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OLAS
Primeras lecciones

Cuando era pequeña creía que el viento lo creaban los árboles al moverse. Ese pensamiento tiene cierta lógica en la mentalidad de una criatura de cuatro o cinco años, ya que me habían enseñado que los árboles y las plantas eran seres vivos y, como tales, deberían moverse, igual que lo hacían los perros o las hormigas. Cuando veía que los árboles se agitaban, eso no era para mí más que una señal de su vitalidad y sería ese vaivén el que produciría el viento, no al contrario.

Un día que hacía algo de brisa fui a la playa con mi madre y vi que no había un solo árbol en muchos kilómetros. Eso me extrañó, y le pregunté de dónde venía aquella corriente de aire. Fue entonces cuando me explicó que el viento no procedía de los árboles, sino que nacía en el medio ambiente, y era su fuerza la que agitaba las hojas.

Y, tendidas sobre la arena, me explicó también que era ese mismo viento el que empujaba las nubes y modelaba sus contornos en el cielo, mientras nos entreteníamos adivinando las efímeras figuras que se dibujaban en aquel fondo celeste.

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Aguamarina © 2004