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AMORES QUE ATAN
El Presidente entró en la sala de cuidados intensivos acompañado del director del hospital y de la esposa de Casimiro Gutiérrez. Compungido, nervioso, la mirada ida, dos bolsas oscuras bajo los ojos, se fue hacia el paciente, que parecía dormido, y lo examinó con un rápido vistazo. Luego preguntó al galeno por el diagnóstico. Éste se le acercó y le dijo al oído:
— La bala le afectó la médula espinal. Quedará tetrapléjico si tiene suerte.
La tarde anterior, como todos los días, el Presidente salía de oír misa en la catedral. Casimiro Gutiérrez, su guardaespaldas desde hacía siete años, le abría el paso. A pocos metros los aguardaba un perturbado, que esgrimía una pistola viejísima del calibre 45. Apuntó con acierto, pero Gutiérrez se interpuso entre el prócer y la bala, tal como había ensayado mil veces antes de aquella fatídica ocasión. El proyectil entró en su pecho, cerca del corazón, y le destrozó vísceras y vértebras.
— Téngame informado puntualmente de cualquier incidencia –ordenó el Presidente al médico-. Estamos ante un hombre excepcional.
Tres semanas después, Casimiro Gutiérrez se encontraba instalado en una habitación del hospital reservada para sus clientes VIP. Estaba fuera de peligro pero con el pronóstico del director confirmado. Viviría el resto de sus días postrado en una silla de ruedas, dependiendo de los demás para las actividades más elementales. El Presidente acudió raudo a visitarlo. Su aspecto no había mejorado. Antes al contrario, se había ido deteriorando paulatinamente, presa de una turbación interior de magnitud inexplicable.
— Quiero que sepa que rezo por usted todos los días, Gutiérrez –le dijo cuando se quedó a solas con él tras exigir que toda la cohorte de periodistas que lo acompañaban se retirase.
Casimiro Gutiérrez se expresó penosamente, articulando las palabras con un esfuerzo conmovedor:
— Se lo agradezco, Presidente, conozco su fervor por la Virgen de los Desamparados. Sé lo bien que me vendrá su intercesión.
— También quiero que sepa que le será concedida la Gran Cruz de la Orden Republicana al Mérito Policial con distintivo blanco y diamantes, y que, en lo sucesivo, no tendrá ningún problema económico para atender todos los gastos que su atención requiera. Ninguno, se lo aseguro –prosiguió el mandatario como urgido a despejar cuanto antes toda inquietud de su escolta.
Casimiro Gutiérrez se emocionó. En sus párpados embalsaron sendas lágrimas, tanto más meritorias cuanto que venían de un hombre aguerrido, entrenado para la desgracia.
— Y ahora viene lo más difícil para mí, Gutiérrez. He dudado mucho si debía contárselo. No dejé de preguntarle al Señor, día y noche. Al fin, ya sé que su recuperación es una señal del Cielo que me emplaza a hacerlo.
En este punto, la boca del Presidente se llenó de un puchero patético. Quiso seguir con su discurso, pero el trémulo de su garganta se lo impidió. Entonces se arrojó sobre Gutiérrez y escondió su rostro contra la almohada. Rompió a llorar. Cuando recuperó el resuello se levantó, fijó su mirada en la del escolta y dijo:
— Llevo dos años yaciendo con su señora esposa –intentó ser respetuoso en las formas.
La cara de Casimiro Gutiérrez empezó a adquirir un color sonrosado que poco después pasó a rojo y luego, en un estertor, a morado. Intentó balbucir algo así como que no podía respirar. Tuvo varios espasmos. Soltó espuma por la boca. El Presidente corrió en busca del director del hospital, que esperaba en la antesala. Casi de inmediato, la habitación se llenó de médicos y de enfermeras. Felizmente, la crisis fue breve. Le aplicaron un sedante y Casimiro Gutiérrez se durmió.
Cuando despertó, el Presidente todavía estaba allí.
— No quiero irme sin contar con su bendición, Gutiérrez, compréndalo. La necesito para lavar mi conciencia.
“Para lavar tu conciencia y marcharte de rositas, hijo de la gran puta”, pensó Gutiérrez, que en su desmayo había descendido a los infiernos, donde un súcubo con cara de conejo lo sodomizó cinco veces sin perder la sonrisa ni la compostura. Tenía que desquitarse, buscar una salida. Y rápido. Pero, ¿qué podía hacer él contra la primera magistratura del país, preso en un cuerpo atroz, de una inmovilidad definitiva? Tras las tinieblas vino la luz. Se la jugó a todo o nada.
— Presidente, si mi perdón sirve para algo, cuente con él.
