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DIARIO DE UNA MADRE

La "prota" de esta historia tiene ocho años. No sé cómo describirla sin que se me note mi total embobamiento con esta criatura. ¿Será normal? Lo peor es que ella lo sabe, y claro... abusa. Ahora está en la edad de hacerse la simpática. La época en la que parecen un clon del Latre -y esooooooo-. Todo el santo día imitando, contando chistes malísimos y con innumerables versiones. En una palabra: "payaseando".

Después está lo del loro. No, no es que tengamos uno. ¡Lo parí yo! No se calla ni durmiendo. Niña -le pregunto a veces- ¿a ti no se te seca la lengua? ¡Qué va, mami! -responde el angelito- para eso bebo tanta agua.

Y la muy ladina se ríe porque sabe de sobra que la longitud de su lengua es conocida en todo el mundo mundial. El día que fuimos a dejar los ahorros de toda una vida en sus libros escolares me llevé la mayor alegría de mi vida. "Rocío no tiene Lengua" -sentenció el librero refiriéndose a la asignatura. En mi cara se dibujó una sonrisa triunfal. ¡Poco me duró la emoción! Mi amada heredera universal se encargó de aclarar la confusión, y, mientras sacaba la húmeda culpable de mis dolores de cabeza, proclamaba a los cuatro vientos que ella seguía en posesión de uno de los más terroríficos instrumentos de tortura. Total, que al final, lo que ocurría era que faltaba el libro de... no me atrevo ni a escribirlo.

Por otro lado, mi "Pitiminí de los Bosques" -tengo que reconocer que, a veces, me pongo tan cursi que resulto vomitiva-, también conocida por "Pinta" -esto sucede en mis días más rústicos- tiene un encanto personal increíble. Es de un adulador que asusta. Cuando me mira con su carita de no haber roto un plato y se pone a pestañear en plan diva de Hollywood se me eriza la piel. Una ya piensa en el futuro, y no puedo evitar divagar: cuando sea mayor -antes de los treinta nada de nada- con esos ojazos, esa sonrisa, y ese pestañear... Calla, boboncia, que aún tiene ocho añitos, no te vuelvas loca antes de tiempo.

Visto lo visto, he decidido apuntarla a clases de teatro, porque esta guasa que la niña se gasta hay que emplearla en algo productivo. Lo peor es cuando alguien completamente maravillado con el "recochineo" de "Doña Morritos" le pregunta cómo se le ocurren tales cosas. Ella ve el cielo abierto, adopta una seriedad propia de un político en el debate sobre el estado de la Nación y sentencia: "Yo, es que soy igual que mi madre".

Dios mío... ¡Qué responsabilidad!

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Susana Álvarez © 2004