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COMO UNA EXTRAÑA
En la ferretería de mi pueblo venden libros. Está situada al lado de la escuela. Es una tienda en la que se puede encontrar de todo. No hay desorden a pesar de la variedad. Tornillos, cacerolas y demás productos ferreteros están colocados enfrente del mostrador: los pequeños en cajones rotulados, el resto colgados o en estanterías. Los artículos de limpieza y comestibles están situados a ambos lados de la puerta de entrada y, en un lugar oculto a primera vista, los libros.
Inés, hija de una prima mía, hacía la Primera Comunión al día siguiente así que, el mismo día que llegué al pueblo, me dirigí a la ferretería para comprarle un libro de cuentos. Algunos tenían el precio en pesetas. Seleccioné cuatro para ella. En la sección de adultos escogí para mí “Un viejo que leía novelas de amor”, de Luis Sepúlveda. Había obtenido el premio Tigre Juan en 1.989. Conserva el precio pegado en el reverso: 1.300 pesetas. El tendero calculó rápidamente el total en euros. Aquel día el tiempo retrocedió para mí.
Inés fue feliz rodeada de familiares. El patio de la casa de mi abuela nos acogió a todos. Su amplitud y los laterales cubiertos permitían múltiples actividades. Al final de la espléndida comida los adultos, resguardados del sol, continuamos charlando mientras las cafeteras se vaciaban y volvían a llenar. Los niños jugaban en el otro extremo. Por unas horas el tiempo volvió a detenerse. Recordé los días de mi infancia que pasaba allí. Era el reencuentro con la familia. El trabajo de mi padre nos llevaba de un lado a otro de España pero, algún verano, podíamos regresar. Me levanté y atravesé un pasillo de la casa para acercarme a la fachada. Delante estaba el Cantábrico, tan cerca del Atlántico que, con sólo desplazarme unos kilómetros, podía contemplar cómo se abrazaban o luchaban a muerte. La calma, el viento, la tempestad y la lluvia determinaban su relación.
Volví a vivir la sensación del día anterior. Por la mañana, después de 5 años de ausencia, pude ver el puerto desde la carretera. Allí estaba la casa de mi abuela pero, hasta llegar a ella, comprobé que el cemento lo invadía todo. Habían desaparecido los árboles del camino, las casas estaban edificadas cerca del mar, los matorrales y pinos de las dunas, no existían. Más tarde pude comprobar que la entrada al puerto estaba cambiada. Más cemento y pantalanes para las embarcaciones deportivas. Los habitantes e la Meseta habían descubierto el paraíso y su belleza estaba desapareciendo. Compraban terrenos. Casi todo estaba en venta. Por la noche leí la novela de Sepúlveda. Antonio José Bolívar, el protagonista, asiste a la destrucción de la amazonía por el hombre blanco: tala de árboles, muerte del tigrillo y aniquilación de sus habitantes. La hembra tigrillo se vengaba. Cuando desperté y puse los pies en el suelo el agua me los cubrió. El cemento había tapado un riachuelo donde siempre habían vivido las anguilas. De niña me gustaba comerlas fritas. Ahora se enredaban en mis pies. Desperté, esta vez de verdad. Mi prima, la que ahora es dueña de la casa de mi abuela, me contó que había recibido una oferta millonaria por la venta del patio de la casa. Espero que no acceda.
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María Antonia Goás © 2004
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