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El despertador

El despertador ilumina un pequeño espacio de la habitación. Amalia, como un resorte, estira el brazo y lo apaga antes de que suene. Le ocurre todos los días, sus ojos no distinguen domingos ni festivos, despuntan a primera hora de la mañana.

Retira la manta y la colcha y se sienta al borde de la cama. Este año, el otoño ha llegado con ímpetu invernal y al poner los pies en el suelo, comprueba el frío que puede soportar su cuerpo. Coge la bata llevada por la inercia y, sin zapatillas, recorre el estrecho pasillo de la casa. La rinitis hace su aparición: uno, dos y tres estornudos, sabe que hasta llegar a quince le da tiempo a recalentar el café; una cucharada de miel con dos galletas completan el desayuno.

En la cocina, sentada en una pequeña banqueta y apoyada en el extremo de la mesa, se coloca de espaldas a la ventana, no mira la calle, aún no ha amanecido y tampoco le interesa lo que ocurre fuera. Su perra hacía lo mismo cuando estaba deprimida, se acurrucaba en el sofá, pegaba el morro al respaldo y solo mostraba el espinazo; así, vegetaba un par de días, hasta que, sin ninguna lógica, regresaba a la realidad diaria.

Amalia busca la libreta que hay encima de la mesa, es donde anota lo que necesita comprar y marca las fechas importantes, como la del pediatra o el ginecólogo; otras veces hace garabatos. Hoy, piensa escribir una frase desde su lado oscuro, ese lado que ha quedado irreparablemente vacío. Pero enseguida se arrepiente y decide ir al baño.

Siente entonces que Manuel se levanta:

-¿Qué haces, Amalia?

-¿A ti, que te parece? Voy a ducharme.

-Mujer. Son las tres de la mañana -dice Manuel en un tono más delicado.

-¿Eso importa? -responde Amalia, luego volveré a acostarme, además, al niño le gusta beber agua a estas horas.

-Amalia, el niño. ya no necesita agua, ni comida, ni cariño -acierta a responder Manuel.

-Vuelve a la cama -dice con firmeza.

Y Amalia, como haría una autómata, obedece, prepara el despertador para las siete y, aunque estará despierta antes de que suene, sabe, que mañana tampoco irá a trabajar.

Y, ahora, es Manuel quien recorre el frío pasillo de baldosas mientras sus ojos vuelven a llenarse de agua y, una vez más, se parte por dentro.

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Ana Fanjul © 2004