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LA DENTADURA POSTIZA DE ANSELMO GUISANTES

Anselmo Guisantes, empleado del servicio de correos, era amigo de la familia de Luchy, un amigo de siempre, de tiempos inmemoriales, pero cuando la muchacha reparó en él y lo concibió como un posible amante, éste ya rondaba los cincuenta. Anselmo Guisantes había llevado hasta entonces una vida de soltero oscura y secatona. Sin embargo, una súbita y drástica enfermedad vino a alterar aquella mortecina existencia. Los dientes de Anselmo Guisantes -pequeños, amarillentos y afilados como cuchillos- fueron cayendo uno a uno en muy pocos días, y hubo que recurrir a una dentadura de urgencia para restaurar las consecuencias más visibles de aquel desastre. Las prisas con las que el mecánico dentista tuvo que ponerse a la tarea dieron como resultado una prótesis que, aunque de fina calidad en cuanto a materiales y diseño, resultó demasiado grande para la boca de Anselmo Guisantes. Con ella instalada, Anselmo Guisantes parecía hallarse prisionero de una permanente sonrisa, bobalicona y amable. Era lógico, pues, que solicitara una nueva dentadura. Mas, para cuando ésta llegó, Anselmo Guisantes ya había acostumbrado a sus compañeros y conocidos a la dulzura de aquella primera expresión de alegría que muchos atribuyeron a un enternecimiento de su carácter. Pronto, todos coincidieron en que la dentadura que mejor se ajustaba a la boca y personalidad de Anselmo Guisantes era la primera. Y éste acabó por convencerse de que, ciertamente, sus amigos tenían razón; porque, aunque la prótesis le produjera dolorosas llagas en el paladar, Luchy le recordaba que las úlceras de la soledad tenían peor cura. Por fin, Luchy y la sonrisa postiza de Anselmo Guisantes terminaron por casarse.

Desde entonces, la felicidad de la pareja fue en aumento, sólo necesitada, cada cierto tiempo, de algún que otro empaste.

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Manuel García Rubio © 2005