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TALLER DE ESCRITURA
PRIMER PASO

Escribir es una batalla: contra la falta de tiempo o el tiempo desorganizado, contra el caos íntimo, contra la pereza, contra el miedo, contra los simples complejos, contra la indiferencia ajena, contra la impotencia propia, contra las tentaciones, contra las frustraciones, contra el ego desmedido y contra el ego disminuido. Contra la falta de estímulos y el exceso de ellos, contra uno mismo y contra todos. Los enemigos salen por doquier y aunque les plantes cara no es seguro que puedas vencer. Pero se puede intentar: ahí entra en escena la estrategia. Si la unimos a la vocación y el tesón, podemos tener alguna oportunidad de que las escaramuzas se conviertan en pequeñas victorias. Y en literatura, la acumulación de pequeñas victorias cotidianas puede desembocar en un gran triunfo final: un relato del que sentirnos orgullosos, una poesía que se parezca a lo que queríamos conseguir, una novela que nos identifique y lleve nuestra misma sangre. Pero cometeríamos un gran error si esa batalla la encadenaramos a grandes sufrimientos y estridentes explosiones de creatividad que se detiene en seco cuando pasa al vendaval de la inspiración momentánea.

Hay que rebajar la solemnidad y limpiar el proceso de escritura de tópicos y a menudo falaces imágenes que asocian al escritor a un ser torturado, en permanente lucha consigo mismo y con el mundo, una especie de ser maldito condenado a remar en círculos viciados que suelen acabar en naufragios autodestructivos. Es cierto que escribir cuesta, es cierto que escribir puede hacernos sufrir, es cierto que hurgar en heridas ajenas o propias puede causar dolor (purificador, quizá, pero dolor al fin y al cabo) y es cierto que la literatura que perdura suele nacer de tormentos más o menos permanentes. Sin embargo, desde este taller se valorará más la literatura como juego como sistema de aprendizaje y generador de estímulos, pero no en el sentido de tomárselo a broma y afrontarla de modo superficial, sino como camino para disfrutar de ella, para gozar del contacto con las letras, para saborear al máximo la aventura de buscar las palabras exactas para contar lo que queremos contar y hacer que nuestros sentimientos, emociones y pensamientos lleguen a los lectores con toda la fuerza, sinceridad y belleza que podamos conseguir.

Decía Nietzsche que "la madurez significa haber recuperado aquella seriedad que de niños teníamos al jugar". De eso se trata: de jugar en serio con las palabras, de concentrarnos para distraernos, de olvidarnos de todo lo que no sea levantar castillos construidos en el aire de la imaginación o la confesión. Jugar sin plantearnos lo que ocurrirá luego, si publicaremos no publicaremos, si ganaremos premios o no ganaremos premios, si gustará a los demás o no gustará a los demás. Jugar por jugar sin preocuparnos del resultado.

Y lo primero, claro está, es encontrar un espacio de juegos. Nuestra isla de la fantasía, propia y fortificada contra los intrusos. ¿La tenemos? Es difícil, pocas personas pueden disfrutar de una casa tranquila y apartada en un bosque en la que el silencio sea nuestro aliado y no haya visitas inoportunas, teléfonos que nos persiguen y vecinos a todo volumen. Se puede intentar cuando podemos escribir de noche, pero no todo el mundo puede disfrutar de ese privilegio noctámbulo, así que podemos intentar una doble vía:

1) construir nuestro fortín literario: una mesa, una libreta o un ordenador, música cerca si nos gusta, herramientas de escritura que actúen a modo de fetiche (fomas, grapadoras, typex, plumas, blocs...), diccionarios, libros de sinónimos, la foto de un escritor admirado o una cita enmarcada, incienso si nos relaja, libros para documentarnos, un vaso de güisqui o una pipa, la foto de un ser querido (u odiado, también estimula), un reloj que NO marque las horas... Lo que se quiera, pero es importante CREAR nuestro espacio para CREER que somos escritores, vallar un territorio que sólo nos pertenezca a nosotros, y ser inflexibles a la hora de ECHAR de él a quien intente entrar cuando estamos escribiendo, o intentándolo al menos.

2) coger la agenda física o mental y analizarla. ¿De cuánto tiempo podemos disponer al día para escribir? ¿Diez minutos? ¿Media hora? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Es un tiempo fijo que podemos respetar como respetamos los horarios de comida? ¿A qué actividad intrascendente le podemos robar tiempo? ¿A ver televisión basura? ¿A chatear? ¿A dormir más de lo necesario? ¿A hablar por teléfono? ¿A rascarse la barriga en el sofá? Robemos minutos de aquí y de allá y hagamos balance. Y después, marquemos en rojo en esa agenda real o virtual un tiempo diario para sentarse a escribir, o a pensar sobre lo que vamos a escribir, o a documentarnos. Y que sea, en la medida de lo posible, siempre el mismo tiempo. No diez minutos hoy, media hora mañana y dos horas el sábado, es mucho mejor que sea una obligación fija y estable, que no dependa de los avatares diarios porque acabaremos desorientados y seremos presas fáciles de la improvisación. Método, disciplina, tenacidad: si lo conseguimos, en poco tiempo nos daremos cuenta de que ese espacio que hemos reservado en nuestra rutina diaria para escribir se hará IMPRESCINDIBLE, y nuestro cuerpo nos lo demandará igual que nos exige comer cuando el estómago se rebela.

3) debemos acostumbrarnos al trabajo de campo. Es decir, salir a la calle con ojos de escritor: observar, espiar, anotar, informarnos. El mundo está lleno de historias y detalles que nos ayudarán a construir mundos literarios profundos, minuciosos, creíbles, REALES. También necesitamos equiparnos: una pequeña libreta, un bolígrafo. Siempre con nosotros. Las mejores ideas pueden llegar en el autobús y cuando llegamos a casa para apuntarlas, se nos han olvidado. En ese mismo autobús podemos ver el tic de una persona que le viene de maravilla a un personaje del relato, o una frase pronunciada por el conductor que hará más convincente el conductor de nuestra novela, o un olor que permitirá, bien descrito, que el lector se sienta más próximo a la escena que le contamos. Mejor dicho: DENTRO de ella.

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Tino Pertierra © 2004