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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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La vida se compone de tiempos minúsculos y de grandes derrotas. Y es ahí donde reside el engaño. Mi vida, querida amiga, es un fraude. No es como me la habían contado. "Sé consecuente y el universo te enseñará el camino". No es así, el cosmos me ha abandonado. Me levanto a diario para hundirme cada vez un poco más, y, ya he tocado fondo. Después de seis años, me han despedido del trabajo. Han dicho lo de siempre: "Reestructuración de la empresa y no eres necesaria". Sólo esas palabras y la liquidación. No hubo ni despedida ni caras tristes de mis compañeros, más bien de alivio por no haberles tocado a ellos. Y hace dos meses que rompí con Rafa, también después de seis años. Ni siquiera sé si hubo amor. ¿Qué hay en la pasión que mientras dura todo lo ilumina y lo engrandece, y cuando se acaba, la vida vuelve a ser tediosa y aburrida? ¿Qué ocurrió para que su voz dejase de resultarme tan atractiva y sus besos tan necesarios? No encuentro la respuesta. Tampoco he tenido hijos. ¡Quien lo diría! mi cuerpo tan atlético y firme también me ha fallado, son mis ovarios los que no funcionan, y después de estar varios meses a tratamiento, no ha dado resultado. Rafael quería adoptar, pero yo no me decidí, ¿me ves a mí cuidando de dos niños pequeños? creo que no. Pero a él le hubiese encantado, por algo es profesor de primaria. Me centré en un sueño, tú lo sabes bien, me conoces desde hace años. El sueño de ser diferente a los demás, de no quedarme en la rutina y sobre todo retar a la conformidad y al miedo que me habían enseñado. Pero ahora, todo está al revés. Me siento con más dudas que cuando teníamos diecisiete años, he cosechado más fracasos amorosos y profesionales que el resto de mis amigos y estoy instalada en una parte del mundo que no sabía que existiera, la de los vencidos. Por eso te escribo vieja amiga, para saber si a ti te van bien las cosas. Lo deseo con todas mis fuerzas. Necesito volver a creer en nuestros sueños, aquéllos que nos hacían ser valientes. Porque, ¿sabes? La valentía se pierde. LA PRIMERA HISTORIA DE AMORRecuerdo que fue ese año cuando dejé de coger el autobús. Antes de salir de casa colocaba el gorro, los guantes y la bufanda; bajo el abrigo llevaba un suéter y dos camisetas y caminaba durante veinte minutos hasta llegar al colegio. Las botas no estaban forradas así que también me ponía dos pares de calcetines. No sé por qué empecé a hacerlo. Quizás, porque ya desde niño me gustaban las mañanas frías y caminar entre la nieve, o quizás, porque aunque mi madre, cada mañana, seguía dejándome el dinero del autobús junto al bocadillo, no hubiese entendido mis razones; y el catarro que arrastraba desde hacía unas semanas, le hubiese dado la razón. La única causa por la que tenía que mentir, madrugar más, y pasar frío, era una chica de la que ni siquiera sabía el nombre. Sólo sabía que, si hacía todas esas cosas, me cruzaría con ella. Antes de llegar a la recta del puente, justo encima de las vías del tren, cuando ella subía, yo bajaba. Con una ventaja, yo la veía primero. Sólo había dos colegios en la ciudad, y con la idea generalizada en mi familia que lo lejano es siempre mejor, en lugar de acudir al que tenía más cerca de casa, mis padres decidieron que iría al otro extremo de la ciudad. Y, a ella, le debía haber ocurrido lo mismo. Coincidíamos a primera hora de la mañana, acompañada de sus amigas y tan abrigada como yo, al pasar a su lado ni me atrevía a mirarla. Y aunque todos los días me proponía decirle algo, cuando nos encontrábamos, todo en mí se desbordaba y nada sucedía como esperaba. Sus amigas se reían, ella me miraba, y yo, entonces, me ponía colorado, agachaba