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El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Carlos Ruiz Zafón Firma Invitada Manuel García Rubio Faulkner, maestro de escritores por José Feito Club de lectura Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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El otro día estábamos yo y mi paciencia haciendo cola ante la única cajera del supermercado. Había más puestos de caja, pero sin empleados, por lo que eran como hermosos marcos sin lienzo pintado, lo que representa una ventaja para cualquier coleccionista de arte, pues así la afición de acumular cuadros resulta más barata. Decía, si no hemos perdido el hilo de esta mentira, que me hallaba a la inversa de cualquier buen burro, con el carrito delante a la espera de empujarlo medio metro más allá. Delante de mí estaban cinco mujeres y a mi espalda otras tres o cuatro. Con esto no pretendo hacer una descripción sexista ni de mí ni de los comercios de comestibles, pero era así y punto; ¡qué le vamos a hacer! (puedo mentir, pero no en banalidades semejantes). Lo dicho, en la cola tenía al frente y al cogote unas cuantas señoras, algunas de las cuales, las más cercanas entre sí, hablaban por entretener la espera o porque, sencillamente, les daba la gana. Las dos que me precedían relataban la una a la otra, algo así: -Yo las braguitas las prefiero tipo tanga, muy cortas, que solo tapen lo justo por delante y el resto cinta fina y un poco de tela en la nalga para que no se te meta y moleste. -Tú que puedes, porque yo, con estas pistoleras, parecería un rollo de carne engomado. Además, está lo de los pelillos. -Claro, me los depilo. Que a mi Juanma no sabes cómo le pone. En medio de sus risas contenidas, quise dar un paso atrás por no pecar al oír secretos de confesión, pero me lo impidió el carrito con el que topó mi culera. Esto sirvió para que, sin pretenderlo, oyese a las otras dos de atrás, que así conversaban: -Y es que no puedo y no puedo. Desde que me llegó la menopausia esta, no puedo dejar de comer. -En la tele dijeron que era ansiedad sustitutiva o algo así, que lo mejor es seguir como si no pasase nada. -¿Seguir con quién? ¿Con Manolo? Pero cuándo empezó, que ya no me acuerdo. Y nuevas risas con sordina. En tal situación estereofónica me encontraba cuando topó conmigo Pepón, amigo torpe, pero amigo. Torpe, grande y gordo como culo de ballena, si esos animales lo tuvieran. Peón y su voz de trueno y gesto de aspa molinera. -¡Hombre, José, tú por aquí de esclavo, como yo! -Ya ves, Pepón, haciéndome perdonar alguna cosa. -Oye, macho, y el partido de ayer, ¿lo viste? Ahorraré los detalles de nuestra cátedra futbolera, porque lo que me interesa es resaltar la imagen sonora (si se me permite la tontería dicha) de lo que en el lugar estaba sucediendo. Creo que no requiere más explicación el cuadro que allí se daba. Era una imagen tan sexista (ahora sí), tan machista al contarlo, tan de opereta estereotipada, que no estañará a nadie si digo que la cajera subió al mostrador pistola en mano, y gritó con un rictus iracundo que le desfiguraba el rostro hasta convertirlo en máscara demoníaca: -¡Vosotras, apartaos, que tengo a tiro al que lo cuenta!
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