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APUNTES
Doña Brigida

A sus 86 años, doña Brígida no se despegaba de la silla que aguardaba junto a la puerta de su casa. Quizá porque el rellano olía a tristeza, le gustaba sentarse allí cuando quería estar tranquila. Rara vez se la veía sonreír, supongo que sería porque estaba sorda y no se enteraba de nada. Por lo menos, eso es lo que decían en el pueblo, no le grites, que está sorda como una tapia.

El caso es que doña Brígida no sonreía, pero cuando lo hacía se le escapaba una risa desdentada, estrepitosa y atragantada. Parecía un enigma que aquellos cuatro dientes que asomaba pudiesen continuar aferrados a la encía.

La recuerdo vestida de un negro riguroso: medias de lana, dos enaguas de hilo, una falda ancha como un saco, camisa de manga larga, toquilla de punto sin flecos, un mandil, y una pañoleta que se anudaba a la cabeza. Vista así, de lejos parecía un borrón de hulla contra una pared recién encalada.

En el verano, cuando la luz de la tarde iba menguando y el aire empezaba a hacerse respirable, doña Brígida salía a sentarse en su silla a observar a los demás. Veía la vida pasar, a veces sola y otras, acompañada de unos encajes de bolillos que desenredaba entre unos dedos anudados por la artrosis.

Cuando era niño, me gustaba pasar por su puerta, silbarle con los dedos índices metidos en la boca, y saludarla con la mano al tiempo que le preguntaba:

-Doña Brígida, ¿a quién espera hoy?

Y ella siempre contestaba levantando una mano en respuesta a mi saludo:

-¡Adiós, hijo, adiós !

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Arne Hugues © 2004