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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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De niños lo habitual es que nos fijemos en los adultos para imitarlos: en sus movimientos, en su forma de hablar, en sus gestos, incluso en sus comportamientos. Buscamos modelos porque carecemos de una personalidad propia. Necesitamos espejos donde habitar porque aún somos incapaces de reflejar nada. Queremos ser de cristal a cambio de dejar de ser transparentes, es decir, sinceros. Y copiamos. Luego, en la adolescencia, dejamos que nuestra voz aún sin desarrollar sea succionada por la voz colectiva que nos imponen desde el Más Allá (es decir, despachos donde se decide qué vestir, qué ver, qué escuchar, qué leer, qué estudiar) y entramos en una fase de aprendizaje y camuflaje: necesitamos sentirnos parte de un grupo y cuanto menos destaquemos mejor. Empezamos a beber o a fumar para unirnos al espíritu de la colmena, vamos a los sitios que marcan las modas, seguimos el señuelo del mercado, muchas veces disfrazado de "rebeldía". A medida que crecemos (lo que no significa que maduremos), nos llega la oportunidad de decidir: seguir los caminos trillados por los que transita la mayoría o buscar nuestros propios caminos. Imitar. O crear. Ser. O parecer. Al escritor le ocurre lo mismo. Primero, por inseguridad y falta de conocimientos, imita a los autores ya consagrados para dar sus primeros pasos. Son sus muletas. Cuando ya da sus primeros pasos y se siente al menos seguro de no caer, echa un vistazo a su alrededor para ver qué puede escribir para ser reconocido. ¿Qué se lleva? ¿Novela de aventuras? ¿Historias góticas? ¿Romances exóticos? ¿Intrigas internacionales? ¿Dramas existencialistas? ¿Erotismo descafeinado? Y para no salirse del rumbo marcado (impuesto) por los gustos o modas reinantes, se pone a imitar: una novela al estilo de Antonio Gala, o Dan Brown, o Eduardo Mendoza, o García Márquez, o Almudena Grandes, o Pérez Reverte. Y cada año, los premios de literatura se llenan de manuscritos que son una copia casi siempre torpe de autores que ya otean el panorama desde lo que algunos consideran una cumbre literaria. Sólo unos pocos se apartan de esos senderos y siguen buscando su propio camino. Cayendo. Levantándose. Eligiendo mal. Rectificando. Fracasando. Corrigiendo. Sufriendo. Viviendo. El viaje es apasionante: nos lleva a nuestras catacumbas. A todos esos lugares que las personas sensatas no conocen, ni quieren conocer, porque les abririría los ojos a su verdadero ser, con sus miserias y llagas incurables. Mejor no mirar, mejor mantenerse alejados de la verdad que escondemos. Algo que el escritor auténtico no puede permitirse: no hay vallas para quien desea tener una voz propia y luego exponerla por escrito para conocimiento de los demás, de quienes no han tenido ese valor, o esa imprudencia. Hay algo de locura en escribir, y esa locura es la que nos salva de volvernos locos. Quien esté dispuesto a buscar su voz, que me siga. Tal vez no lleguemos a la cumbre y nos quedemos aislados en un recodo del camino, absortos en la contemplación de un paisaje íntimo cuya existencia y magnitud desconocíamos. Más que suficiente. ---------------------------------------------------
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