación o la calentura, que debe ser lo mismo en tu caso.
-Necesitada que está una, qué te voy a contar que tu no sepas.
-Tú cuenta y no te me pierdas en palabrerías. Ibas en que viste a un buen mozo haciendo autostop. ¿Paraste o no?
-¿Qué si paré? Casi se me sale el tacón por los bajos del coche al pisar el pedal del freno. El coche que venía detrás aún debe estar sin batería de tanto darle al claxon.
-Me importa ese coche de atrás tanto como mis vestidos del año pasado. Céntrate en el de los ojos azules y deja la retórica para los aprendices de noveluchas trascendentales.
-Pues bien, como tú quieras, que cuando te pones enérgica eres peor que un crítico literario con úlcera. Por cierto, que la padecen todos, según.
-Pilu, que te voy a dar en la cara con ese vaso de encima de la mesa. Cuenta lo importante y deja las tonterías para cuando ligues con intelectuales de picha floja.
-Que sí, mujer, que ya voy. Por cierto, ¿por dónde iba?
Rosa, con un gesto de resignación desmedido, le recuerda a su amiga el coche, la autopista, el autostopista, el dedito, los ojos azules, el frenazo, el claxon del de atrás.
-Ya, ya puedo seguir yo -dice, por fin, Pilu-. Pues verás, paro en el arcén unos metros más allá de donde estaba el lindo aquel, y él viene corriendo con unas zancadas largas y poderosas, como trote de corcel, se agacha al lado de la mi ventanilla y sonríe para decirme no sé qué, yo le contesto que suba, y al poco ya íbamos juntos circulando.
-¡Como un corcel! -interrumpe Rosa, riéndose-. ¡Qué imagen tan poética! No se si imaginarme a un guapo mozo o a un asturcón que se escapó del prado y entró en la carretera.
Pilu, con gesto de enfado fingido, se queda muda mirando al techo. Su amiga la observa con espanto y hace el gesto con la mano de cerrar una imaginaria cremallera sobre su boca para después animarla, con nuevos ademanes, para que siga narrando.
-¿Puedo? -pregunta, con mucho retintín, Pilu.
Rosa sigue muda y junta las palmas de sus manos a modo de rezo o ruego.
-Bueno -consiente Rosa-. Ahora te lo cuento todo de un tirón y sin interrupciones, ¿vale?
La otra asiente sin emitir sonido alguno.
-Te decía, parlanchina, que el chico y yo íbamos juntos en el coche. Como puedes suponer yo iba con esta faldita corta que ahora sigo llevando. Ya sabes cómo son estas cosas cuando vas sentada en un asiento bajo, que se te sube y sube. No tardé en notar que al buen mozo se le desviaba la vista hacia mis piernas cada tres décimas de segundo, y más cuando las movía para presionar sobre alguno de los pedales: entonces, ya se le iba la cabeza tras los ojos. Yo, como seguro adivinas, comencé a apretar pedales sin ton ni son; ahora el embrague, después el freno, más tarde el acelerador, abría las piernas, las cerraba, subía una, después la otra, y la falda para arriba y la cabeza del bello que ya colgaba. Me divertía aquello más que una peli de Woody Allen. Entonces el buen mozo se recuesta en el asiento, apoyando también la cabeza y mirando a lo alto. Yo me quedo un poco decepcionada, pero sigo con el juego de piernas mientras por todas partes me pitan los coches que circulan. De pronto veo que el pobre parece incómodo. Se lleva la mano al pantalón, la retira, se la vuelve a poner. Su cara me indicaba que lo está pasando mal, incluso parecía que lagrimeaba un poco. "¿Estás malito?", pregunté yo con toda inocencia. Él asientió al tiempo que se le escapaba la vista a su entrepierna, en la que ya había observado yo el volumen generoso que evidenciaba. "¿Incómodo?", vuelvo a interrogar. "Sí, señora, mucho, mucho", me contesta él con voz de querubín. Sus ojos y los míos se clavan en el volumen de sus pantalones que parecen a punto de reventar. Aquello tenía que ser muy doloroso, y a mí, ya sabes como soy de buena, comenzó a darme pena. De verdad, Rosa, mucha pena. "Anda, tonto, alíviate, que si rompen después va a ser peor", le dije yo por ayudar al oprimido, entiéndase el término no en el sentido político. Y él, sin perder un segundo, y dándome unas tímidas gracias, se desabrocha el pantalón, se lo baja un poco junto con los gallumbos, y deja al aire aquello tan enorme. ¡Ay, Rosa del alma, qué enorme era aquello! ¿Cómo pudo contenerlo allí metido hasta entonces? A continuación, y esta vez sin pedir permiso, comienza darle con la mano y con un brío.
-¿Y dábale, dábale mucho? -interrumpe Rosa, casi saltando en el sofá desde su postura de sentada.
-Frenético estaba el pobre. Y yo pensé que necesitaba ayuda, así que haciendo el gesto tonto de usar la palanca del cambio de marchas, pues que alargué la mano un poco más allá y. no llegamos al cielo por la vía rápida de milagro. Él sí llegó, en medio de un largísimo suspiro de alivio; pero lo que nos salvó la vida fue la sirena del coche de la policía, que parece ser llevaba haciéndola sonar detrás nuestro desde hacía mucho tiempo, según consta en la denuncia. Yo, cuando por fin la oí, como sonido de fondo al suspiro antes mencionado, tuve aún capacidad para la fría reflexión, y decidí que lo mejor era aparcar en el arcén. El resto, ¿para qué contarlo? Los guardias nunca entienden nada, y no sabes el tiempo que te hacen perder.
IMITANDO A CONRAD
Todos los puertos marineros son iguales. Tienen el brillo del cielo a nuestros pies y el movimiento del planeta en el oleaje que nos adormece durante las escalas. El de la desembocadura del Támesis no tiene por qué diferir de otros, de todos aquellos que recogen las mil lenguas que por un tiempo los pueblan y enriquecen, pero para mí no es como los demás. Para mí y cualquier marino ingles, al menos cualquiera nacido viendo las brumas de Essex difuminarse en la distancia de un amanecer tardío, este puerto fluvial y tranquilo, a veces ominoso y amargo, a qué mentir, pero siempre receptivo con los que aprendimos de él la cercanía del mar, este puerto, digo, es la salida hacia el insólito mundo por descubrir, el camino de agua turbia con reflejos coloreados por los barcos que lo atraviesan, el inicio de toda aventura. También es, nadie lo dude, el regreso ansiado de todo inglés que una vez salió de aquí para hallar amaneceres de brillos intensos y paisajes de frondosidad desmesurada; tierras de seres ajenos a nosotros, que por costumbres tenían las más irrazonables e incomprensibles, hombres ajenos a nosotros que fuimos a destruirlos y acabamos por sucumbir ante ellos, como aquel que se enfrenta a la naturaleza embravecida de un mar furibundo en una noche de galerna. Belleza de la ira oscura, ominosa certidumbre del poder insuperable y desconocido.
Ahora, en mis años de marino viejo y encallado en el dolor de atracar a puerto por lo que me resta, me conformo con pasar los días oteando destinos imposibles, barcos que me dejan en tierra, compañeros marinos que me cuentan de lejanos atardeceres rojos con el infinito por horizonte. ---------------------------------------------------
José Manuel Fernández Argüelles © 2005
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