la cabeza, tosía para disimular y, echaba a correr. Esto ocurría, los martes y jueves de cada semana, el resto de los días, no coincidíamos. Y aunque mi sensación de ridículo iba en aumento -yo le echaba la culpa a mis recién nacidas vergüenzas-, seguía guardando el dinero junto al bocadillo y mintiendo a mi madre. Fue en el mes de febrero, cuando por terquedad, seguía sin coger el autobús, entre otras cosas, porque ya me creía mayor, y así disculpaba mi enamoramiento. Ese día, sus amigas no la custodiaban. Venía sola. Al ver la situación empecé a ponerme nervioso, sentía calor en las manos y en los pies, me quité la bufanda, me sobraba también el gorro, sabía que me estaba poniendo colorado y. al llegar a mi altura, fue ella quien habló: -Mis amigas, se han cansado de acompañarme, dicen que hace mucho frío, pero a mí me gusta verte. Y sonrió con una mezcla de picardía y timidez que venció todas mis defensas, si es que me quedaba alguna. Esa fue la primera de las muchas veces que falté a clase, y los martes y jueves se convirtieron en días sublimes; luego llegaron más mentiras y los suspensos se multiplicaron, pero todo mereció la pena. Y, hoy, cuando mis hijos tienen la edad que yo tenía entonces, y los veo con sus mochilas, marchar medio dormidos y hasta malhumorados al colegio, le recuerdo a mi mujer que ya son mayores, que, aunque hace frío, no hace falta que los acompañe hasta la parada del autobús. Pero no me hace caso. CASUALIDADES No es un esfuerzo, me gusta hacerlo, madrugo un poco más y en lugar de ir en coche viajo en tren, pero consigo verla. Llego más tarde a casa, es verdad, pero mi mujer ni siquiera nota la diferencia; ella se limita a dejarme la cena en el horno y cuando entro en la habitación se hace la dormida, como mucho, protesta: no hagas ruido. Así que me pongo el pijama, me acuesto y sueño despierto. A veces tengo miedo de que en un arrebato de pasión -de los que ya no nos quedan-, diga el nombre equivocado, pero es imposible, tendría que inventármelo. Todas las noches fantaseo con el mismo ritual: cierro los ojos e intuyo el tacto de su piel, adivino sus piernas largas y delgadas, la respiración de su pecho cuando empieza a quedarse dormida y como, con un suave movimiento casi imperceptible, inclina la cabeza sobre el asiento. Muestra entonces un cuello blanco, terso, y siento que si pudiera besar esa clavícula y subir hacia el lóbulo de su oreja, perdiéndome luego entre su pelo, valdría la pena vivir. Porque desde hace unos años mi vida es un desperdicio. Es profesora de dibujo, me lo dijo el primer día. El día que por tener el coche estropeado, tuve que ir en tren al trabajo porque a Luís, mi compañero del Banco, se le olvidó pasar a recogerme. Casualidades en las que yo no creía. Hubo un detalle que tardé en corregir, y me temo que lo haya hecho demasiado tarde: quitarme el anillo. -¿Estás casado? -Preguntó- ¿tienes hijos?. No supe mentir. Y tendría que haberlo hecho. Desde ése día, desde ésa pregunta, no ha vuelto a sentarse a mi lado. Ahora, se coloca justo enfrente y me saluda, yo le devuelvo el saludo, pero no me atrevo a acercarme. Me limito a observarla con intensidad y esperar que ella tome de nuevo la iniciativa. La sorpresa me ha llegado hoy cuando, sentado de nuevo en el tren y esperando verla aparecer, compruebo que viene acompañada. Me dedica una sonrisa y ocupa el lugar de siempre. Sabe que la observo -como todos los días-, entonces, toma la iniciativa y coquetea con el chico que la acompaña, yo, me muevo en el asiento, intento leer periódico pero no puedo apartar la mirada, ella le susurra algo al oído y se besan. El le aparta el pelo de la cara y me doy cuenta que en su mano derecha lleva una alianza. ---------------------------------------------------
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