De pronto, el Presidente lo miró con desconfianza, pero luego arrancó a llorar con alegría desbordada.
— ¡Gracias, mil gracias! –se abalanzó sobre su guardaespaldas.
— Pero yo ya estaba al corriente de todo –Gutiérrez continuó, impertérrito.
El Presidente alzó la cabeza.
— ¿Cómo dice? ¡No puede ser!
— Sí, claro que sí.
— Entonces, ¿por qué se arriesgó por mí? ¡Casi lo matan!
Gutiérrez dejó los ojos en blanco:
— Por amor, Presidente.
— ¿Por amor?
— Por amor, sí, por simple, llano y maldito amor.
El Presidente saltó de la cama como accionado por la visión de un espectro. Se puso a caminar alrededor de Gutiérrez mientras intentaba poner orden en su cabeza.
— Por amor cristiano, querrá decir –aventuró con soniquete de recelo.
— No, Presidente, por amor carnal, lascivo, violento, diría yo. Ahora puedo explicarlo sin miedo a perderle el respeto: lo amo desde mi primer servicio, lo amo compulsivamente, brutalmente. Me cautivaron sus gestos, su mirada, esa varonil resolución con la que me daba las órdenes. Perdóneme, pero lo adoro hasta reventar.
— ¡No diga disparates, Gutiérrez!
— De acuerdo, sólo hasta la locura. Y no veía el día en que usted reparara en mí y me hiciera suyo, siquiera por una noche. No sabe usted cuántas veces soñé con ese momento.
— ¡Por Dios, cállese!
— Pero no se preocupe, Presidente. Mi amor fue sordo, respetuoso y leal. Jamás habría hecho nada que lo importunara. Aunque, eso sí, daría mi vida por usted, antes y ahora, ya estuviera tirándose a mi mismísima madre.
El Presidente buscó una silla y se dejó caer en ella. Luego se persignó:
— ¡Vade retro, qué blasfemias dice usted!
Gutiérrez dejó escapar sendas lágrimas, metido de lleno en su personaje:
— Lo sé, lo sé, pero no puedo evitarlas. Soy consciente de mi aberración. Estos últimos días he pensado mucho en ella. Está claro que, dejándome inválido, Dios ha querido darme una nueva oportunidad. Como a usted, por cierto, que pudo confesar su crimen ante la propia víctima.
— ¡Hombre, tanto como crimen!
— Llámelo pecado, si lo prefiere, o desliz, mismamente. El caso es que el Señor ha querido enviarnos el mismo mensaje. Yo también lo veo ahora con claridad.
El Presidente, consternado, agachó la cabeza. Apostilló en un hilo de voz:
— Así es, en efecto. Entonces arrepiéntase, Gutiérrez. No me haga cargar también con su condena.
— Quiero, pero no puedo, porque sigo enamorado de usted como un adolescente idiota. Necesito ayuda, Presidente. Necesito su ayuda –Gutiérrez subrayó el posesivo.
— ¿Y qué puedo hacer yo, triste pecador?
— De alguna manera, Dios nos ha postrado en la misma cama.
— ¡Gutiérrez, ni se lo imagine!
— Quiero decir que los dos participamos de idéntica lesión. Mi invalidez es la de ambos. ¿Quién sino usted, personalmente, podrá hacer algo por mi alma, ya que no por mi cuerpo?
— ¡Dios mío, tal vez tenga usted razón! –el Presidente se prestó a claudicar, abatido.
— En otro caso, me negaría a comer para irme de cabeza al Infierno. Es el único derecho que me queda.
Una semana después, en una alocución televisada al país, el Presidente anunció que abandonaba la política. Apeló a motivos personales muy profundos en los que no debía entrar. Se retiró a su mansión de las afueras de la capital, donde se dedicó en cuerpo y alma al cuidado personal de Casimiro Gutiérrez, su fidelísimo guardaespaldas. Lo aseaba, lo afeitaba, le daba de comer, le leía la prensa y los últimos bombazos editoriales. Juntos rezaban el rosario y veían la misa en el televisor. Alivió sus dolores. Le hizo la vida más llevadera. Se ganó el Cielo, en efecto.
De vez en cuando, mientras contemplaban la caída del Sol desde la galería de la casa, sabiendo ver en ella la magnificencia del Sumo Hacedor, el Presidente tomaba la mano de Casimiro Gutiérrez con cariño sincero:
— Dígame que mi compañía lo reconforta, Gutiérrez.
A lo que el escolta solía envidar con un suspiro:
— Claro que sí, Presidente. Y, sin embargo, aún ardo en deseos de que me bese.
— ¡Es que lo suyo no tiene remedio!
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Manuel García Rubio © 2004
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